Sabía que mi poca ambición me llevaría lejos algún día. Probablemente nunca termine de entender por qué soy una privilegiada por estar en el Camp Nou viendo un Barça-Sevilla al ras del campo. Solo sé que este lugar es para muchos un templo, que un partido del Barcelona es una experiencia religiosa y que yo era atea hasta que pisé esta hierba. No es solo que mi marido se ha quedado desconsolado en casa mientras yo he venido al estadio. He descubierto que estar tan cerca a un arco te hace sentir un poco triunfador aunque no lo seas en absoluto. Estar en el césped de un estadio lleno de gente eufórica que canta himnos mientras llueven pelotas y en el cielo estallan fuegos artificiales y pareciera que la gloria está al alcance de la mano o del pie de cualquiera, puede ser además contagioso. En suma, puede que te sientas feliz en este microclima que genera el Fútbol Club Barcelona, tan parecido a la propia ciudad que lo aloja: un lugar construido por nativos burgueses, nacionalistas y satisfechos que de pronto se ha llenado de negros o, más precisamente, de jugadores que "corren como negros para vivir como blancos", según la frase lanzada un día a quemarropa por Samuel Eto'o. Un equipo "pijo" —adinerado— pero progre, que sigue considerándose "del pueblo", aunque el precio de una camiseta oficial sea igual al salario mínimo de un trabajador en algunos países latinoamericanos. "Mès que un club", como dice el lema en catalán.

El vulgo alterna y a veces se solapa tras el lujo. Solo para empezar, el rey, o sea su majestad Ronaldinho, no ha aparecido por aquí. Lleva una racha nefasta, un programa de chismes lo filmó emborrachándose y bailando pegado. Los hinchas llamaban al club para contar que lo habían visto cerrando locales. En esta era postRonaldinho el Barça se ha humanizado. Eto'o, además, apenas se recupera de una lesión. Así que hoy juegan los otros, la plebe, la cantera, los pequeños, los Giovanni Do Santos y Bojan Krkic, que han salido al campo como salen los niños al recreo. Y si este es un partido con suplentes, por qué este no podría ser un reportaje sobre un utilero.

El FCB es un búnker y los jugadores inaccesibles. Y sí, si estoy en la cancha es gracias a un utilero. Conclusión: Tengo el caviar delante pero me toca comerme un hot dog. Aunque el príncipe heredero Lionel Messi no para de dar vueltas a pocos metros de mí, todo mi interés está centrado en un sujeto de apariencia pasiva y apática que está sentado justo detrás de Rijkaard. Un hombre de unos 60 años, buzo azul y canoso integral. Su nombre es José María Corbella y lo he saludado antes del pitazo inicial. Totalmente despistada, le he pedido que me deje sentar a su lado durante el partido, todavía sin ser consciente de que era como pedirle a la muchacha del servicio que nos echáramos a ver la tele en la cama de su patrona, con la patrona al lado. Me ha dicho que lo llame mañana para coordinar una entrevista. El día de hoy mi trabajo de reportera se reducirá a observarlo en acción, pero de lejos. Lo malo es que ya llevamos 30 minutos de partido y no se ha movido. En mi libreta he escrito: "Masca chicle, piensa, aplaude de vez en cuando y de vez en cuando fuma".

Ya en el segundo tiempo empieza a preocuparme la inacción del utilero del Barça. ¿Por esto le pagan? ¿Será que trabajar como utilero para uno de los mejores equipos del mundo conlleva ciertos privilegios, por ejemplo estar de vago durante todo el encuentro? Mirarlo es como ver un partido sin goles y, por cierto, hasta el momento el Sevilla y el Barça empatan a cero.

Por fin, Corbella le ha alcanzado una botella de agua a Iniesta y he respirado aliviada. Giovanni, que ha estado calentando al filo del campo se acerca a mi utilero y lo veo, por fin, cumpliendo otra de sus funciones: le ayuda a quitarse la chaqueta al joven mexicano. El chaval entra por Xavi Hernández, que sale ovacionado.

El partido se reanuda después del cambio. Mientras observo atentamente cómo le alcanza una muda a Xavi escucho "goooooooool": Messi acaba de meter lo que debe haber sido un golazo, a juzgar por el modo en que el estadio vibra y corea: "Meeessi, Meeeessi, Meeeessi". Poco después Messi sale. La gente lo aplaude de pie. Salvó el partido. Se sienta al lado de Corbella con la camiseta sudada y Corbella no le ofrece ni agua. Final del partido.

«.»
 
Al día siguiente acudo de nuevo al Camp Nou, a primera hora de la mañana, esta vez con la intención expresa de hablar con el utilero. Los jugadores pelotean en pequeños círculos en la zona de entrenamiento que está fuera del estadio aunque dentro de la miniestadi del Barça. Detrás del enrejado los fans se amontonan con papel y lápiz. Me encuentro con Corbella que se ve relajado luego del triunfo.

