Capitales, pero también, para empezar, naturales. El sexto, el de la ira, es quizás el más natural de todos. Y uno de los más antiguos, después de la soberbia y la lujuria, y contemporáneo de la envidia. Consumido de envidia (recomido de envidia, roído por la envidia: pues "es la envidia congojosa y roedora", dice un Padre de la Iglesia que sabía de qué hablaba), consumido y corroído de envidia, Caín fue poseído por la ira, y mató a su hermano Abel, que no tenía la culpa de ser el preferido del
capricho del Señor.
La ira puede ser, como en este caso, individual, y lleva al asesinato. O colectiva, o predicada a una colectividad, y lleva entonces a la guerra. Es un pecado precristiano. Cristo predicaba el amor al prójimo, que es lo contrario de la ira. Pero un pecado que en el curso de los últimos dos mil años los cristianos han acogido con verdadero júbilo, llamándolo "ira santa" y haciendo de él su bandera. Una bandera que en los últimos tiempos los Estados Unidos, potencia dominante, han pretendido monopolizar, hablando de "ejes del mal" (los de los demás) y de "guerras preventivas" (las suyas propias). Es imposible, sin embargo, monopolizar la violencia, y así lo prueban de sobra los cinco o siete mil años que conocemos de la historia humana. La ira, y con ella la guerra, ha sido siempre su hilo conductor.
Hilo conductor de la historia, de la cultura, de la civilización. Pues aunque sea el más primitivo de los pecados, hasta el punto de que muchos investigadores científicos de comportamiento humano piensan que no se origina en el neocórtex del cerebro, que es el que nos distingue de otros animales, sino en el paleocórtex o cerebro primitivo que nos emparenta con los reptiles, es también, sin discusión, el más creativo de los pecados. En todos los campos: la literatura, la medicina, las técnicas del transporte, las matemáticas, la música.
No cabe aquí hablar de todo eso: habría que resumir, insisto, toda la historia de la cultura humana. Pero basta con comparar con cualquier otro de los siete pecados capitales cuál ha sido el papel de la ira en el ámbito de la literatura. Desde sus orígenes: digamos que desde el Mahabarata de los hindúes. La Ilíada de los griegos, poema fundacional del Occidente, es una crónica de esa doble manifestación de la ira: la individual -"canta, oh Musa, la cólera de Aquiles."- y la colectiva: la guerra de Troya. Desde los cantos de entonces hasta las crónicas periodísticas de hoy, ninguna otra pasión humana ha consumido tanta palabrería como la ira. Ni siquiera la lujuria. Por cada carta de amor hay diez crónicas de guerra. Y la mayor parte de las historias de amor, o bien han provocado guerras -volvemos al ejemplo de La Ilíada-, o bien han sido interrumpidas por la guerra o la violencia. Según Horacio, la ira no es otra cosa que "una corta locura". Corta tal vez. Pero infinitamente recurrente. Sin hablar de violencias privadas de toda índole, empezando por aquella legendaria que enfrentó a Caín y Abel, desde la Edad de Piedra no ha conocido la humanidad una pausa en la guerra.
Me he referido solo a sus repercusiones literarias. Ya digo: más que las del amor. Y, en cambio, ¿qué ha producido la paz literariamente hablando? Únicamente un breve opúsculo del filósofo Immanuel Kant sobre "la paz perpetua". Pura ficción, por supuesto. O, usando el término en el más despectivo de sus
sentidos, pura literatura.

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