La mentira es la esencia pura del amor y el camino más corto hacia un polvo furtivo. Una regla de oro es que si la mujer del prójimo te da chance debes sacudirla como el prójimo sacudiría la tuya si tuviera oportunidad. A Vlues nunca le dije mi verdadero nombre y tampoco que aquel auto deportivo de color rojo parqueado frente al restaurante no era mío (y mucho menos el restaurante), en cambio hundí mi desolación en su espléndida raja y le escribí un párrafo antes de partir (en un mugroso colectivo)...

...Vlues, niña mía, soy en la oscura noche como un salvaje pájaro sediento de amor. Las palabras zumban como abejas asesinas y luego llega el silencio, tus ojos me observan y logran intimidarme, pero el deseo es una joya absurda que destruye los espejismos.

Te levantas de la banca y caminas por un sendero del parque, te sigo, respiro el olor de tu pelo. Sabes que no puedo escapar, que durante mil años esperé este momento. Dejas atrás el parque y te detienes frente a un edificio, el portero abre y le hablas al oído.

Te sigo por las brillantes escaleras de madera. Tus piernas se mueven dentro de la estrecha falda, tus senos se agitan, y de repente te detienes, te sientas en uno de los peldaños, recoges la falda y abres las piernas. Me miras desafiante. En la delgada tela del oscuro calzón tu sexo se marca como una sed antigua. Me inclino lentamente y te beso en los labios, abro la bragueta y saco mi sexo, tu boca se libera de la mía, me aferras de la cintura y chupas mi sexo.

Te abro los broches de la blusa y las puntas de tus senos se clavan en mi pecho, siento el olor de tu pelo, te lamo la nuca, dibujo con la lengua tus vértebras. Mi sexo se expande dentro de tu boca, tu garganta es caliente y profunda, mis dedos apartan el calzón y acarician tu sexo que se moja lentamente. Mi lengua lame tus senos. Me aferro a tus muslos, a la amplia curva de tus caderas. Meto las manos bajo tus nalgas y te levanto un poco de la superficie fría de la escalera.

Durante un breve instante permanecemos suspendidos y luego mi sexo escapa de tu boca y busca tu sexo, te penetro con fuerza, la madera cruje bajo el peso de nuestros cuerpos, mi boca se come tu boca. Y golpeo una y otra vez dentro de ti, tu corazón late contra el mío y el tiempo se eterniza. Giramos, mi espalda se apoya en el borde de aquel peldaño, pero el deseo borra el dolor. Me aferro a tus nalgas y acerco tu sexo a mi boca y lo lamo lentamente, lamo cada hendidura, aprendo formas y sabores mientras tu boca susurra palabrotas cerca de mi oído. Nuestros sudores se confunden. Y luego te sientas en mis piernas y mi sexo entra de nuevo en el tuyo, y subes y bajas.

Mi sexo vibra a punto de estallar y te aprieto las nalgas y hundo mi dedo en tu culo y te beso la cara, te lamo el cuello y tu sexo me aprieta más y más... Y entonces giras y me pides gimiendo meterlo atrás y penetro tu culo húmedo y estrecho y te quejas bajito y luego te mueves clavada allí, te mueves cada vez más frenética, tus nalgas golpean contra mi pelvis, el placer destruye el último fragmento de lucidez y me pierdo dentro de ti.

A Gabriela le gustaban los poemas, al menos eso solía decir, así que copié unos versos de poetas franceses y la convencí de que eran míos. También le prometí que si dejaba al marido iba a tenerme para siempre. Antes de que pudiera hacerlo escapé y mientras me alejaba pensaba todavía en su vibrante ser...

...Como el sonido de un insecto en la noche sideral imagino tu sexo, lo dibujo con la punta de mi lengua. Tiene el sabor de cierta madera de la infancia, el sabor de esa madera mojada por un arroyo cristalino. Lo observo, pongo mi cara allí, mi nariz se hunde en la blanda humedad y la respiro, la dejo entrar en mi sangre. Imagino la piel de tus piernas allí cerquita, en el límite donde los pelos oscurecen y guardan ese estuche de sueños que es tu sexo. Lamo allí, lamo justo en medio de tu sexo, lamo los bordes. Lamo suavecito y me lleno de ti y dejo que el sortilegio de tus sabores y fragancias secretas nublen mis sentidos.

