Una sola vez le había dado culpa. Se retiraba, cuando lo vio llegar. De traje y transpirado, barba de días, agotado. Era una escena parodiándose a sí misma: el amante satisfecho, bañado en los jugos ajenos, que salía a disfrutar de las últimas luces del día; y el marido que llegaba de sus viajes de trabajo, deshecho, listo para recibir los reproches de la esposa infiel. Esa vez Jube no había disfrutado del remanso posterior. Llegó a su propia casa, a su propia esposa, con un peso amargo. Pero las semanas lo fueron deshaciendo.

Betiana acumulaba demasiadas ventajas: Jube había estado buscando esos pechos desde hacía al menos un lustro. No le reclamaba que se quedara un minuto más. Y el detalle que cerraba el trato, la oferta que Jube no podía rechazar: la casa como lugar de encuentro. Detestaba los hoteles por hora, el temor a ser visto entrando o saliendo.

En casa de Betiana tocaba el botón del portero eléctrico como un empleado del correo y luego los botones de los pechos, sin la menor ansiedad. Existía incluso una puerta de servicio, para la doméstica, por la que se retiraba Jube sin ser molestado. Aquel único avistamiento del marido fue porque había dejado el auto a dos cuadras y, al retomar para ir en busca de un café en el centro, pasó por la puerta principal.

Santiago, el marido de Betiana, era químico. Trabajaba con laboratorios y tiendas de cosméticos y de limpieza, del interior del país. Fabricaba o mezclaba sustancias en su propio laboratorio de Capital, y luego distribuía las fórmulas a pequeñas empresas del interior. A veces olvidaba algún frasco en su casa. Era muy despistado. En una ocasión, Betiana, precisamente esperando a Jube, como su hija le había acabado el champú, utilizó un frasco con la etiqueta de champú, olvidado por Santiago.

Cuando Jube llegó, Betiana lo recibió con una sonrisa especial.

—Mirá esto —le dijo.

Se abrió la camisa blanca y, sin quitársela, retiró el corpiño negro. Sus dos espesos pechos se desparramaron entre la tela y los botones.

—Lo descubrí de casualidad —dijo Betiana— Bañándome.

Tomó una gota del champú en el dedo pulgar, y se la pasó suavemente por el pezón derecho. El pezón se erizó de inmediato. Enrojeció como una brasa. Parecía a punto de explotar.

—No sé qué es esto —agregó jadeando Betiana, mojando otra vez el pulgar y aplicándolo al pezón izquierdo—. Pero es maravilloso, como si alguien me estuviera chupando los pezones sin parar… Y no como vos, que mordés. Sino suavecito, como a mí me gusta… mirá cómo se me ponen.

Los jadeos aumentaban.

—Y pensar que lo descubrí de casualidad, como la penicilina… Porque el imbécil éste se lo olvidó…

No era la primera vez que Betiana insultaba al marido. En los primeros encuentros, a Jube lo había violentado ese desprecio contra el hombre de la casa. Pero del mismo modo que la culpa se había dispersado entre las semanas, también esta violencia inicial remitió, e incluso se revirtió. A los dos meses de cruzarse, Jube había descubierto que Betiana entraba en coma sexual cuando era él mismo quien insultaba a Santiago. Y terminó injuriándolo, repitiendo barbaridades, mientras la sometía.

El champú que erizaba los pezones había sido providencial para Jube: le gustaba que ella se excitara sola, sin tener que esforzarse. Pero duró poco: una tarde Santiago descubrió el frasco por la mitad, y le prohibió a Betiana seguir utilizando ese champú que todavía no estaba testeado. De hecho, podía ser peligroso para el pelo. ¿Lo había usado la hija? Betiana respondió que no. Santiago le pidió que evitara las sustancias sin testear, cualquier frasco que se olvidara en casa. La química no era un juego.

Aunque la hija vivía más en lo de amigos y amigas que en su propia casa, no podían arriesgarse a que, siguiendo los hábitos de la madre, un día quedara calva o se le escaldara la piel por utilizar una sustancia olvidada. Una cosa era ser un despistado, y Santiago lo reconocía, y otra ser un descuidado, y eso no lo admitía. Con sus cuerpos podían hacer lo que quisieran, siguió Santiago, y a Betiana le pareció encontrar un asomo de ironía en su alocución, pero debían seguir cuidando a Jimena, la hija, como si fuera una niña. Porque era peor que una niña: una mujer de 16 años. Betiana no tuvo más remedio que arrojar el champú a la basura, delante de Santiago.

