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Con pasaporte francés, ¡pero tan cubano como las palmas! (PARTE II)

porBloguero OficialAndrés CANDELA (Andres-Candela)?17-04-201205:41 PM - editado ?18-04-201204:05 AM

 

 

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...Su obra –no lo puedo negar- me despierta envidia. (En el buen sentido de la palabra). Moverse como lo hace él por el dominio de cualquier lengua es verdaderamente un lujo, un don; pero lo que sí revuelca totalmente mis vísceras es ver como puede conservar íntegramente su “inspiración” en una especie de frasco de formol sin tocarla durante mucho tiempo y que él abre y utiliza cuando le viene en gana mientras otros recurrimos al ejercicio de la transpiración diaria de las letras aunque las hojas sigan en blanco al final de la noche, incluso semanas, pero seguimos creyendo que la letra entra con sangre, en mi caso, ¡que sale con sangre! A él eso no le ocurre, simplemente abre su “frasco”, invoca sus musas y de un solo plumazo hay una novela escrita, ¡muy bien estructurada!, y en tiempo récord.

 

 

 

- En sus haberes se cuentan más de quince obras; sin embargo hay una que me despierta mucha curiosidad, La canopea del Louvre. ¿Cómo se llega a la idea de escribir historias y cuentos mirando algunas de las obras del Louvre?

 

WN: Ante la descomunal cantidad y calidad de obras del Louvre una amiga y yo nos preguntamos si seríamos capaces de escoger seis obras de nuestra preferencia. Una vez que nos sometimos a este ejercicio lúdico surgió la idea de que escribiéramos un cuento relacionado con cada obra. En este caso, tendríamos en cuenta nuestra lectura personal de la obra. Por otra parte, me sentía deudor de un museo que queda a pocos minutos caminando desde mi casa y que me ha aportado grandes sesiones de terapia. Quería devolver al Museo una ínfima parte de lo que ha hecho por mí.

 

 - Cuba, la música en el exilio es otro de sus libros. ¿Es una forma de cargar el país o es un tributo?

 

WN: No. Es un libro complementario de uno anterior que se titula La canción cubana de 1902 a 1959: textos y contexto, en el que intenté escribir una historia de la Cuba republicana a través de los textos de las canciones durante ese periodo. Alguien me dijo que debería escribir la continuación, o sea, el período de la llamada revolución. Fue entonces que decidí escribir la música en el exilio porque rápidamente me di cuenta de que una gran parte de la creación musical cubana ha sido realizada en el exilio, ya sea en el exilio de finales del siglo XIX durante la época colonial, como en el de las últimas cinco décadas de totalitarismo. El éxodo de la música cubana a partir de 1959 lo refleja muy bien una canción titulada El son se fue de Cuba, compuesta por Billo Frómeta, un dominicano que había llegado a La Habana a fines de los 50 y que tuvo que hacer las maletas e irse del país en 1959. Es por eso, pensando en Olga Guillot, en Celia Cruz, en La Sonora Matancera, La Lupe, Machito, Machín, Bebo Valdés, Arsenio Rodríguez, Chico O'Farrill, Rolando Laserie, Orlando Contreras, Israel López "Cachao", Fernando Albuerne, Gloria Estefan, Willy Chirino, y tantos exiliados más, como el propio Miguelito Valdés que murió en Bogotá en 1978, que preparé este libro del que hablas y que, lamentablemente, sólo existe en francés porque fue en esta lengua en la cual lo escribí. Por supuesto, menciono sólo a algunos intérpretes célebres, pero si añado la lista de compositores e instrumentistas que han abandonado Cuba entonces necesitaríamos lo que hice: un libro de más de 200 páginas.

 

- La poesía; las historias; las crónicas de viajes; los poemas; los cuentos y las novelas, ¿en cuál de todos estos géneros se siente más cómodo?

 

WN: La verdad que como buen hedonista en las crónicas de viaje, aunque es bueno que diga que el género que me ofrece mayor libertad es la poesía.

 

Después de cargar durante casi dos meses una de sus obras y con el orgullo de ostentarla autografiada, terminé por fin La gema de Cubagua. La comencé, me devolví, la desmenucé, levité con sus personajes; pero sobre todo, ¡gratamente me perdí en lo que creí que era ficción y me maravillé con esa realidad inalcanzable de cualquier ficción literaria!  