Imagino que tu sexo es un corazón que late dentro de mi boca, que se abre como un capullo cuando lo roza la punta de mi lengua. Imagino que tiemblas y que me haces temblar. Mi sexo también late y trato de resistir las ganas salvajes de penetrar tus entrañas y rozar tu alma e inundarte de mí. Imagino tu boca, quisiera comerme tu boca, tus senos, tus manos, tu cuello. Quiero lamer tu cuello, subir escaleras por tu garganta y deslizarme por tu espalda. Apretarte contra mí hasta que no quede espacio para el aire. Gaby, si cuando estés con tu amante de turno piensas en mí, no olvides que el sexo no necesita al amor pero le viene bien y que el amor necesita todo lo posible y algún imposible.

Luisa no era alta ni esbelta ni se llamaba Luisa, pero tenía un sexo acolchonado y una forma desfachatada de ir por el mundo. Fue breve e increíble nuestra historia. Solo le mentí en una cosa, en cambio ella era una verdadera caja de sorpresas. Lo primero que recuerdo es su mirada fija en aquellos dos tipos...

...Está concentrada observando al flaco alto que le recuesta el sexo en el culo al gordo bajito, me mira y sonríe. El gordo siente la verga del flaco en el culo y en vez de apartarlo se agacha un poco para que el flaco pueda acomodarle la verga con más facilidad. El autobús está atestado de pasajeros que viajan de pie con expresiones rabiosas y taciturnas mientras el gordo parece en éxtasis con los ojos cerrados y el flaco ansioso no se despega.

Estoy sentado en uno de los puestos del fondo y a mi lado está una chica morena que no aparta la vista de aquella divertida pareja. Por el rabillo del ojo la observo acomodar el bolso de cuero sobre sus piernas y luego deslizar la mano bajo su falda. Su cadera roza la mía e intuyo el movimiento de sus dedos dentro de su sexo. Al instante sus pezones se marcan en la delgada tela de la blusa y mi verga empieza a crecer.

Ella abre ligeramente los labios y recuesta la cabeza sobre mi hombro, su vista sigue fija en el sexo abultado del flaco que se apoya contra el culo del gordo mientras el autobús salta por las destartaladas calles de Bogotá. Deslizo mi mano por detrás de su espalda hasta tocar su trasero y ella se inclina un poco más contra mí para dejarme llegar a su culo redondo. Venzo la resistencia de la tela y hundo mi dedo allí. Sus tetas parecen a punto de reventar la blusa.

—¿Dónde te bajas? - pregunta dentro de mi oído.

—¿Dónde quieres? —susurro.

—En la próxima cuadra —dice.

Se levanta y la sigo.

—Agárrame —dice.

El sexo del flaco sigue hundiéndose en el culo del gordo. La aferro por la cintura y nos abrimos paso entre el nudo de gente. El autobús frena bruscamente. Bajamos. La noche es fría, pero ella y yo estamos ardiendo. —Vivo allá —dice señalando un edificio de cuatro pisos—, pero mi marido no tarda en llegar,—¿Qué quieres hacer?

—¿Tienes condón?

—Claro —digo.

—Ven —dice agarrándome de la mano.

Me conduce hasta un solar abandonado y luego se sienta sobre la hierba detrás de unos árboles. La gente pasa a unos diez metros de nosotros, pero la oscuridad nos hace invisibles. Ella se tumba en la hierba y se alza la falda. Me abro la bragueta y me saco la verga que vibra repleta de sangre. Me tiendo sobre ella, le echo las piernas hacia atrás y pongo la cabeza de mi verga en el borde de su sexo mojado y luego la hundo lentamente. Sus ojos quedan en blanco. Me sacudo contra ella.

—¡Húndela toda!

Le tapo la boca con la mano y sus dedos se hunden en mi piel. Entierro mi verga hasta el fondo de sus entrañas, la siento gemir y le doy con más fuerza. Luego saco la verga y la hago girar hasta que queda en cuatro patas y se la hundo otra vez. Golpeo contra su culo, mi verga se hunde en su abultado sexo y mi dedo en su culo. Ella gime como una gata y le aprieto la boca.

—Vente ya —dice jadeando—, mi marido empezará a preocuparse.

Con violencia hundo la verga hasta sentir que la atravieso y luego dejo salir el chorro de semen caliente. Ella se queda un momento suspendida en el vacío, colgando de mi verga y luego se levanta y se alisa la falda. De repente su expresión risueña se endurece.

—Malnacido, no tenías condón.

Mientras se aleja con aire ofendido rumbo al edificio pienso en su marido que la espera en silencio.

