Veintidós, hasta veinticinco grados cuando el sol está en lo más alto. La frescura de un guadual, un estanque rodeado de flores púrpura, pequeñas y olorosas, apaciguan el bochorno. Una noche en una cabaña hecha de madera joven con una cama espaciosa y unas sábanas blancas, ligeras. Un portal luminoso con una brisa mañanera que le pega de frente. Y en todas partes arde París. No firman Dominique Lapierre y Larry Collins: firma el fotógrafo Nicolás Achury.
En La Ceja, cerca de su Medellín de siempre y sus parajes, están las locaciones elegidas para acoger a la mujer que en un país de reinas le dio sentido a la palabra modelo cuando apenas salía de la adolescencia. La única en Colombia capaz de alborotar calles, aeropuertos, supermercados, centros comerciales. Bares casi nunca, porque no suele visitarlos. Su confesa timidez no la deja.
De los 70 mil pesos que Natalia se ganó con su primer comercial a la empresaria que es hoy, cielo y tierra han pasado, pero ella jamás pasará. Por eso ahora, justo cuando todas las partes de su cuerpo se decidieron por la perfección, es el momento indicado para tenerla con nosotros. Entre nosotros. Para nosotros. Nos queda una duda: ¿todavía enloquece cuando la besan en el cuello?

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