-¿Y si no son como te los imaginas? -me dijo con una sonrisa traviesa.
Sus palabras, pero sobre todo el tono en que las pronunció, me pusieron en guardia. Si no eran rosados, ni puntiagudos, ni circundados por una franja rojiza, ¿cómo serían entonces los pezones de Lucía? De pronto me asaltó el temor de que bajo la fachada atractiva de la secretaria del doctor Posada se escondiera algún secreto monstruoso, alguna aberración digna de una novela de Stephen King. Ahora que lo pensaba, resultaba muy extraño, al menos en la pacata Bogotá, que una mujer con cierta formación profesional y sin aparentes apremios económicos accediera con tanta facilidad a los requerimientos de un hombre como lo había hecho ella conmigo. Sobre todo conmigo, que estaba muy lejos del prototipo varonil que provoca pasiones a primera vista. Algo no cuadraba. Miré con disimulo hacia sus pechos, intentando descubrir señales de cualquier anomalía bajo el uniforme blanco que llevaba ceñido a la cintura con un cinturón del mismo color, y me encontré con dos bultitos juguetones que subían y bajaban en sincronía con el ritmo respiratorio. Bajé la vista hasta su entrepierna en busca de alguna prominencia reveladora y no detecté otra cosa que los pliegues naturales de una falda sobre el regazo de una mujer. Observé de nuevo su rostro: esas facciones suaves, esos pómulos de fina angulosidad y esos labios jugosos solo podían pertenecer a una hembra de carta cabal.
-¿Qué tanto me miras? -me dijo entre risas, un tanto sorprendida por mi conducta.
-Nada, curioseando no más -le respondí.
-¿Tienes música? -dijo-. Pongamos algo de música.
Accioné el reproductor de discos sin saber qué sorpresa guardaba y comenzó a sonar No woman no cry, de Bob Marley.
-Qué delicia -murmuró haciendo unos movimientos cadenciosos con el cuerpo. Sin dejar de menear el torso, se quitó las gafas y las guardó en el bolso que había dejado sobre el salpicadero. Sus ojos verdes chisporroteaban con un brillo intenso que se me antojó una manifestación de lujuria, pero opté por no sacar conclusiones precipitadas. Se llevó a continuación las manos a la parte posterior de la cabeza, y el discreto moño en que recogía su pelo se le desbarató sobre los hombros convertido en una melena azabache. Miró al exterior a través de la ventanilla. Seguíamos estacionados frente al consultorio del doctor Posada, en el interior de la narcotoyota de vidrios polarizados que me había prestado mi amigo Alonso Sánchez. Dos niños harapientos observaban embelesados el imponente vehículo negro. Por la acera iba y venía el gentío en incesante trajín.
-¿Estás seguro de que nadie nos puede ver desde afuera? -volvió a preguntarme.
-Seguro -dije.
Se acomodó entonces contra el respaldar de su asiento, tomó con delicadeza mis manos y las posó sobre sus pechos. Sentí que un ligero temblor estremecía su cuerpo. La acaricié de un modo algo maquinal, reconcomido aún por las dudas acerca de la naturaleza física de mi acompañante. Ella dejó caer los párpados, entreabrió la boca y empezó a respirar con una ligera agitación. Permanecimos así un rato, yo sobándola, ella resollando, hasta que abrió de nuevo los ojos y, con la mirada vidriosa, guió mis manos hasta el botón superior de su uniforme. Ya no sonreía. Un rubor tenue le había invadido las mejillas. Sus fosas nasales se ensanchaban y contraían en latidos apenas perceptibles. Yo ya conocía esos síntomas. Eran los mismos que aparecían en el rostro de Verónica cada vez que quería "mandanga", como llamaba mi ex mujer con deliciosa vulgaridad a ese momento supremo de la especie animal en que ya no caben disquisiciones inoficiosas sobre las diferencias entre erotismo y pornografía.
