Es la segunda vez que le escribo una carta abierta. Lamento molestarlo, Señor Gutiérrez, pero usted me ha encabronado la vida muchas veces, por lo que merece todas las cartas que yo le pueda escribir. Aunque asumo que usted nunca lee estas cosas, pues debe estar ocupado bebiendo trago caro y comprando joyas con dijes de herraduras, caballos con ojos de esmeraldas, o cruces, en algún San Andresito de Colombia. O está ocupado tomando el sol en alguna finca suya donde pase el fin de semana con varias mujeres vestidas de colores, con las cejas tatuadas, esas mismas que salen con botas largas en cualquier lugar donde haga sol.

Nuevamente desconozco su posición, pero eso es lo que alcanzo a imaginar que ha logrado con el dinero que ha conseguido por sus canciones.  O tal vez usted es un hombre mucho más casero y ha gastado la fortuna amasada en los últimos años, en montarle un salón de belleza a su mujer, o un negocio de venta de repuestos o mecánica de carros a sus hijos.

Señor Jimmy, sigo sintiendo por usted la misma repulsión que sentí la primera vez que lo escuché. Y sé que unos tantos pensaran que debo alejarme de su música o “bla, bla” alguna solución inmediata, pero alejarme de usted ha sido realmente difícil en un pueblo donde la gente no quiere dejar de ser burda. Y nuevamente pienso que si fuéramos un poco cultos en este pueblo, seguramente con el tiempo progresaríamos y no sé, soy idealista y se me viene a la cabeza que de acá saldrían muchas microempresas, porque sí debo reconocer que las personas de acá son muy buenas para el comercio. Son tan buenas porque eso es con lo que crecieron. Desde pequeños aprendieron a ponerle precio a la harina de hacer arepas, que pasaban en bicicletas como contrabando y hoy le ponen un precio más alto a su trabajo, aunque trabajen con otra harina.

Y la gente que lo escucha es esa, la que nunca ha leído un libro y desconoce cualquier avance de la ciencia. Las personas que lo corean y piden sus canciones en las cantinas con luces de neón azul, son las mismas que van a donde los brujos por ‘contras’ para que no los maten en la calle. Los mismos que no acabaron el bachillerato, los que les pegan a sus mujeres, los que tienen para irse ebrios todos los fines de semana a sus casas, donde tienen  durmiendo a 3 hijos y una mujer embarazada. Esa es la gente que lo escucha, la misma que me desnuda con la mirada cuando salgo de mi casa así lleve puesta una sudadera y suéter. Porque sí, no tengo el dinero que usted tiene, vivo en un pueblo caliente, donde también hace calor, y en una calle donde hay tres tabernas y casas que aspiran a llegar a estrato 3. Entre esta gente vivo y entre esta gente lo escucho a diario desde bafles gigantescos a todo volumen sin importar la hora del día. Y lo desprecio. Y emprendo una larga por decir que su música popular es puerca, de pobres que no quieren salir de pobres o de los que saben que si tienen dinero algún día, los matan por no haberlo conseguido bien.

Usted, señor Jimmy Gutiérrez es el símbolo del mal gusto colombiano, y detrás suyo, sus fans, un grupo de personas que no recibieron educación. No los culpo por ser eso, pero siembro una ficha al decir que estudié en los mismos colegios que los hijos de las personas que lo escuchan en mi barrio, pero no lo escucho a usted por voluntad propia. Mi mediocridad me permitiría alegrarme de saber que no me mezclé con  la gente que lo escucha, que es su espejo. Normalmente el perfil que acaba de sicario, de ladrón, de borracho en una cantina y si hablamos de mujeres, esas que tienen dos hijos antes de cumplir los 21. Y no estoy desmeritando el origen de nadie, repito, vengo de los mismos barrios, ni alardeo se ser culta, por el contrario, no diferencio los compositores en la música y cuando me nombran un autor que no he leído, digo que sí, que es bueno. Y en el arte… me quedé en los elefantitos de patas largas de Dalí, porque se pusieron de moda.

Señor Jimmy, me sirve mucho escribirle, me desahogo demasiado. Siento que hago un mediocre aporte a mi propio desarrollo.  

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