—Ayer lo estuve mirando durante todo el partido. Yo imaginaba que estaría dando todo el rato agua a los jugadores pero parece que no tienen mucha sed y, menos mal, porque así usted no tiene tanto trabajo...

—Jajajaja. Lo que pasa es que mi trabajo más importante no es durante el partido sino antes y después. La faena en el partido es de los jugadores y los técnicos que están valorando. Nosotros simplemente vigilamos que tengan todo en orden.

En realidad, en el Barça, el utilero no es un aguatero, aunque a veces alcance botellines de agua. Además de que suena mejor y tiene más caché, Corbella es en sentido estricto el utilero del equipo, el encargado del material del club, el responsable de revisar si a los botines de los cracks no les falta un taco y de cambiarles la camiseta sudada por una limpia. El imprescindible hombre que sabe a qué huele la axila de Ronaldinho, el pie de Eto'o y la melena de Márquez. Y es además el custodio del imponente vestuario de 700 metros de comodidad y pompa, con gimnasio, cuatro piscinas, neveras llenas de comida y bebida, cine propio con butacas, jacuzzi y spa de masajes que se esconde en las entrañas del Camp Nou y en el que las estrellas del balompié se relajan gracias a los más mimosos cuidados después de cada jornada.

Porque Corbella no es solo el utilero de un equipo, lo es de uno de los mejores y más poderosos del mundo. La opulencia del FCB es casi ofensiva. Ni siquiera cuando pierde, pierde dinero. Si Joan Gamper, el contador suizo que fundó el Barça, hubiera sabido todo el dinero que iba a recaudar el club que presidiera durante años, tal vez no se habría suicidado asfixiado por las deudas y el desamor. Entre el 2007 y lo que va del 2008, el FCB ha obtenido 9,4 millones de euros de beneficio, de unos ingresos de 153 millones. Solo con lo que factura anualmente el Barça por la venta de camisetas podría construirse un estadio en cualquier ciudad latinoamericana. Imagínense lo que podría hacerse con los 300 millones de euros que va a costar remodelar el Camp Nou y decorarlos con motivos a lo Gaudí bajo la batuta del arquitecto Sir Norman Foster. Los ingresos por las visitas turísticas al estadio, la venta de entradas, el merchandising, las cuotas de los más de 150.000 socios (son el segundo club más grande del mundo después del Benfica) y los derechos de retransmisión de partidos (solo por la del Barça-Madrid percibieron 2 millones de euros), aseguran al Barça una de las más notables plantillas y fichajes determinantes. Los últimos: Thierry Henry: 24 millones de euros. Yayá Touré: 9 millones, Eric Abidal: 15 millones y Gabi Milito: 17 millones.

Corbella es el jefe de un equipo de cuatro utileros. Los días en que hay partido, dejan los uniformes, las botas y los balones listos para usar. En los vestuarios son los ayudantes de los muchachos. Llegan dos horas antes que los jugadores para montarlo todo y se van dos horas después. Los días de entrenamiento como hoy se turnan para estar en el campo y en los vestuarios, donde los que ayer jugaron se encuentran recibiendo tratamiento de "recuperación por agua".

En ese momento le pido otra vez algo imposible: que me lleve a conocer los vestuarios.

—Nadie puede entrar ahí. Lo siento.

—¿Hay algo que no podamos ver? ¿Un secreto horrible?

—No, no. Son las reglas. Los tienen muy acosados...

Corbella es también el guardián de la intimidad de unos tipos perseguidos por los medios y la afición. Los vestuarios son ese último reducto de paz. Decidimos entrar al Camp Nou. Bueno, a lo que queda de él. Tras el partido de ayer, el estadio es un espectáculo dantesco. Parece que un tornado se ha tragado un pueblo entero y ha escupido los huesos. Papeles, cáscaras de pipas, vasos de cartón, periódicos, trozos de pan y bolsas de plástico cubren por completo las graderías. No hace falta ser un comentarista de fútbol para encontrar correspondencias entre la fantasía de la noche de ayer y el caos imperante a la luz del día, y la fantasía del nuevo "dream team" y la realidad de un equipo de estrellas que no funciona como equipo, que solo pierde, empata o gana arañando.

Corbella se ofrece a sacar de los vestuarios algunas camisetas y zapatillas para hacer las fotos. En el camino nos cruzamos con Márquez que ha dado por terminado su entrenamiento y se dirige a los vestuarios.

—¡Hombre, Rafita! —le dice entusiasta Corbella

—Hola, Chema —dice fríamente el mexicano y nos deja atrás raudamente ondeando su media coleta. Tenía mis serias dudas pero el antipático de Márquez sí que es guapo en persona.