Yo estaba atolondrado por el curso de los acontecimientos. Unos acontecimientos que yo mismo me había buscado por escuchar a Bombardero, ese pretencioso pedacito de carne que la noche anterior me había amenazado con abandonar las canchas del amor si no me acostaba hoy con Lucía. Yo había cumplido mi parte del compromiso al arreglar la cita con la secretaria del doctor Posada. Ahora solo faltaba que Bombardero cumpliera la suya. Pero el muy traidor no daba señales de querer entrar en acción, quizá, y sea dicho en su beneficio, porque había percibido mis vacilaciones y temores.
Con mucha dificultad conseguí sacar el botón del ojal. Ella había vuelto a cerrar los ojos y temblaba como una adolescente en su primer beso. La desabotoné lentamente hasta la cintura y entreabrí su vestido con la curiosidad nerviosa de quien descorre el telón de un teatro de misterio. A la vista quedó un sujetador negro, de fino encaje, que aprisionaba con su tela vaporosa dos protuberancias carnosas. Como si pelara una fruta, despojé a la secretaria del doctor Posada de la parte superior del uniforme y le retiré seguidamente el sujetador, que llevaba abrochado en la espalda.
-Dios mío -exclamé atónito al contemplar el torso desnudo.
-No eran como te los imaginabas, ¿verdad? -me dijo.
En mi vida no había visto algo así. Con la actitud reverencial de quien toca un objeto sagrado, cubrí sus mamas redondas y firmes con la copa de mis manos. El contacto con esas turgencias lechosas desató en mi interior un terremoto glandular. Sentí, como en los viejos tiempos, que toda la sangre se me concentraba en unos cuantos centímetros de mi anatomía. En cuestión de segundos, aquel adminículo que yo daba ya por jubilado se pegó un estirón hasta convertirse en un cilindro duro, no del tamaño de un tubérculo, para qué mentir, pero sí con la estatura suficiente como para emprender con dignidad la aventura que lo aguardaba en el otro lado de la caja de cambios. Lucía había vuelto a cerrar los ojos, entregada a sus temblores y jadeos. Abandonado a la concupiscencia, me incliné sobre la secretaria del doctor Posada con la intención de paladear la carne que ya habían catado mis manos, cuando sonaron unos golpecillos en el cristal de mi puerta. Lucía dio un respingo, se arregló instintivamente el pelo y se abotonó a toda prisa el vestido. Entreabrí la ventanilla y me encontré con la parte superior del rostro de un policía.
-Documentación -dijo.
Le alargué mi tarjeta de identidad y los papeles del vehículo por el resquicio de la ventanilla. Los revisó detenidamente.
-Se me baja para una requisa, por favor -dijo.
No tuve más remedio que obedecer. El agente escudriñó por la puerta abierta el interior del vehículo y se fijó en Lucía, que miraba hacia delante, quieta como una esfinge, en tenso silencio. Tenía las mejillas encendidas y el pecho convulsionado. Yo estaba a punto de estallar por la calentura. Mantenía las manos cruzadas sobre el pantalón en un esfuerzo desesperado por ocultar el abultamiento que me presionaba la cremallera. El policía me dirigió una sonrisa cómplice y me devolvió sin más preguntas los documentos.
-Circule, que esta es zona residencial -fue lo último que me dijo.
Una vez en el interior de la narcotoyota, crucé la mirada con Lucía y prorrumpimos en una carcajada.
-Vamos a mi apartamento -dije.
Mi organismo se hallaba en estado de ebullición. La interrupción del policía no había conseguido relajar a 'el Bombardero', que a juzgar por su entereza no estaba dispuesto a regresar a su encogimiento habitual antes de darse un buen paseo por los humedales de Lucía.
-¿Dónde vives? -me dijo la secretaria del doctor Posada. La sofocación le enrojecía la cara. Sus ojos echaban fuego.
-En La Candelaria -respondí.
