Cuando conocí a Juana, aunque ya no era sor, me volví loco. O no. Me explico mal: se volvía loca ella, y por lo tanto yo.

Sor Juana abandonó el convento cuando tenía 39 años. La noche en que la conocí, ella me dijo que todo había sido culpa de la menopausia. ¿Qué dices?, objeté yo, pedante, ¡la menopausia empieza a los 50! Juana se me quedó mirando como esos curas que están a punto de castigarte y deciden absolverte. Se me quedó mirando con una sonrisa helada, invitadora, con esos ojos negros como sus dos pezones, y contestó tranquilamente: ¡Tú qué vas a saber de la menopausia de las monjas! Quince minutos después, Juana pagó las copas. Veintidós minutos después, milagro, encontramos un taxi libre en la Gran Vía. Cuarenta y tres minutos más tarde, ella daba alaridos encima de mí, inmovilizándome las muñecas.

Acostarme con Juana, y no me entiendan mal, fue como recuperar la fe. Gracias a ella encontré la luz, la senda, el gozo divino, más o menos por las mismas razones por las que ella los extravió para siempre. Sospecho que me explico mal. Es lógico: hablar de Juana me trastorna la lengua. Lo que intento decir es que Juana, siempre según su relato, perdió la virginidad con un fraile gordito una semana antes de colgar los hábitos. Para ser precisos, digamos que perdió la virginidad con seis o siete frailes, no todos ellos gorditos, a los 39 años de edad. Fue, en sus propias palabras, probar apenas uno y ya quererlos todos. Todos. Todos. Todos. Huelga decir que la repetición no es mía, sino de Juana. Así lo contaba ella, con los ojos entrecerrados y las piernas bien abiertas, después de cada orgasmo. Esta imagen me recuerda de inmediato el sexo de Juana: angosto, acogedor, velludo. Procuraré no desviarme demasiado.

En cuanto Juana comprendió que nunca más sería digna a los ojos del Señor, cosa que comprendió rápido, se dejó crecer el cabello, se buscó un trabajo de ayudante en una veterinaria y dedicó todo su tiempo libre (todo, todo, todo) a fornicar con hombres de cualquier aspecto, raza y condición. El único requisito, según contaba Juana, era que no se enamorasen de ella. Y que se lo prometieran desde el primer día. Yo ya he estado casada, les decía (nos decía), con el más grande Él de todo el universo. Viví comprometida con mi Señor desde los 18 hasta los 39. Y como es imposible aspirar a entregas más altas, yo ahora quiero sexo, sexo, sexo. Aunque sé que por eso me voy a condenar.

Cualquiera que no se haya acostado con Juana, y reconozcamos que esa posibilidad empieza a ser remota en Madrid y alrededores, podría reírse de esa frase suya: sé que por eso me voy a condenar. Y creería quizá que se trataba de una excusa pía, por no decir barata. De un subterfugio para redimir su comportamiento pecaminoso. Pero bastaba una sola noche con ella, por no decir un breve coito, apenas un amago de penetración, para comprender hasta qué punto la afirmación de Juana era severa y transparente.

La vida sexual de Juana era mucho más que eso. Que vida, me refiero. Y de no haber sido tan arrasadora y entusiasta, estaría tentado de decir que se trataba justo de lo contrario: de una muerte sexual. Con sus correspondientes, y absolutamente inevitables, resurrecciones carnales. Puedo imaginar, casi puedo oler los equívocos que esta declaración despertará en las mentes más perversas. Éxtasis espasmódicos. Succiones misteriosas. Burdas acrobacias. Inverosímiles duraciones. Por Dios, por Dios, por Dios. Nada más lejos: lo de Juana era distinto. Más llano. Sin técnicas orientales. Sin posturas incómodas.

Lo de Juana era algo que nuestra civilización casi ha perdido: pura lascivia. Con sus tentaciones irrefrenables, sus remordimientos sinceros y sus reincidencias fatales. Lo increíble era que estos ciclos que a la gente vulgar pueden llevarle días, meses, años, Juana los resumía vertiginosamente en unos minutos: los mismos que durase el sexo. Intentando una aproximación científica, digamos que las mujeres normales experimentan las fases de excitación, meseta, orgasmo y resolución. Juana en cambio padecía rubor, enajenación, arrepentimiento y recaída. Sin parar. Con la naturalidad de una tormenta de verano.

