Nació en 1990, en 2008 tuvo a Fabián y en 2012 a Felipe. Trabaja a diario en el negocio de la ‘flaca’, ayudándole a empacar carbón. Espera por estos días conseguir la plata que necesita para comprar y criar pollos de engorde en su casa, y con eso poder tener para los recibos y la comida de los niños, de una forma independiente, sin la ‘flaca’ como jefe. El problema de los pollos es que ocuparía espacio del patio y la casa no es solo suya, es de sus 5 hermanos o de las 17 personas que viven allí, pero es amplia, o por lo menos alcanza para que cada hermano tenga una habitación. Ella en la suya tiene una nevera y una estufa que le dejó uno de sus novios. Como solo tiene dos hijos le queda más espacio, pero ay de su hermana, que tiene 4 hijas y un marido en otra habitación.

Fuimos compañeras en la escuela pública, creo que me reía de ella por ser bajita cuando se burlaba de mí por tener los ojos grandes. Éramos muchas, sin prejuicios sociales ni familias adineradas, unas más populares que otras, unas buenas al bailar, otras con voz hermosa para cantar, otras deportistas de buen rendimiento, otras buenas besadoras de chicos y otras que no se destacaban en nada. Hoy unas venden tinto por la calle, otras están casadas con señores muy mayores, otras están viudas, otras divorciadas, otras con varios hijos y otras han pasado, a lo largo de su corta vida, por varias de las anteriores opciones.

Había dicho que Teresa nació en 1990. Tiene 23 años, que pienso no han venido con  fortuna, pero ella es optimista y le agradece a Dios porque por lo menos tuvo una infancia feliz. Agradece porque así fuese arepa pura, no se acostaba con el estómago vacío. Su papá, vendedor de chance pensionado, trabajó en equipo con su mamá, una ama de casa y lijadora eventual de sillas, para que los 6 hijos tuvieran algo en el plato cada día, para darles el bachillerato a los que quisieran y hasta para celebrarle los 15 años a Teresa, quien por cierto, no me invitó a su fiesta.

Luego mamá me cambió de colegio y no la volví a ver hasta hace un par de meses, cuando empezó a venir a mi casa para conversar. En el tiempo en que dejamos de vernos, murió su mamá, según ella, a raíz de una discusión familiar. Se le subió la tensión y cuando la llamaron para que ayudara a preparar el tetero de uno de los tantos bebés de la casa, no respondió. Estaba muerta en una mecedora. Luego Teresa resultó embarazada. Le faltaban dos meses para cumplir los 18 años. Tuvo que dejar el colegio porque no le daban permiso para ir a los controles prenatales, que para una chica menuda debían ser constantes, pues los cuerpos pequeños no están del todo preparados para un parto.

Iba a tener a Fabián, el mayor, el que tiene los ojos grandes como los míos, como esos de los que ella se burlaba. El papá de Fabián es José, un año mayor que ella, con quien tuvo un noviazgo de dos años, con quien vivió sus primeros 5 meses de gestación en la casa en donde hoy viven otras 17 personas hasta que él empezó a pasarse de copas, a vivir en borracheras y a descuidarla en su embarazo. Desde entonces dejó de verlo, luego le envió razón que ya había nacido el niño, para que viniera a conocerlo. Hoy José le debe 5 años de cuotas alimentarias y la próxima semana deberán asistir a una conciliación. Hasta aquí va su primer hijo, y su primera separación.

Entonces conoció al papá adoptivo de José, un señor entrado en años, gay y brujo que le brindó ayuda a ella y a su pequeño hijo durante 5 años, hasta que murió de Sida. Para ese entonces ya había muerto su papá, el pensionado vendedor de chance. Este suegro adoptivo tenía un salón de billares que Teresa administraba cuando la encargada no podía. Allí conoció a Luis, de 28 años, nacido en el Cesar, quien contrabandeaba desde Venezuela y venía cada cierto tiempo al billar y se hospedaba en un hotel cercano, alegando que debía descansar de las presiones del trabajo. Fueron amigos por tres meses y luego se cuadraron. Teresa lo recuerda como un buen tipo: “Venía cada ocho días y me regalaba plata para los gastos de Fabián. Era buena gente”.  Por la emoción de este nuevo amor no se protegió en su primer encuentro sexual con él y allí quedó embarazada de Felipe, que tiene los ojos muy grandes también, pero un poco claros.

