La primera selfie de la historia se la tomó Narciso. Se asomó a un estanque, vio su rostro reflejado en el espejo de agua y, dice el mito, quedó tan prendado de sí mismo que no pudo dejar de mirarse. Aunque, en propiedad, esa imagen no era una foto; tan efímera, tan breve, se deshacía en ondas cuando el propio Narciso intentaba besarla o tocarla con las manos. A la humanidad aún le faltaban siglos para lograr que un trozo encuadrado de realidad quedara estampado de manera fija y permanente sobre algo.

(La espectacular rusa que expone su vida por una selfie)

¡Ah, eso de la imagen real que no se borraba era un tema que fascinaba a inventores! ¡Y a alquimistas! Y también, y sobre todo, a pintores sin talento que intuían que ahí estaba la solución para su falta de técnica y sus líos con la perspectiva. Por eso intentos de lograrla hubo muchos, desde la cámara oscura que los chinos y los árabes —y quizás también los griegos y los romanos del mito narcisista— conocieron, hasta las decenas y decenas de experimentos para dibujar con luz hechos en Occidente durante la Edad Media y el Renacimiento —otro mito, siempre el mito, sugiere que el sudario de Turín pudo haber sido un rudimentario y medieval ensayo fotográfico disfrazado de reliquia. Otra selfie—. Retomo: que pasaban los años y en la búsqueda de la fotografía poco se lograba, porque la imagen “dibujada con el pincel del sol” siempre terminaba desvaneciéndose. Nadie conseguía que se quedara ahí, fija, para siempre.

Hasta que hacia la mitad del siglo XIX surgió un invento llamado daguerrotipo, y sobre una placa de cobre sensibilizada con sales de mercurio quedó por fin anclada una imagen del mundo tal cual era, con todas sus exactitudes. Pero hacerlo era tan costoso, tan complejo, tan lento, tan tóxico que al principio solo se fotografiaba lo verdaderamente valioso: el paisaje exótico, el edificio monumental, el personaje poderoso. Aunque eso no impidió a los daguerrotipistas pensar que existía otro objeto, tanto o más importante que todo lo anterior, y que por supuesto merecía ser retratado: ellos mismos.

Algo de lo que, durante siglos, ya se había ocupado la pintura. La tradición pictórica nos muestra a artistas de toda clase y calibre haciéndose autorretratos en todas las técnicas. Van Gogh, Rembrandt, Frida Kahlo. Alejandro Obregón tiene varios, en los que uno no sabe si ve a un pintor o a un marinero. Hasta Antonio Caballero se ha dibujado a sí mismo, en caricatura, con cara de desazón.

(Selfie del infierno)

Pero vamos más atrás en la línea de tiempo, ¿no son algunas pinturas rupestres otra forma de autorretratos, más precarios, aunque producto de la misma intención? ¿Esas impresiones de manos humanas sobre roca no dicen algo como “este soy yo”? O tal vez, en aquellos tiempos de supervivencia, el mensaje era: “Mi mano es más grande, más fuerte y más gruesa que la tuya”, lo que vendría a emparentar a las cuevas de Altamira con la selfie actual.

Porque en el foco de la discusión sobre la selfie —¿o se dice el selfie?, ¿o la selfy?, ¿o la autofoto, como les fascina a los españoles?—, digo, está la vanidad. Cuentas y cuentas de Instagram dedicadas… qué digo dedicadas, devotas a las autofotos de sus dueños. Una tras otra. ¿No hay otra cosa en el mundo digna de retratar? Narciso, embriagado de su belleza, andaba tan inmerso en sí mismo que no le prestaba atención a nada más, ni siquiera a las ninfas que querían seducirlo. Igual a los japoneses de camarita automática y palito que van hasta el Louvre a conocer a La Mona Lisa y no ven a La Mona Lisa por estar tomándose selfies frente a La Mona Lisa. De ahí que varios museos las prohíban.

Pero entonces, ¿era también un ejercicio de vanidad la serie de autorretratos de, digamos, Vincent van Gogh? Sí y no. Porque un pintor, si en realidad quería ponerse a dibujar su cara, no tenía más remedio que sentarse frente a un espejo y, con toda la humildad y la paciencia, comenzar a trabajar en sí mismo durante semanas.