Desde la primera noche que pasé con Juana en su casa, rebotando en el sofá de la salita de estar, asistí boquiabierto a la liturgia que se repetiría siempre. Ella me desnudaba con brutalidad, me mordía con ansia, me rechazaba brevemente, se arrancaba las bragas y me atraía dentro de ella. Entonces daba comienzo la parte más asombrosa, la que terminaba de capturar mis sentidos y que, de alguna forma, terminó por condenarme: Juana hablaba. Hablaba, aullaba, rezaba, suplicaba, lloraba, reía, cantaba, daba gracias. Para hacerla ingresar en aquel trance no hacían falta hazañas físicas. Solo había que dejarse llevar. Aceptarla. La recompensa era, sin excepción, apabullante. Entre los cientos de obscenidades bíblicas que Juana profería durante el acto, a mí me fascinaban sobre todo las más simples: "Me fuerzas a pecar, maldito"; "por tu cuerpo ya no tengo perdón"; "me llevas al infierno". Algún escéptico podrá objetar que eran meras exclamaciones de doctrina. Pero a mí, siendo honesto, esas cosas me conquistaban. Soy un hombre corriente. No suelo despertar grandes pasiones. Y nunca jamás, entiéndanme, había llevado a nadie hasta el infierno.

Mi tragedia era esta: ¿cómo fornicar después de Juana? ¿Valía la pena salir de las voluptuosas llamas del averno para reposar en las mediocres blanduras de un colchón cualquiera? Con Juana cada embate era un acontecimiento. Un placer deplorable. Un acto de maldad trascendente. Con las demás mujeres, en cambio, el sexo solo era sexo. Mecánica anatómica, deseo satisfecho. Desde que conocí a Juana todas mis amantes ocasionales, y muy especialmente las progresistas, me parecían tibias, previsibles, de una normalidad desesperante. Lo que hacíamos juntos no era terrible, ni atroz, ni imperdonable. Ninguno de los dos perdía sus principios al hacer lo que hacíamos. Con el tiempo fui pasando de la apatía a la fobia, y llegué a detestar los gestos vacíos que intercambiaba con mis amantes. Las pequeñas contracciones. Los grititos moderados. Los tímidos gemidos. Ya no podía estar con nadie que no fuese Juana. Sin ella, el sexo carecía de promesas.

La última noche que vi a Juana, iba vestida como de costumbre: falda ancha y zapatos viejos. Sin maquillar. Un poco despeinada. Y con la carne erizada, temblorosa, como en espera de un terremoto. Cuando ella se arrancó las bragas y contemplé de nuevo su sexo oscuro, no pude evitar besarla y susurrarle al oído: "Estoy enamorado". Juana cerró las piernas de inmediato, se ovilló en el sofá, elevó el mentón y dijo: "Entonces vete". Lo dijo tan seria que ni siquiera tuve ánimos para insistir. Además, era yo quien había incumplido su promesa. Me vestí avergonzado.

Mientras cruzaba la salita, oí que Juana me chistaba. Me volví hacia ella con la esperanza de que hubiera cambiado de opinión. La vi acercarse desnuda. Caminaba rápido. Se notaba que tenía los pies fríos. Me miró fijo a los ojos con una mezcla de rencor y compasión. No se puede ir al infierno por amor, me dijo. Después se apagó la luz.

Todavía hoy, cada vez que pienso en Juana, se me doblan las rodillas y se me seca la boca. Mi vida, por supuesto, siguió adelante. No me va mal. He vuelto a acostarme con otras mujeres. Yo no me enamoro, ellas no enloquecen. Nos vemos de vez en cuando. Fingimos encontrarnos para cenar. Bromeamos con cortesía. Nos aburrimos gratamente.
A veces me miro al espejo, acerco la boca a la boca y me pregunto qué ha sido de mis infiernos. La respuesta es sencilla: nada. Nunca he tenido un infierno propio, como Juana. Mi único pecado fue perderla.

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