La Pata tenía el agua hasta el cuello y la espuma le llegaba a las orejas. El chorro llenaba la bañera y el vapor había empañado los espejos. La Pata tenía los ojos cerrados y el dedo gordo del pie se asomaba entre la espuma. A veces tomaba y botaba aire con fuerza, para despejar el cansancio, y la espuma le resbalaba por el pecho hasta que aparecían las tapas de sus tetas. Sin abrir los ojos sacó el pie y empujó el grifo para cerrar el chorro. El baño quedó en silencio; apenas se escuchaban las pequeñas explosiones de las burbujas y el sonido del agua cuando la Pata se movía un poco. Una mano flotaba y con la otra se acariciaba el vello recién rasurado. La Pata, Patricia, disfrutaba de su baño como una pata de verdad.

Un ruido fuerte la hizo abrir los ojos y otro más la puso alerta. Parecía como si unos cubiertos hubieran caído al piso. Le constaba que la casa estaba sola y a esa hora no tenía por qué haber alguien más. A menos que alguien hubiera llegado. La Pata esperó atenta hasta que un tercer ruido la dejó sentada, y un instante después ya estaba de pie con el agua y la espuma escurriéndole desde el cuello. Gusanitos de jabón le bajaban a toda prisa por la piel. Tenía el cuerpo tenso y los ojos del tamaño de los pezones, con ellos miró la pistola que había dejado sobre su ropa.

Sacó un pie de la bañera y luego el otro. Sintió que el golpeteo del agua que chorreaba la iba a delatar. Tomó una bata de la percha y se la puso sin secarse. Tomó la pistola y salió del baño con pasos de gato.

Había luz en el comedor. A esa hora la casa tenía que estar a oscuras. A pesar de estar descalza, la Pata caminaba en puntas. Con la pistola en alto avanzó y cuando llegó al comedor vio, de espaldas, al ladrón.

Quieto.

Él se dio vuelta. Era un muchacho. Ella repitió:

Quieto.

Aunque ella no se lo pidió, él levantó los brazos. En una mano tenía un cucharón de plata para servir sopa, y en la otra una pala de postre, también de plata y con mango de marfil. Ella le dijo, suelte eso, y él los dejó caer. Los dos saltaron cuando la pala y el cucharón pegaron contra el piso. Ella le dijo, imbécil. Al muchacho le temblaban la mandíbula y los pies. Ella le preguntó, ¿qué hace aquí?, ¿quién es usted? Él le dijo:

No dispare, por favor.

¿Quién es? ¿A qué vino?

A ella no se le notaba pero tenía tanto miedo como él. Le tocó, incluso, agarrar la pistola con las dos manos para que no se le fuera a soltar. Él le dijo, me dijeron que no iba a haber nadie. Ella dijo, pues le dijeron mal. Los dos podrían tener la misma edad, entre 20 y 25. El muchacho le dijo, si quiere me voy. La Pata no dijo nada; sobre la mesa vio el resto de la cubertería. Le pareció que el muchacho se iba a poner a llorar. Ella le preguntó:

¿Quién lo envió? ¿Quién le dijo que no iba a haber nadie?

El muchacho se puso a llorar. La Pata avanzó dos pasos, respirando agitada, y le apuntó con decisión. Dígame, ¿quién lo envió?, ¡cuénteme ya! Él cruzó los brazos en alto sobre su cara, como si con ellos pudiera frenar una bala, y entre ellos vio que de la bata corta le brotaba una sombra mojada, justo donde se juntan las piernas. Ella vio que él la miraba y bajó una mano para componerse la bata.

¡Dígame, carajo!

Él apartó los brazos de la cara y le dijo, mi mamá.

¿Qué?

Mi mamá.

¿Quién?

Ella trabaja para ustedes.

La Pata volvió a abrir grande los ojos y dijo, upa. Él le explicó, pero la idea fue mía, yo no quería involucrarla, ella solo me dijo que ustedes iban a estar fuera todo el fin de semana, eso fue todo, ella no sabe que estoy acá. A la Pata los pechos le subían y le bajaban, le subían y le bajaban, como si quisieran liberarse de la bata ajustada. Él insistió:

Si quiere me voy.

Usted de aquí no se mueve.

¿Va a llamar a la Policía?

Ella miró un teléfono en la pared, dobló una rodilla para relajar la tensión del cuerpo y dijo, no, todavía no sé qué voy a hacer con usted.

¿Puedo bajar los brazos?

Bájelos, pero ni se le ocurra intentar algo.

