El 9 de diciembre de 2012, Brayan Zuluaga le mandó un saludo en su cuenta de YouTube —según sus propias palabras— a quienes lo querían y a quienes lo odiaban. Se le veía el pelo largo y asimétrico, como de cantante de grupo de emo-punk; tenía una blusa rosada, gafas enormes, pantalones cortos, cartera, y caminaba por la calle con la convicción de una actriz. El saludo fue una despedida, porque dos meses y medio después volvió a aparecer en su canal, y ya no parecía más lo que ella llamaría años después “una marica indefinida”. En ese otro video, del 27 de febrero de 2013, se le ve como una adolescente: tiene un lazo en la cabeza, un vestido azul celeste, el pelo largo y rizado, con extensiones. Se mantiene —y se mantendrá— el papel, la pose.

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En ese momento, la vida de Brayan empezaba a cambiar. Había decidido que no podía estar en una zona indefinida de su personalidad. Tenía 17 años y se sentía “una muchacha”, así como dicen la mayoría de los que deciden transformar su apariencia: tuvo una epifanía que lo obligó a dejar de resistirse. Una curiosidad del video: es su bautizo, el cambio de nombre a Kim, que desde ese momento se convirtió en una marca.

Luego, quiso ir en uniforme de mujer al colegio. Y lo hizo. Entonces empezó una batalla que terminó con una sentencia de la Corte Constitucional a su favor, pero el camino fue largo.

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Es una mañana de viernes y Kim llega al estudio del fotógrafo Esteban Escobar un poco perdida. Viste una camiseta de Guns N’ Roses, pantalones cortos de jean y gafas oscuras. Lleva el pelo muy rubio y tiene la piel de una adolescente. Viene con su novio, un paraguayo de 34 años que se llama Fernando Benítez y que hace un par de días llegó de Alemania, donde vive.

Kim tiene que maquillarse para las fotos y yo, mientras tanto, hablo con Fernando.

—¿Cómo se conocieron?

—Conozco a Kim hace cuatro años. Empezamos a hablar por internet, yo empecé a escribirle por Facebook. Después de un año, me vine a Medellín a encontrarme con ella, eso fue en 2014. Ahí nos conocimos y seguimos hasta ahora. Ella fue el año pasado a Alemania dos veces y esta es la tercera vez que vengo yo, y me quedaré 15 días.

—¿Cómo llegó a ella?

—Yo vi unas fotos en Tumblr, y ahí estaba su nombre, entonces me pareció hermosa y la busqué en Facebook, y la encontré… empezamos a hablar, nada más.

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Lo miro y pienso en cómo se habrá armado el emparejamiento: ella tan transexual, él tan heterosexual. Pero es de esas dudas que pocos se atreven a expresar, porque alguno de esos manuales muy modernos, muy de redes sociales, la menciona entre “las preguntas que no le debes hacer a un gay, lesbiana, transexual o transgénero”. Pero como aquí estamos, Fernando responde con ojos de misericordia, entendiendo que esto es Latinoamérica y que somos muy godos.

—Yo no tuve problema con que fuera transgénero, a mí me ha sorprendido lo liberal que es aquí, más que en Paraguay. Kim es mi primera pareja trans y para mí fue normal, todo bien. Desde siempre me atrajo más o menos eso, y al verla así, y ver que era muy bonita, la quise conocer y resultó superbién.

Nació el 18 de agosto de 1995 en La Estrella, un pueblito pegado a Medellín. Sus padres, Harold y Claudia, que tenían 19 años y una existencia convulsa, decidieron dejarlo a vivir con la abuela materna, Luz Elena Velásquez. Desde los 4 años, Brayan empezó a sufrir las burlas de sus primos, que lo molestaban porque jugaba con muñecas y tenía maneras delicadas, como de muchacho con vocación de señorita. La abuela nunca lo detuvo, lo animó a que jugara con lo que bien le pareciera. Mientras crecía, en el colegio recibía palizas.

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—Me cascaban mucho; pienso demasiado en eso y creo que a ellos les daba rabia porque desde muy pequeña yo era muy amanerada a una edad en la que los niños no entienden muchas cosas, y como ellos no entendían que yo fuera tan femenina, simplemente me cascaban. Me acuerdo de que en el colegio una vez salí a representar al grupo RBD, y me creía dizque Mía Colucci y salía y bailaba y cantaba con las amigas. Ellas, todas mujeres; yo, el hombre. A mí me pedían autógrafos y yo les rayaba las camisetas a los niños, les escribía “Mía”, y ellos me decían que por qué les ponía eso si yo era un hombre, y yo, medio disfrazada con bufanda y maquillaje, una marica, les decía que era Mía porque era mi papel, que no fueran atrevidos. Tenía mucha personalidad. Llevaba muñecas al colegio. Trasgredía lo que era la vida normal de un niño.

