Uso Photoshop porque desde que soy fotógrafo creo que es válido corregir las imperfecciones.  Cuando comencé a tomar fotos no existía el concepto de fotografía digital. Era el reinado del rollo y para mejorar las imágenes teníamos varios métodos: untar los filtros con un poco de vaselina o templar sobre él una tela porosa. Cualquiera de esos dos métodos ayudaba a alisar la piel de la persona.

Uso Photoshop porque no es un fin sino una herramienta, y porque nunca he satanizado todo lo que ayude a que una imagen estética sea más estética. Quien satanice el Photoshop debería también satanizar el maquillaje o espantarse con las cirugías estéticas.

 Lo más importante cuando retrato a una mujer es que su cara sea espectacular, como la de Melissa. Los demás detalles como la cola y los gordos de la cintura  se pueden corregir en el computador. Sin embargo, por muy bonita que sea una modelo, no es lo mismo sacarla recién salida del baño con la cara lavada que bien arreglada. Para eso y otros retoques está el Photoshop.

 Ahora bien: el secreto del recurso, como casi todo en la vida, está en la dosis. No se trata de cambiar la apariencia de las personas, sino de corregir sus imperfecciones. No se trata de hacer que la modelo parezca un maniquí ni de falsear la identidad de nadie. Sin embargo, en el mundo donde yo me muevo, el de la publicidad y los catálogos de ropa interior y vestidos de baño, se busca vender un producto, que el cliente se antoje, y en eso el Photoshop es clave.

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