Me sigue Mordzinski

"La fascinación ejercida por un ser humano sobre otro no reside en la personalidad que este emite en el instante del encuentro, sino en una recapitulación de todo su ser, de la que emana esa poderosa droga que captura la ilusión y el apego. No existe encanto personal que no tenga raíces en el pasado, que nazca de la tierra yerma, no existe momento de encantamiento como un accidente despreocupado por la belleza, sino como una suma de aflicciones crecimientos y esfuerzos. Con anterioridad a nuestro encuentro habíamos oído hablar uno del otro, empezábamos a tener como un pasado anterior a nuestro encuentro". Anaïs Nin. 

Estaba desnuda pero la bata blanca del hotel me servía para tomar el elevador abrigada.

Un colega me ayudaba con las 39 rosas rojas. En mi dedo un diamante que no merezco.

No había más.

Se abrió la habitación y encontré a Daniel listo y de negro.

Yo me quité la bata en el umbral. Desesperada. Como si me fueran a sacar sangre en un hospital, quería que fuera ya, ahora mismo el pinchazo que duele.

Un brinco y ya estaba en la cama, posando para él. Escuchaba a Keith Jarret. El concierto en Colonia, que interpretó el monstruo siendo yo una niña, el 24 de junio de 1975. Hablamos de ello. No pude más, pedí permiso para ir al baño y tiré el diamante por el inodoro.

¿Qué hace la mujer de un jazzista recibiendo diamantes de admiradores desconocidos?

Empezamos a hablar de jazz, Daniel es un experto. Le conté de mi marido mientras la cámara, el desnudo y mis ojos contradecían el tema. Le conté del piano en Cuba. Le conté de las contradanzas, los tambores, la fusión y los festivales a los que lo acompañaba de vez en cuando. Intercambiamos pianistas favoritos.

Parecía relajada hablando de mi matrimonio con el pianista, que además se parece un poco al fotógrafo, pero no. En realidad, ahí está el problema: en ese instante el matrimonio es entre el artista y la modelo.

En ese minuto yo:

Era Yoko Ono desbaratando el combo.

Era una esquimal dejando el hielo.

Todas menos yo.

Era una cubana pálida, escritora de versos incomprensibles fascinada por el ojo del fotógrafo.

Era una tramposa. Siempre dije que me gustaba posar… desnuda.

¿Por qué estaba temblando ahora?

El cuerpo no es el alma. ¿Por qué me aterra mostrarlo?

¿Es peor ser interrogada que fotografiada al desnudo?

Daniel me habló de sus fotos en habitaciones de hotel. Yo acepté encantada ser incluida en su colección.

Cuando él te invita, parecería que uno merece estar al lado de los grandes. Daniel te lo hace creer. Obturador, pausa, suspiro, obturador, ardor, suspiro. Obturador, mirada, suspiro. 1-2-3 yyyyyy 1-2-3 yyyyyyy 1-2-3. 

Lo miré danzar con su cámara vestido de negro y pensé. Esto no lo voy a olvidar nunca.

Él baila para mí y poso para él.

Han pasado los meses desde que aprendí a desdeñar diamantes y a posar para un gran artista. El ojo de Daniel me sigue a todas partes. Cuando estoy vestida, cuando estoy desnuda. Me sigue Mordzinski.

La fascinación, dijo Anaïs, ella que vivió en París posando para sus amigos.

La fascinación está en sus ojos.

LA ETERNIDAD DEL ESTILO

Daniel Mordzinski es "La cámara lúcida" de los escritores vivos y muertos que pasamos por sus ojos.

El espejo de actores y personajes que surgieron a su paso sin querer… queriendo.

La cámara futura de los que están al posar, centrados en su lente, sobre los próximos años.

Es el mapa visual de las ciudades y sus rutas de palabras.

Resaltando con plata y dolor, deseo voraz e ilusión melancólica todo lo que escondemos o guardamos. Daniel entra a tu vida y te ilumina a mano. Te regala: La Eternidad del estilo.

Uno se expone ante él, uno se desnuda ante él. Al final de este viaje, es él quien desenmascara y cierra el paraguas de tus miedos, para que el filtro de tu ánima oculta salte en un espasmo y se rebele.

Sin Daniel sería imposible el registro sensorial de proyectos enormes como Bogotá 39.

39 más 1 igual 40.

Eso pensamos al unísono los participantes e invitados al suceso. Sin su documenta se hace imposible traducir el espíritu general de los que integramos esa gran banda de jazz. Nuestras improvisaciones necesitaban un buen "Standars", clásico y ultra moderno: "Mordzinski Blues".

Nosotros estamos en sus manos, discutiendo un pequeño pase a la posteridad, viajando entre su dulzura y los raptos al Set de su cabeza color zanahoria.

Nacido 10 años antes que yo, en 1960, ha convertido su ruta de exilio en la cadena de sucesos de referencia visual más importante de nuestros días.

Si Daniel no existiera nadie sabría cómo es Borges en la oscuridad, Gabo sobre el pedestal, Cortázar recordando un dato perdido entre sus gafas, Elena Poniatovska cepillando bien sus dientes antes de hablar, Cercas ahogado en azul y todos nosotros, los nuevos, llegando al baile que él nos preparaba.

Lo conocí en Colombia en un hotel repleto de escritores, justo cuando mi destino preparaba dos extraños planes de fuga.

Una vez desnuda y tendida, nada me pudo salvar de su obturador.

Pudo ser en medio de otra guerra o en el más caro restaurante en Costa de Marfil.

Pero pasó en Bogotá 39 y eso decidió mi próxima batalla.

Daniel: Te espero en la eternidad.




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