Catalina era franca y directa. Me dijo que solo abriría sus largas piernas si prometía borrar todo lo que pasara entre nosotros de mi memoria. Le dije que aquello no era un problema, que para mí el sexo pertenecía al cuerpo y no a la mente, que no era un sentimental, solo quería echarle un polvo y seguir mi camino. Su piel delicada como la de una pompa de jabón y su acento paisa atraviesa mis insomnios. Sueño despierto con darle una repasada y escribo en la oscura pantalla de mi mente cartas invisibles mientras me hago una y otra vez la paja en su nombre que, por supuesto, no era su nombre...

...No sé quién eres y estás en mí como las uñas que se aferran y crecen desde mi carne. Cada cierto tiempo las corto con indiferencia, pero si intentara arrancarlas el dolor sería insoportable. También la idea de que existas se pierde a veces en los laberintos de mi mente y luego, como las uñas en mis dedos, me impone de nuevo su presencia.

¿Debería llamarte amor? A fin de cuentas eres abstracta, sin peso alguno en mi realidad. No perteneces a lo sucesivo y, sin embargo, les das forma a mis sensaciones. Imagino tus pasos, el olor de tu cuerpo desnudo en la penumbra perfuma mi silencio. Me tiendo en el vacío y siento cómo este brusco sentimiento me invade. Tu voz vibra como un lejano diapasón en la noche invisible. Es como si estuvieras grabada en mis ensoñaciones y delirios, suspendida en una dimensión sin horas ni testigos.

Te pienso y te extraño, encuentro tu ser a medianoche y me fundo en ti. Mi carne se hunde lentamente en la tuya y no hay límite ni frontera. Mis palabras acarician las tuyas. Somos tú y yo un sortilegio que atraviesa la realidad. No importa tu nombre, sé de memoria el color de tus ojos. Mi vida no incide en tu vida. Tu vida es gris, tienes un nombre y un oficio, tienes un hombrecito y él tiene un nombre y un oficio. Tienen su previsible amor y el deseo que se ha ido destiñendo y ahora es más obligación que placer, más costumbre que ganas. Tienen sus cuentas pendientes, sus discusiones, sus crisis, sus listas, pedos y mentiras. En la cama, aburrida, intentas conciliar el sueño.

Tu perfecta vida es breve e insípida. Tiemblas al sentir que rozo tu cuello, que penetro tu ansiedad. Soy el sueño prohibido y sabes que jamás te diré una verdad. Mis manos aferran tu carne, tus piernas se abren, me adentro en tu cuerpo y tu mente, mis labios te queman, mi lengua se hunde en tu culo, de tu boca entreabierta escapan quejidos. Tu hombrecillo ronca como una estúpida, risueña y pesada nada.

A Marianne se la he zampado en los lugares más insospechados, la última vez en la mesa de una carnicería mientras su marido estaba en el baño cagando. Ella le ha contado que soy su hermanastro y su marido me trata como un pariente más y me regala uno que otro kilo de carne ignorando que tengo la mejor posta de su negocio. Adoro a Marianne, cuando le escribo siento que ella es una droga que me envenena la vida. Me la culeo una y otra vez y siempre la deseo más y más...

...El dolor, el miedo, la desesperación, todo eso que burbujea dentro y tiene una duración, un sonido ciego, una respuesta en la sangre, en la palabra hecha nudo. ¿Cómo es una desesperación que no es la tuya, un amor ajeno que se rompe, un susto terrible a medianoche? Siendo dos adultos, Marianne querida, nunca te dije la verdad, pero no puedo con eso.

Los adultos son fríos, tienen propósitos, hablan a cajeros automáticos y venden pollos congelados. Te prefiero aquí aunque te rías de mis pesadillas con monstruos. ¿Cómo hacerte saber de mí, cómo penetrar un cuerpo que no lleva a sitio alguno, cómo ser cómplice de un trozo de naufragio? Estoy fuera de ti para siempre, soy un testigo de tu reflejo, nadie pudo hasta ahora abrazar al sol. Un dedo no toca la punta de sí mismo. Te

hundo mi carne, Marianne, pero estás forrada de carne y es un pobre registro de vísceras lo nuestro. Tu cuerpo es mi enemigo, la pared que me separa de tu angustia. Digo sí, digo no, ¿qué más hago? Quizá llamar una ambulancia y pedirle al carnicero que me transplante a ti, colgar en tus entrañas como un órgano más, que tu sangre y tu mierda me nublen, que la electricidad de tu mente borre la mía, que tu secreto clamor llegue a mí, que se confunda todo.

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