 

- Su novela La gema de Cubagua es una obra donde nuevamente podríamos afirmar que toda realidad supera la ficción; sin embargo su novela parece una lucha “cuerpo a cuerpo” entre una desnutrida ficción que se afronta contra una desbordante realidad como la cubana que día a día echa mano del ingenio para lograr sobrevivir. ¿Pero, en qué proporciones están la realidad y la ficción como materia prima de la obra?

 

WN: Allí todo puede suceder. Hay ficción porque muchos de los hechos que ocurren en ella los he inventado, pero con la certeza de que muy bien podrían pertenecer a la realidad. Todo ese delirio embriagador que es América Latina alcanza su paroxismo en un país que, como si con la realidad americana no bastara, pretendió construir un socialismo tropical sobre siglos de esclavitud y colonialismo.

 

- ¿Cómo cree que el público francés recibirá su obra ante ese dominio que usted tiene para confundir la realidad con la ficción y viceversa?

 

WN: Ni idea. Lo bueno que tiene la literatura es que cada cual elabora mentalmente su propia película. Lo mismo que cuando yo leo a un autor japonés o de Uganda, me imagino que los franceses, a partir de sus códigos, creerán entender lo que están leyendo.

 

- En muchas obras cubanas –posteriores a la dictadura de los hermanos Castro- se vislumbra el tema de la comida como el mayor suplicio del régimen y los relatos descriptivos de esta forma de sobrevivir y alimentarse hacen parte ya de muchas obras, incluso la suya. ¿Esto es un exorcismo de lo vivido o cree que un tema intrínsico en la novela cubana posterior a la dictadura?

 

 WN: Se sabe que el patrimonio gastronómico es lo último que desaparece de una civilización o grupo cultural. La pregunta es: ¿perdura aún la cultura cubana? Complejo el tema, ¿no?

 

-¡Mucho! Sobre todo cuando se tiene presente que los cubanos han llegado a utilizar el látex fundido de los preservativos como un supuesto queso derretido.  

 

 - Viaja constantemente, indiscutiblemente es un placer para cualquier persona, pero usted lo acostumbra como si tuviera que poner su alma en paz en algún lugar, ¿me equivoco?

 

WN: No. Estudié Historia del Arte y soy un incondicional de la historia en general. Viajo para ver y pisar esos lugares que pertenecen al patrimonio cultural de la Humanidad, para que nadie me lo cuente. La dimensión real es diferente de lo que uno ve en imágenes. He vivido dos décadas en La Habana y dos décadas en París. En cada ciudad he vivido en una sola casa. Quiero decir que me aunque viaje más estable no puedo ser pues regreso siempre al nido. También viajo, lo he dicho muchas veces, porque en este mundo lo que no haces hoy difícilmente podrás hacerlo mañana. El que no ha visto Siria, el sur de Marruecos, las ruinas de Cartago (en Túnez), la ciudad de Petra en Jordania, ciertas zonas de Capadocia (en Turquía), las márgenes del Nilo hasta Asuán, las fabulosas casas de barro de Yemén, los monasterios cristianos de Etiopía, y un largo etcétera, que se dé prisa porque dentro de poco no podrá poner los pies en muchos de sitios y en tantos otros en los que la situación política se va tornando demasiado compleja. Como ya he dicho antes, se vive sobre un polvorín.

 

- Indudablemente esta última pregunta es un tanto “frívola, cursi y repetida”, pero con una personalidad como la suya no se puede evitar: ¿un libro, una persona, una canción, una película y un cuadro que pudiera llevarse a otra vida?  

 

 

WN: Un libro: El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Una persona: Santa Teresa de Ávila. Una canción: el aria de La reina de la noche, en La flauta encantada, de Mozart. Una película: In the mood for love, de Wong Kar-way. Un cuadro: Las hilanderas, de Velázquez.

 

 

 

 

 

                                                                                                                                                          

                                                                                                                                                        El escritor William Navarrete

                                                                                                                a la edad de tres años y su madre.

  

 

 Andrés Candela

 

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