Ella también los bajó un poco pero sin dejar de apuntarle, apenas para descansarlos. Él vio que la bata húmeda se transparentaba en ciertas partes. Tiene frío, le dijo él, y ella, por primera vez en la noche, se ruborizó.

Regresaron al baño, donde ella había dejado la ropa. Lo hizo darse vuelta y se quitó la bata para vestirse, sin soltar la pistola. Él quedó frente al inodoro y vio una infinidad de trocitos de pelo regados sobre la tapa. Miró de reojo la bañera llena y aspiró el aroma de jabón que todavía flotaba en la humedad del baño. Y a través del espejo, todavía empañado, la vio desnuda.

¡Le dije que no me mirara!

Con un brazo le apuntaba y con el otro se vestía. No es tan tonto como pensé, dijo la Pata. Usted debe ser la... intentó decir él pero ella lo interrumpió, ¡no hable sin que yo se lo ordene! Puede voltearse. Ella se había puesto un bluyín con rotos y una camiseta blanca; seguía descalza. Ella le preguntó:

¿Sabe cocinar?

El muchacho no entendió. Ella le dijo, venga, tengo hambre.

La Pata se sentó mientras él miraba dentro de la nevera, perfectamente organizada y llena a reventar. Imaginó a su mamá guardando con cuidado cada alimento o seleccionando lo que necesitaba para cocinarles a sus patrones. Ella le había dicho que en esa casa se comía muy bien y siempre le llevaba algunas sobras. Él le preguntó a la Pata, ¿puedo hablar? Ella asintió.

Yo no tengo la habilidad de mi mamá.

No importa. Invéntese algo.

¿Le gustan los huevos?

La Pata sonrió. ¿De qué se ríe?, preguntó él. De usted, respondió ella. Voy a hacerle una tortilla con jamón, dijo él. Ella lo miraba callada mientras él iba de un lado a otro, por los huevos, por la sal, por el aceite, por el jamón, por la sartén. Adonde él fuera, ella lo seguía con la pistola.

Comieron uno frente al otro; ella había puesto la pistola junto al plato. Él le preguntó, ¿cuándo llega su familia? Ella le respondió, ¿y para qué quiere saber?

¿Qué va a hacer conmigo, dígame?

Todavía no lo sé. ¿Hay vino en la nevera?

Creo que no.

Él fue a verificar. No. No hay. La Pata se movió inquieta en el asiento y le dijo, entonces sírvame más tortilla.

Después de comer se fueron al salón. Ella se tendió en el sofá y él se acomodó en una poltrona. Ella dijo, quedé llenísima. Él comenzó a sentir la cabeza pesada. Le dijo a ella, por favor, déjeme ir, y la Pata respondió, por qué es tan terco.

Permanecieron media hora mirándose callados hasta que las luces de un carro se metieron en la sala. La Pata de un salto quedó detrás del sofá, apuntando hacia la ventana, y le ordenó a él, ¡agáchese! ¡Arrástrese hasta acá! Él le obedeció. ¿Qué pasa? ¿Quién llegó? Ella le dijo, cállese, venga rápido. La sala seguía iluminada por las luces y se oía el radio del carro. La Pata y el muchacho jadeaban asustados detrás del sofá.

El carro al fin echó reversa y la sala volvió a quedar a oscuras. La Pata botó aire con fuerza. El muchacho sudaba pegado a ella. La Pata le agarró la mano y se la puso en el pecho de ella, sobre el corazón. Lo tengo a mil, dijo. Se miraron. Ella sacó la lengua y le lamió la cara, le dijo:

El miedo me excita.

Mientras caminaban hacia el cuarto, la Pata le preguntó, ¿cómo se llama?, y él dijo, John.

Al otro día John despertó desnudo en una cama king size. La Pata no estaba. Comenzó a vestirse y sintió ruidos en otro lado. Salió del cuarto y la encontró en el comedor, vestida muy elegante, metiendo unos adornos de plata en una maleta. Él le preguntó, ¿qué hace?, ella dijo, tenemos que irnos rápido, no demoran en llegar. ¿Quiénes?, preguntó John. Los dueños, dijo la Pata. Él se puso pálido. No me diga que todavía cree que soy la señorita de la casa, dijo ella; luego guardó un fajo de dólares y añadió, vinimos a lo mismo, solo que yo llegué primero.

¿Y mi parte?

Su parte se la di anoche. Y créame que vale mucho más que lo que llevo en esta maleta.

La cerró, se compuso el vestido, y salió arrastrando la maleta como una pasajera de primera clase. Antes de salir se detuvo y dijo:

Ah, cuando salga asegúrese que la puerta quede bien cerrada.

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