Salíamos del lanzamiento de un libro en el boulevard Raspail. Entre el apretar de guantes, gorros y bufandas, tuve la rápida impresión que la poeta venida del Cono Sur, radicada también en París, quedó fulminada por sus ojos y disfrutó maliciosamente el comentario –casi necesario- para calentarnos, aunque sólo fuera la imaginación y en cortos segundos porque yo –como por variar- había olvidado mi teléfono entre un pilar de libros. Un libro que vibra, ¿te lo imaginas? ¡Sería un éxito! Comentó él, rato después con el típico desparpajo que caracteriza a los de su tierra cuando sintió que un libro le bailaba debajo de sus brazos. Pero más allá de ostentar esa personalidad dicharachera en cualquier calle de París; ese fino y también desvergonzado humor rompeolas del cubano que hace sonrojar al resto de mortales; la virtud de relatar cuentos para envolver almas y miradas circundantes; la envidiable capacidad de dominar más de cuatro idiomas perfectamente y no sé cuántos miles de temas… más allá de todo eso hay un hombre que radicó su anonimato en París y lo lleva, continuamente, a todas partes como un caracol -lo refleje o no- todo su destierro con el nombre de su país completo: ¡Cuba!

 

 

 

A William Navarrete, nacido en Cuba en 1968, lo conocí tirando redes sentenciales; lo que otros malacostumbran a llamar, azar o casualidad, pero yo me niego a aceptar y preferiré denominar siempre, ¡destino! El mismo que nos ofrece tanto de lo que le pedimos y en forma exagerada lo que nunca se nos ocurrió solicitar. Entrar en detalles de cómo ocurrió en una ciudad tan grande como París no viene al tema, pero lo que sí diré es que escucharlo hablar de libros, obras, lugares y temas que se filtran en cualquier conversación es un placer que se debe cuidar en total silencio; además, ¡su acento es Caribe! No obstante, con esa patética dictadura que se instauró en Cuba la pregunta de primer orden es su historial de salida. 

 

* * *

- Tengo entendido que es muy difícil salir de Cuba según la época y el ambiente político del momento, ¿cómo hizo para salir de Cuba y qué lo llevó a tomar esa decisión?

 

WN: En la época en que salí de Cuba era un poco menos complicado. O sea, menos complicado con respecto a las tres primeras décadas del castrismo. Bastaba con conseguir una carta de invitación y eso fue lo que hice. Como mi familia vivía en Estados Unidos pude agilizar mi salida.

 

- ¿Tenía otro proyecto de vida muy diferente en su país?

 

WN: Ninguno. Ni siquiera deseaba terminar estudios allí porque cuando se termina una carrera en Cuba, aunque teóricamente es gratuita, el graduado debe ofrecer uno o dos años de trabajo que denominan, con esa terminología propia de los regímenes totalitarios, "servicio social". Esto significa que si eres de un sitio pueden enviarte al extremo opuesto, a un recóndito pueblo. En mi caso, como lo que me interesaba era la Historia del Arte hubiera terminado trabajando dos años, en la Casa de la Cultura de Yateras, por citar un pueblo que queda en el extremo oriental de la isla y en donde nunca puse los pies.

 

- Cuba a sus espaldas, delante de usted y a un solo paso el avión que lo llevaría a otro país totalmente ajeno su entorno caribeño, ¿sintió miedo?  ¿Dudó?

 

WN: De lo único que sentía miedo era que me bajaran del avión. Tenía ese presentimiento de que mi viaje terminaría en la pista del aeropuerto internacional de La Habana. Cuando el avión despegó entonces sí cobré conciencia de que era para siempre y me dije "déjame mirar aunque sea las palmas reales, el verdor y ponerme triste que a aquí no sé cuando voy a volver".

 

- ¿Cómo se lleva el sentimiento, tal vez la frustración, al saber que se sale del país pero que posiblemente nunca más se regrese?

 

WN: El país va con uno incluso cuando no lo deseas, ya que en ese caso los demás se ocupan de asociarte permanentemente a él. Mi familia vive en Miami y allí en cierta medida y a pesar de las diferencias encuentro todo eso que yo llamo "la manera cubana" y que es más profundo que el paisaje o el olor real de la isla. Lo es porque se trata de gestos, conversaciones, entonaciones de voz, palabras, una forma de ver el mundo, un determinado ámbito familiar con todo lo que éste implica, que hallándome en el mío y entre mis amigos logra reproducir en Miami el que se vivía en Cuba. 

 

- ¿Qué óptica tiene de Cuba después de dos décadas radicado en Francia y de la dictadura bajo la que aún viven muchos cubanos?

 

WN: Me parece que allí está germinando una especie de sociedad civil, o sea, personas independientes crean grupos no gubernamentales y al margen de toda participación del Estado. Uno de ellos, por ejemplo, se llama Estado de Sats. Ese descongelamiento es lento porque los autores de la dictadura están aún vivos y en el poder. Es lamentable que el futuro de un país dependa de los designios de la biología. Al parecer entre ésta y la genética se han extremado en darle vida a la dictadura y en prolongar la agonía de todo un pueblo. Quien crea en Dios pensará que a Cuba le tocó ser la probeta olvidada en el laboratorio de los designios divinos.

 

- ¿Usted se considera un exiliado o “auto-exiliado” como lo dicen otros cubanos?

 

WN: Yo me considero un habitante del planeta Tierra que no desea vivir en determinados lugares de ese planeta y que intenta establecerse en donde lo molesten menos. 

 

- ¿Esa situación de expatriación, juega un rol vital para usted al momento de escribir?

 

WN: Creo que sí porque sabido es que desde lejos se tiene más conciencia de cosas que estando in situ resultan más difícil de definir. Al bosque cómo mejor se le ve es desde fuera. Desde París he podido comprender mejor las realidades de mi país y tal vez por eso he escrito los libros que no hubiera podido nunca escribir en Cuba. 

 

- William Navarrete y París, ¿cómo ha sido esa relación con la ciudad en el aspecto profesional del escritor y en el aspecto personal?  

 

WN: Con esto sucede lo mismo que con el tema de Cuba. He podido escribir una obra con materia prima cubana porque vivo fuera de Cuba. Me parece que si quisiera escribir sobre París tendría que tomar distancia y retirarme a vivir a otra parte. Cuando se vive en París por largo tiempo, como es mi caso, se pierde la capacidad de juzgar realmente la ciudad porque se empieza a vivirla más bien a partir de mitos. Caminas por una calle de París y aunque te parezca cotidiana e, incluso, común y corriente, sabes que esa calle representa un ideal estético para millones de seres humanos que sueñan desde los lugares en que viven con estar en lugar, con recorrerla y vivirla. Entonces la ciudad se cubre de un halo de "objeto deseado y soñado por la Humanidad" y ya casi no te queda margen para definirla por ti mismo o para verla con tus propios ojos. Sólo en la distancia se opera el milagro del discernimiento. Lo único que sé en que cuando estoy fuera de ella no la extraño.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.