Quizá por esos mismos problemas —siempre con los niños, nunca con las niñas—, Brayan saltó de colegio en colegio, seis para ser exacto, como buscando refugio. En el bachillerato, cuando el maltrato llegó a su colmo y se cansó de que le hicieran la vida imposible, se enfrentó con quienes se burlaban: les dio puños, patadas, no temía encontrárselos a la salida y darles eso que tanto pedían: un poco de violencia.

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—Cuando yo estaba como en sexto, no sé qué tenía que todos los hombres querían pelear conmigo. Entonces era sentadita en el pupitre y desde lejitos me hacían dizque así (se lleva la mano empuñada a la nariz) o me mandaban a decir que nos veíamos a la salida. Ahí me empecé a agarrar, ya cascaba a los pelaitos.

Kim habla con la voz fingida, porque no hay otro modo: le tocó en suerte una voz grave que ahora debe domar. Es inevitable pensar que quiere parecerse a ese ídolo de juventud que fue Mía Colucci —interpretada por la cantante mexicana Anahí—: los ojos claros, delgada hasta decir basta, con la pose de una diva.

Su verdadera lucha vino después, cuando llegó al Inem José Félix de Restrepo, el supuesto colegio más liberal de Medellín. Tenía 15 años e iba a cursar noveno. En el José Félix encontró a otros como ella: presos en un cuerpo ajeno —y sí, aquí tienen el lugar común—. Era andrógina, un muchacho muy muchacha con el pelo negro caído sobre un ojo. Perdió noveno y cuando regresó de vacaciones, al año siguiente, se definió: entró con vestido de colegiala, se puso de pie y dijo: “En la lista aparece que me llamo Brayan Zuluaga, pero yo en verdad soy Kim Zuluaga”. Se sentó, todos callaron. Las primeras semanas solo hubo revuelo entre los estudiantes, hasta que el rector se enteró..

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—Yo siempre pensé que cuando cumpliera 16 años tendría que tomar la decisión de si me iba a convertir en trans o me iba a quedar como una marica indefinida. Y pues el oso ser indefinida, y yo dije que me identificaba más con la apariencia de una mujer. En diciembre, mi abuelita me compró la ropa de mujer y en enero fui a estudiar ya con el uniforme femenino y el pelo largo. No me jodieron. Yo allá era popular y ya me sentía como con poder. Era amiga de todo el mundo, pero los coordinadores y el rector me odiaban porque a raíz de que yo fui de mujer, empezaron otras que también eran andróginas a ir vestidas de trans, entonces el rector dijo que yo era una líder negativa. Le dije que no tenía la culpa de manifestar mi personalidad y que hubiera gente que también se sintiera con la fuerza para hacerlo. Entonces, imagínate a los niños de séptimo que querían ser como yo… en las clases de religión, de ética y valores les hablaban de mí. Finalmente, el rector me dijo que si quería, que lo demandara, pero que al colegio no podía volver así: debía ir vestida como un hombre, como decía el manual.

—¿Y usted le hizo caso?

—No. Me sentí superofendida. Pero, bueno, normal, estaba acostumbrada. A los diítas llamaron a mi abuela y le dijeron que me iban a mandar para la casa porque no podía seguir yendo al colegio vestido así. Y mi abuelita les dijo que cómo así, que en qué les afectaba si era yo y no ellos. Ella me apoyaba en todo. La psicoorientadora me llevó hasta la puerta del colegio y me sacó. Y en esa caminata yo le dije: “¿Usted sabe quién soy yo? Yo soy Kim Zuluaga y le juro que usted y ese rector se van a acordar de mí toda su vida”. Ella era la psicóloga, pero más bruta que quién sabe qué. Ese día estaba de uniforme, superlinda, yo andaba por la calle y todo el mundo me miraba, una cosa de locos.

Después del regaño, Kim trató de romper la norma: intentó entrar vestida de mujer al colegio, pero los porteros, que estaban advertidos, le montaron guardia especial.