Luis no creyó al recibir la noticia del hijo, pensó que Teresa quería amarrarlo, por eso dejó de venir al hotel y al billar durante varios meses, pero después del quinto mes, como si el quinto mes de gestación siempre le trajera una nueva emoción, volvió y la vio en su pequeña humanidad, con su gran barriga de embarazada. Le ofreció disculpas y volvió al hotel con la misma frecuencia de antes. Así lo hizo hasta que Felipe cumplió seis meses de nacido. Esa tarde le dijo a Teresa que debía viajar por varias semanas, pero que le dejaba BsF 3.000 para los gastos. Nunca regresó. Algunos amigos de él le dijeron que lo habían encarcelado en Venezuela por ladrón y que dentro de la cárcel lo habían matado. De Luis solo le quedó la dirección de la familia en Cesar, a la que piensa visitar algún día para que conozcan a Felipe. Dos hijos, una vez separada y una vez viuda.

Seguimos conversando, pero Fabián juega con un balón de básquet que estaba en mi cocina, lo rebota muy fuerte contra una pared y Teresa lo grita. Él deja el balón y se sienta muy quieto a ver la Revista SoHo que le estaba mostrando a Teresa, es la de Gabo, que guardo. Empieza a pasar las páginas mojando el pulgar, cuando rompe una de las hojas le pido la revista y lo mando a jugar con mis primos, que están cerca. Intentamos seguir la conversación, pero suena su celular; con las largas uñas, negras por el carbón, contesta. Es Laura, la hermana de Antonio, a quien conoció en Tibú, municipio de Norte de Santander perteneciente al Catatumbo.

Todo comenzó cuando decidió dejar a Fabián con una hermana y a Felipe con una amiga cercana y se fue a cocinar para los raspachines de coca, como ayudante de una de sus tías. En uno de los días de descanso, mientras paseaba con su prima, Antonio se les acercó con otro amigo y las invitó a bailar. Se ennoviaron y se fueron a vivir a Las Mercedes, un corregimiento del municipio de Sardinata, donde había nacido él, también parte del Catatumbo. Allá conoció a sus suegros y cuñados, todos raspachines y campesinos. Alcanzaron a vivir 4 meses juntos y todo iba tan en serio que ya había mandado a buscar a Fabián y a Felipe, para que vivieran con su nuevo padrastro. Una noche pasó algo que aún no entiende. Antonio estaba tomándose unas cervezas con sus amigos, unos guerrilleros de la zona, cuando de repente se apartó del grupo sin decir nada. Teresa recuerda que su nuevo suegro apareció dando gritos, pues Antonio acababa de tomar veneno para los cultivos de coca. Antonio estuvo tres días en el hospital de Cúcuta, a donde fue remitido por la gravedad de su estado: entre dolores, lágrimas y palabras entrecortadas le dijo a Teresa que lo había hecho por culpa de ella, por las discusiones que habían tenido. Aunque ella dice que no era para tanto. Antonio murió. Luego de eso, esa familia no la quiere ver, así que le tocó regresar con los niños. Desde ese entonces volvieron a ser 17 en casa. Laura, la hermana de Antonio, es quien la llama a veces para preguntarle cómo van las cosas. 23 años, 2 hijos: una vez separada, dos veces viuda.

Teresa está cansada, le tocó empacar bastante carbón hoy. Fabián sigue jugando con mis primos. Felipe está en casa de la amiga que se lo ayuda a cuidar. La próxima semana quizá compre los pollos para empezarlos a criar. Me dice que se va: “Chao Deyci, voy a dormir ya”. Es la única que me dice Deyci por estos días, así me decía desde la escuela.

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