Natalia tiene 27 años, y durante los últimos ocho ha practicado yoga. Comenzó en medio de una depresión (y cuando además le estaban dando los primeros síntomas de la diabetes), y una tía que es budista le propuso que hiciera meditación, luego se puso a hacer yoga. Todos los días practica en solitario y también dicta clases en Yoga Studio, además, cada vez que ha tenido la oportunidad, ha hecho cursos y retiros con grandes maestros.

Tantas horas de yoga se pueden ver reflejadas en el cuerpo firme y exquisito de Natalia; pero antes que un ejercicio, el yoga es un conjunto de prácticas físicas y mentales que implican muchísimo más que simplemente pararse sobre la cabeza. Por ejemplo, Natalia practica el Karma Yoga, que dice que para llevar una vida espiritual no es necesario aislarse del mundo sino que se debe hacer por medio de la acción y el servicio a los demás sin esperar una recompensa a cambio, y cumple este servicio ayudando a los animales ya que estudió Veterinaria. En este momento está terminando su tesis de grado sobre los efectos de tratamientos homeopáticos en caballos, pero también le interesan los tratamientos de acupuntura e, incluso, en una época estuvo trabajando en un centro de rehabilitación para gibones en Tailandia. Claro que Natalia también ha tratado de usar sus conocimientos de yoga para ayudar a otras personas. Por eso trabaja con una fundación para niños con cáncer (el yoga tiene efectos terapéuticos comprobados, y además Natalia trata de darles a los niños un tiempo de relajación para dejar de lado la tragedia de la enfermedad) y el próximo mes va a comenzar a dar una clase para personas ciegas.

Como puede ver, el yoga no es solo contorsionismo, y, sobre todo, Natalia es mucho más de lo que salta a la vista. Una mujer para enamorarse.

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