—¿También está entre tus funciones conseguir los listones para el pelo a Márquez?

—No es responsabilidad nuestra, pero si precisa una cinta intentamos proporcionársela. Y la sacamos de cualquier sitio. ¡Ey, Xavi!

Pasa también el jugador catalán, quien le da unas palmaditas en la espalda a Corbella. Este chico parece más afectuoso.

—Es más amigo de Xavi que de Márquez, ¿no?

—Amigo procuro ser de todos porque es mi trabajo, pero siempre tienes afinidad con algunos que conectas mejor: Valdez, Xavi, Puyol y Ronaldinho. También con el tiempo he aprendido a no encariñarme. Porque también sabes que por cosas del fútbol un día se van a ir…

El aguatero sin agua entra en el "planeta del relax", como le llaman los periodistas a los vestuarios del Barça y sale en pocos minutos llevando en brazos, como a un preciado bebé, algunas camisetas y zapatillas que podría vender por más que unos cuantos euros. Su obligado fetichismo me deja perpleja.

—¿De quién son estas botas?

—Cada zapatilla lleva el nombre del jugador. Estas, como ves, son de Iniesta.

—¿Y usan un par nuevo cada partido?

—No. Las camisetas sí son todas siempre nuevas y para cada partido. Ellos se la quedan para algún familiar o amigo o la intercambian con algún jugador del contrario. Pero las botas no, nosotros solo les cambiamos los tacos si se les rompen, por ejemplo.

En un descuido de Corbella cojo las botas del centrocampista Andrés Iniesta con falsa reverencia, acaricio el cuero y el aluminio, con mucho pudor las huelo. Huelen a queso. En el 2007 fue elegido el jugador español más determinante del año por una importante revista deportiva. Por un instante intento ponerme en el lugar de José María, alguien que cuida y atesora este tipo de objetos solo porque pertenecen a los ídolos de millones de personas. Desde un calcetín hasta el Balón de Bronce del 2006 que un enfurecido Ronaldinho puso simbólicamente en manos de Corbella antes de irse abrazado al utilero hacia los vestuarios, como diciendo: esta copa no vale nada para mí.

«.»

En el campo, un grupo de turistas hace cola para fotografiarse junto a las réplicas de cartón de sus jugadores favoritos. En un segundo creo ver otro símbolo preclaro del momento presente del Barcelona: la gente se fotografía entusiasta con Messi y Thierry Henry mientras que las réplicas de Ronaldinho y Eto'o yacen tumbadas sobre el pasto, arrinconadas cual viejas figuras de utilería de un teatro vacío, están literalmente fuera del campo, expulsados de un partido llamado popularidad. El chico mexicano encargado de las estatuas me dice que la gente solo quiere fotos con Messi y algunos franceses con Henry y Rijkaard. José María tiene razón: no hay que encariñarse. Algún día se irán.

—Usted debe conocer todas sus intimidades... —le digo cuando nos sentamos en el banquillo a conversar.

—Nosotros conocemos mucho al jugador interiormente —la humildad del utilero del Barça no le permite hablar en singular—. Todo lo que pasa ahí dentro queda entre ellos y nosotros. A veces están enfadados porque no van bien las cosas y uno debe intentar animarlos.

—Pero vamos, aunque no me diga nombres, dígame cómo son. Deben ser unos seres estresados y caprichosos...

—Hay algunos muy alegres y otros que un día se han levantado con el otro pie y te lo tiran todo.

La trayectoria de un utilero del Barça: empezó en el FCB en 1982. Su padre, un campesino de un pueblito de Lleida, en la Cataluña profunda, trabajaba cuidando la hierba del Camp Nou. Un día convenció a su hijo para que dejara su empleo como representante de una marca de productos cosméticos y se lo llevó a trabajar con él y a formar parte de la gran familia Barça. Tres años después se convirtió en utilero, aunque, según dice, jamás imaginó que estaría en el vestuario "con jugadores tan grandes y con el mejor equipo del mundo".

Su padre se jubiló en el Barcelona y él probablemente también lo hará. A sus 55 años, ha permanecido junto al Barça un total de 25 temporadas. En las Champions, que ganaron en París y en Wembley. Y en la horrible derrota de Sevilla. Corbella es un empleado más del Club. Cumple un horario laboral. Trabaja cada día que los jugadores entrenan o juegan y va allí donde va el equipo. Así, un hombre dedicado al servicio es también un viajero que ha recorrido el mundo entero, de estadio en estadio. Si los jugadores entrenan dos horas, José María trabaja cinco. Hay días de doble jornada y otros de fiesta. El utilero del Barça gana entre 2.500 y 3.000 euros al mes, en 15 pagas con beneficios, el mismo sueldo que, por ejemplo, el director de arte de una revista que tiene además un doctorado en diseño por la Universidad de Nueva York.