—Yo me inventé muchas cosas para entrar al colegio. Llegaba de capucha, entraba como una ladrona. Y un día me fui para la Secretaría de Educación y llegué así, vestida de uniforme, y dije casi llorando que me habían echado porque era trans. Y me respondieron que yo tenía el derecho y que montara una tutela. Pasaron seis meses y yo quedé con los del colegio en que solo iba a ir vestida de mujer a clase de Educación Física, y las otras trans iban igual. Éramos como ocho, y eso para un colegio es bastante. Luego, la tutela salió en mi contra y yo, superaburrida, impugné. Pasó un año y en ese tiempito el colegio me tenía jarta, porque ellos se propusieron hacerme la vida imposible, así que me fui a validar.

El 6 de marzo de 2014, cuando Kim tenía 18 años, la Corte Constitucional falló a su favor: podía ir al colegio vestida con uniforme femenino. Pero Kim ya no quería ir al José Félix, ya se había operado y de su pecho brotaban senos redondos. De todas maneras, hizo desde las afueras del colegio un video para su canal de YouTube, que para entonces ya era una marca reconocida entre la comunidad LGBTI, en cuyo cabezote promocional aparecía una diabla y se escuchaba de su voz quebrada: “Soy una actriz, soy Kim Zuluaga, hoy, mañana y siempre”.

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Los estudiantes celebraron la decisión de la Corte, y solo un padre de familia la rechazó. Kim cerró el video poniéndose el uniforme femenino por encima de la ropa y dijo con sorna: “Pues, pero a mí me queda mucho más lindo que a otras del salón”.

Su abuela, Luz Elena, la ha apoyado en todo, aunque al principio, devota como es del Sagrado Corazón de Jesús, no estuvo muy de acuerdo con la cirugía de tetas. Pero su amor pudo más. En un video que hizo Kim, la abuela le habla a la cámara: “Me encuentro acá en la clínica. Lo estoy acompañando. Me siento yo más nerviosa que él. Cuando él me comentó que se iba a hacer su cirugía, pues, al principio a mí me parecía que no era bueno, pero en todo momento yo era el apoyo, estoy de acuerdo con lo que él quiere hacerse. Él está muy contento”.

Pero la carrera de parecer una mujer, de querer serlo, es larga, y se corre en la cama de un quirófano. Kim se operó las tetas a los 18 años y tiempo después, la nariz. “Me pareció muy importante, más que los senos, porque yo tenía una nariz supergrande, un tabique supergrueso. Entonces, me hacía pensar que la gente me veía muy masculina, no se fijaban en mis demás rasgos faciales. Y bueno, me mandé a recortar ese tucán tan horrible que tenía”.

El Mariposario ayudó a Kim a juntar fuerzas. Se trataba de un grupo de muchachos de 13 y 14 años que se reunían todos los viernes en el Parque de los Deseos, en el norte de Medellín, para integrarse y conocer el mundo gay, o tirarse sin freno a él. Hacían fiestas, juegos, chivas. Entraban a tientas a un mundo que iban construyendo. Llevaban el pelo revuelto como un nido, expansiones en las orejas, blusas muy brillosas, chillaban risas fingidas. Y encontraron fuerza en sus actos de grupo. Hoy, todos los que hacían parte del Mariposario cambiaron su cuerpo, pasaron de nombres como Santiago Gil, Sebas Mejía o Brayan Zuluaga, a otros como Luna, Monie y Camila Gil, Fresa Mejía, Valeria Nanclares y, claro, Kim Zuluaga.

Tuvieron su época de fama después del fallo de la Corte Constituciuonal y salieron en la revista Vice, en El Tiempo, en El Mundo de España, en el programa Al rojo vivo de Telemundo. En el texto de Vice, titulado “La lengua de las mariposas”, había una colección de expresiones que usaban por entonces: “Boque sapo, lava tangas, soperutana, estoy caballa, Ph de negra, guajireña, perputa…”. Se declaraban con un solo fetiche: los penes. Kim sigue “adorando” al Mariposario, pero ya es otra mujer, porque ahora es novia y —dice— uno tiene que renunciar a muchas cosas cuando es novia.

Al final de nuestra entrevista, Kim se despide y presiona los labios, coqueta. Y después, yo me voy a buscar sus videos y me encuentro con uno que se llama “Las consecuencias de ser diva”, en el que cuenta, con un cuadro de Marilyn Monroe detrás, la historia de una pelea en la que un grupo de negras le pegaron y le arrancaron el pelo para guardarlo en una cartera. Su historia, resumiría, es la de una diva perseguida.

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