Jube se decía que la biblioteca de Santiago era lo único que no había profanado de aquella casa. Porque hasta Jimena, de algún modo, había sido ensuciada por su lujuria y estulticia: un mediodía, mientras Betiana se bañaba para entregarse, temeroso de no poder rendir —por haber satisfecho a la esposa la noche anterior—, Jube utilizó una foto de Jimena en traje de tenis para estimularse. Después, le guiñó un ojo a la imagen de la muchacha, mientras Betiana, de espaldas a él, hundía la cabeza entre los almohadones del sofá hasta jugar con la asfixia.

La biblioteca, es cierto, no ofrecía mayores tentaciones para Jube. Era una biblioteca de química. Química cosmética, química médica, química de guerra, química gastronómica, química en la enseñanza secundaria. Jube la miraba, no padecía el deseo de ninguno de esos libros, y se decía: ese es su lugar; no lo pienso tocar. La biblioteca era de Santiago, la prueba de que continuaba siendo el dueño de casa.

Pero un día apareció allí un libro de Robert Louis Stevenson: El dinamitero. Jube lo descubrió al pasar la vista, como siempre después de saciarse.

—¿Y ese libro? preguntó, señalándolo.

Betiana se paró para mirarlo. Debajo de la remera corta, su culo gobernaba el living. Pero para Jube, Betiana era sus pechos. Los había encontrado en ella como pudo haberlos encontrado en cualquier otra. Afortunadamente, estaban en una mujer que se le entregaba.

—Me dijo Santiago que se lo olvidó Paco —explicó Betiana. Y agregó—: Vino antes del viaje a China.

Jube no pudo evitar una media sonrisa. Gracias a su amigo Paco, contratista de Santiago, había conocido a Betiana. Una tarde de verano, hacía ya más de seis meses, Paco llevaba en auto a Jube, y pasó por lo de Betiana a dejar un cheque para Santiago. Betiana y Jube intercambiaron miradas. Esos pechos lo habían vuelto loco. Caminó la cuadra durante semanas, no descansó hasta que la encontró en la verdulería. Ella colaboró desde el primer instante. Paco nunca se enteró. Pero ese libro… era para él, para Jube. A fines de los ochenta, lo había visto en una librería de viejo y no lo había comprado. No volvió a encontrarlo, y alguna vez le había comentado a Paco acerca de esa oportunidad perdida.

Indudablemente, Paco había topado con el libro, lo había comprado para regalárselo, y lo había olvidado en casa de Santiago. Durante un instante, lo azotó el ramalazo de los celos: ¿y si en realidad Paco también se beneficiaba de Betiana? Pero descartó de inmediato la sospecha, y fue reemplazada en su corazón por la codicia del libro ajeno, que sentía suyo.

—¿Te parece que me lo puedo llevar prestado?

—Me parece que te lo podés llevar a secas —dijo Betiana—, Santiago ya ni se debe acordar que lo tiene ahí.

—¿Y si Paco lo reclama?

Pero Paco no regresaría hasta dentro de dos meses.

—Ni siquiera sabe que se lo olvidó acá —lo convenció Betiana—. No creo que su primer pensamiento, al regresar de China, sea buscar un libro viejo.

"Un libro ajeno", pensó Jube. Por primera y única vez, desde que había entrado a ese santuario, donde el sexo era libre y despreocupado, mancilló la sagrada biblioteca de Santiago. Se llevó el libro. Como estaba envuelto en celofán, ni siquiera lo abrió. Solo leyó, pegado en el celofán de la contratapa, que provenía de una librería de usados de la provincia de Tucumán.

***

El explosivo había sido rigurosamente diseñado. Aún si hubiera abierto el libro delante de Betiana, o de su propia esposa, solamente él hubiera salido herido. La voladura del meñique fue un efecto colateral. Santiago lo habría evitado, de haber podido. Pero las quemaduras irremediables de ambas manos, de cada célula sensorial de cada dedo de Jube, fue prolijamente programada. Esos pechos no eran para cualquiera. No estaba dado su goce para manos descuidadas. Como los libros remotos, que solo se encuentran sin buscarlos, en las librerías del interior, cuando se viaja sin ton ni son; los pechos de Betiana tenían cerrado el paso para quienes no se conformaban con lo que la suerte les otorgaba, y codiciaban los bienes ajenos.

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