—Bueno, no está mal —le digo—. No es el sueldo de un jugador pero...

—Nosotros no ganamos los millones que gana Ronaldinho. Somos unos trabajadores más, las figuras son ellos. Ellos son los millonarios.

En efecto lo son. Y mucho. Ronaldinho gana en publicidad tres veces más de lo que gana como jugador del FCB y su contrato con Nike se extiende hasta el año 2016, es decir, probablemente hasta su retiro. Pero no es la única multinacional que lo ampara: Pepsi, Gatorade, Siemens, Chips Lays, Danone, Rexona, Sony Ericsson, Hyundai y Texaco, son algunas más que viven de su imagen. En la lista de los más deseados por las marcas sigue Thierry Henry, quien se embolsó 7,2 millones de euros solo por su contrato con Reebok. Leo Messi, en tanto, es la cara de Adidas hasta el 2013 y Samuel Eto'o la de Puma, con contratos igual de millonarios.

Esta holgura les permite ser buenos con el hombre que les cuida la ropa. De vez en cuando Corbella recibe de los jugadores unas propinas que ya quisiera como sueldo un entrenador colombiano.

—Siempre hay jugadores agradecidos que te dan un dinero extra porque les hace ilusión darlo. Generosos hay varios, el número uno: Ronaldinho.

—¿Es verdad que usted es el mejor amigo de Eto'o? , le digo recordando aquella lapidaria respuesta del camerunés a la interrogante de un periodista acerca de con quién se llevaba mejor en los vestuarios, en tiempos en que se había peleado con media plantilla. Eto'o dijo irónicamente: "Con el utilero".

—No me gusta personalizar, procuro ser amigo de todos.

Corbella no la pilla o más bien prefiere ignorar la polémica.

—¿Y a Maradona lo conoció?

—Cuando entré ya estaba Maradona y era un buen chico y un gran jugador. La gente que estaba a su lado lo perjudicó por ser demasiado bueno.

—Hablando de argentinos, vi el otro día que cuando salió Messi del campo no le cambió de camiseta ni le dio agua. ¿Es alguna manía de Messi o es alguna manía suya?

—Jajajaja. Es que Messi siempre se sienta al final y ya es irrelevante darle una sudadera y además sé que no le gusta ponerse nada encima.

«.»

Hoy juega de nuevo el Barça pero esta vez voy al Camp Nou, en realidad a sus inmediaciones, solo para encontrarme con Corbella. Nos vemos muy cerca a su casa. Vive a pocos metros del estadio, así que me cuenta que suele ir a trabajar andando, aunque tenga coche, un Seat. En los últimos días el Barça ha empezado a ganar otra vez, tanto en la liga como en la Champions, y parece salir de la mala racha. Aunque la mala racha nunca sea sinónimo de mala economía para el club.

El utilero me está esperando. Fuera del estadio, vestido sin ninguna marca distintiva del Barça, sin ese buzo que le va grande, ya no solo está relajado sino que es hasta simpático y galante. Fuma y habla divertido. Primero me enseña su departamento con un dedo. Está en ese edificio marrón frente al bingo, su ventana es aquella de la persiana baja. Allí vive con su segunda mujer. Una de sus dos hijas vive por ahí cerca, en otro departamento que heredó de su padre. El suyo también es propio. Su vida es la de un catalán promedio, cómoda pero sobria. Ahora caminamos rodeando el Camp Nou hacia una de las mil puertas. Algunas personas lo saludan y él responde amablemente.

—No me diga que la gente lo acosa a usted también.

—No, qué va, pero cuando estoy con el chándal algunos se me acercan y me dan la mano y me felicitan y hasta se hacen fotos conmigo.

Me pregunto si al utilero lo asalta de vez en cuando la misma sensación que tuve al entrar al Camp Nou el otro día: la de ser un privilegiado sin saber por qué. Ya en la puerta del fortín, Corbella pone una cara de hasta aquí hemos llegado, nos despedimos y él atraviesa cabizbajo las rejas de su mundo, tan ancho y tan ajeno.

José María Corbella lleva 25 años en el Barcelona

Salario: entre 2.500 y 3.000 euros mensuales (de 7 a 8,4 millones de pesos)

Patrocinio uniforme: Nike le paga al club 40 millones de euros anuales (112.000 millones de pesos)

Jugador mejor remunerado: Ronaldinho gana 24 millones de euros al año, incluidos premios y publicidad (70.000 millones de pesos)

Entrada al Camp Nou: desde 40 hasta 110 euros (112.000 pesos la más barata, 308.000 la más cara)

Títulos: 2 Ligas de Campeones, 4 Recopas de Europa, 3 Copas UEFA, 2 Supercopas de Europa,18 Ligas de España, 24 Copas del Rey, 11 Supercopas de España

Contenido relacionado

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.