Les presento a Marisabel Gutiérrez

El actor Jorge Enrique Abello nos presentó a su espectacular esposa, una barranquillera que si usted no conocía, con estas fotos no podrá olvidarla jamás. Además, en este texto nos contó cómo es su relación.


Créame, abrir los ojos en la mañana y encontrarme con Marisabel, siempre, siempre, es un enorme acto de fe. Por lo general pienso que estoy soñando y después de varias cachetadas —a mí mismo, obviamente—, no me queda más que sentirme un hombre inmensamente afortunado. Ella, sin duda alguna, es un ángel. Aún recuerdo que la primera vez que la vi, el primer pensamiento que me vino a la cabeza fue: ¿Qué tiene que hacer uno en la vida para merecer una mujer así?

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Varios meses después de seguir reglas, acuerdos, pactos de confianza, conocimiento y reconocimiento, lo entendí: para estar con ella debía hacer lo que pocas veces en la vida había hecho, darme el tiempo de conocer a alguien antes de entablar una relación amorosa. La verdad me sentó regio, era lo que necesitaba en la vida.

Bel, como todo el mundo la conoce, es una “jazzera” empedernida. Además, ama la música country, y eso para mí, que solo creo en cuentos de vaqueros, es perfecto. Durante ese tiempo que nos fuimos conociendo, descubrí no solo su impecable gramática en inglés, sino su italiano brincadito. Volví prácticamente a mi esencia, que se había ido diluyendo en el pragmatismo de la soltería. Comenzamos a leer juntos, devoramos hojas y hojas de Tolstói, el libro de los sueños del queridísimo Jacobo Siruela, y recorrimos los parajes de lo desconocido de este mundo y de los otros (nada que más le guste). Aceptó que yo no bailara bien, que tuviera ritmo de cachaco (déjà vu); aceptó mi cuerpo de boxeador retirado; no hubo negociación alguna con mis canas, le matan, piensa que son como las de Richard Gere —les ruego el favor no la saquemos del engaño.

Para estar con Bel —que además es arquitecta—, tuve que darme cuenta en ese tiempo, mientras nos conocíamos, de que la única posibilidad que tenía era ser mi mejor versión. Y así, en medio de los avatares que trae la vida, es lo que he intentado hasta ahora. No me perdonaría no haberlo hecho durante los cuatro años que hemos estado juntos; pocas veces te encuentras con alguien que escoge la sonrisa “como el arma más victoriosa”.

Creo que no tengo otra manera de presentar a mi esposa. Es alguien que ha logrado que un pirata como yo sea un mejor hombre a su lado. Eso habla de su corazón, de su inteligencia, de su capacidad de resiliencia, de su cultura y de ese enorme talento que tienen las mujeres de la costa para hacer que el rito de la vida sea un camino feliz.

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