-Hasta que lleguemos nos enfriamos -dijo. Propuso que fuésemos a su casa, situada en una urbanización más próxima-. Quiero que me demuestres hoy mismo que es verdad lo de los cuatro seguidos.
-¿Los cuatro seguidos? -la miré desconcertado.
-Lo leí en la ficha médica que te abrió el doctor Posada -dijo-. Ahí pone que tú se lo dijiste. Y te confieso que es por eso que acepté tu invitación. Siempre he querido saber cómo es más de uno por trimestre, que es la única ración que conozco. Espero que no me salgas ahora con que te lo inventaste todo.
Caí entonces en la cuenta de lo que me hablaba.
-Hasta cinco fueron en una ocasión -alardeé.
Encendí el vehículo y pisé el acelerador con una seguridad en mí mismo que creía haber perdido para siempre tras la marcha de Verónica. Volvía a confiar en mí. Volvía a confiar en 'el Bombardero'. Trabajando juntos y coordinados nos cubriríamos de gloria en los años de actividad que nos quedaran. Lucía no cesaba de frotarse las piernas una contra otra. La ansiedad apenas le permitía hablar. Al detenernos en un semáforo divisamos dos perros callejeros en plena cópula. El macho se apoyaba con las dos patas delanteras sobre el lomo de la hembra y la penetraba con embestidas rápidas, y la hembra recibía estática los impactos con la boca abierta y la lengua suspendida entre las fauces. Mientras observaba la escena, Lucía me bajó la cremallera del pantalón e introdujo la mano.
-Oh -musitó.
En la puerta de su apartamento no pude contenerme más. Le subí la falda por atrás y le agarré las nalgas bajo las bragas.
-Espera -me dijo.
Abrió con una cautela que me llamó la atención y, tras echar un vistazo al interior de la vivienda, me invitó a pasar. Por toda la sala había regadas piezas de plástico de colores. Sobre la mesa del comedor había un pequeño robot plateado.
-Camilo no tiene arreglo -dijo Lucía-. Lo deja todo tirado.
-¿Camilo? -dije.
-Mi hijo. Se ha ido hoy a pasar unos días donde su abuela.
-Así que eres divorciada -deduje.
-Casada -corrigió con una sonrisa maliciosa.
-¿Casada? -exclamé-. ¿Y cómo es que me traes a tu casa? ¿Qué quieres? ¿Qué me metan un tiro? ¿Dónde está tu marido?
-Tranquilo, que mi marido no va a llegar antes de la medianoche. Tiene un encuentro con una gente de un laboratorio japonés que se ha interesado por su medicamento contra una enfermedad llamada tusa. En eso se la pasa, tratando de curar la tusa ajena.
-No me digas que.. -comencé a decir.
No me dejó proseguir. Me condujo de la mano a su dormitorio, entró en el baño y unos instantes después reapareció en ropa interior, agitando su cabellera como una leona que apresta a descuartizar un cordero.
-A ver si es verdad lo de los cuatro seguidos -dijo tumbándose en la cama.
Mi fiel Bombardero, que había comenzado a reblandecerse por los últimos sobresaltos, recuperó su estructura de cilindro sanguinolento. Después de trece meses de inactividad se enfrentaba de golpe a la difícil prueba de actuar cuatro veces seguidas en una misma función. Y a juzgar por su templanza, parecía dispuesto a realizar la proeza.
La situación no dejaba de ser curiosa. En sentido estricto, el doctor Posada me había curado. Pero no con sus gotas inútiles, que ahora trataba de vender a un laboratorio japonés, sino con su esposa casi intacta, casi virgen, que apoyada sobre manos y rodillas me decía implorante desde la cama:
-Quiero ser como una perra.

noveno capítulo germán bula
El protagonista de la novela acuerda con su pene, al que encuentra un parecido asombroso con Valenciano, que deberá acostarse con la enfermera del doctor Posada. De no hacerlo, 'el Bombardero' se retirará de las canchas.

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