Algo similar sucedió luego en la fotografía, que está llena de autorretratos famosos. En ellos el fotógrafo por lo general aparece con su cámara: que se vea que está trabajando. O en un escenario que él ilumina, con una pose, con una puesta en escena, con una óptica que él elige. En Colombia varios grandes lo hicieron: Benjamín de la Calle, Melitón Rodríguez, Gabriel Carvajal, Fernell Franco. Todo fotógrafo, tarde o temprano, se retrata a sí mismo inquieto y maravillado por su propia figura. Vivian Maier, la última gran novedad en archivos fotográficos encontrados al azar —una niñera de Chicago durante las décadas de los sesenta y setenta que resultó ser una excepcional fotógrafa oculta—, cuenta entre sus mejores imágenes varias series de autofotos. En ellas a menudo aparece contra vitrinas o ventanas, proponiendo juegos de reflejos o de sombras. El objeto de interés siempre es ella, pero se trata de imágenes muy bien hechas.

(Las mujeres más lindas de Estéreo Picnic se tomaron una selfie para SoHo)

Porque tal vez el asunto incómodo con las selfies es la chambonería: las fallas en la composición, la pose —la boquita de pato—, la mala luz, el horroroso ruido digital del lente frontal del teléfono, que siempre es más malo que el trasero. Es que una selfie consiste en subvertir un objeto —cámara o celular— que fue hecho para apuntar hacia el frente. Aunque, como siempre, ser tan categóricos también es ser ligeros e impide reconocer que estamos ante un nuevo hecho fotográfico. Carlos Duque encuentra ahí, en ese amateurismo, la personalidad y la potencia del fenómeno. “El lenguaje desprevenido y descuidado me parece que es, precisamente, lo contemporáneo en esa fotografía”, dice, y de paso separa peras de naranjas: “Al autorretrato yo lo asocio a la fotografía análoga. Ahí el autor se registraba, pero la intención no era publicar, sino solo tener su propia imagen en fotografía. Mientras que la selfie es digital y sí tiene una intención de divulgación. Las redes sociales vienen siendo medios de comunicación personales y, en ese sentido, el contenido es uno mismo, por eso está cargada de vanidad, de necesidad de ser reconocidos”.

Duque compara las autofotos con una suerte de cámara de Gesell, ese cuarto de interrogatorio que conocimos en las películas de detectives, donde un espejo, que en realidad es una ventana, permite que los policías observen al interrogado. “El celular funciona así: somos conscientes de que nos están observando al otro lado, pero en este caso nos exhibimos”.

Podría, incluso, construirse una tipología de selfies: la que registra actividades cotidianas, la que pretende mostrarnos felices, aquella junto a un famoso, la íntima que corre el riesgo de ser descubierta, la de la curva turgente de dos tetas grandes en primer plano acompañada de una frase espiritual, como si no fuera obvio lo que hay que mirar. Navegar por redes sociales es exponerse a galerías de gente que tiene una existencia más divertida que la de uno, y además es más bella que la de uno, aunque todos sepamos que una selfie es el resultado de una larguísima sesión de autodisparos, de elegir la mejor foto y de pasarla luego por filtros que la conviertan en algo muy superior a la vida misma. De ahí que “nada más triste que una selfie sin likes”, como dice Carlos Duque.

Alguna vez alguien propuso, o quizás ya exista, una app que publique la primera toma. Ese sería un tremendo ejercicio de veracidad. Y comenzaría a darle algo de sentido a esta obsesión extraña de autofotografiarnos y a exaltar la cualidad que más se le concede a este comportamiento contemporáneo que tanto se critica y que tan poco se entiende, y que visto a ojo desnudo es la oportunidad que nos dieron de poder compartir creativamente con el resto del mundo quiénes somos y de perder el miedo a los desconocidos y mostrarles cómo es nuestra vida real. Pero en cambio estamos usando la herramienta como un espejo de agua de bolsillo, en el que no podemos parar de mirarnos. Como Narciso, que, cuenta el mito, cayó en él y murió ahogado.

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