Allá en lo más alto del top de las grandes mentiras de la humanidad, junto a “no es lo que te imaginas”, “amanecí mal del estómago” y “me quedé hasta tarde trabajando”, se encuentra una invitación mitológica al sexo seguro que ha engañado a varias generaciones de señoritas. Con seguridad muchos le debemos nuestra presencia en este mundo.

“Nada más la puntica”, “te la meto un poquito y ya”, “una sobadita con la cabecita no embaraza a nadie”, son algunas de las formas en que suele manifestarse. Pero, independiente del lenguaje, la hipótesis y la finalidad son siempre las mismas: no te la voy a meter toda, así que técnicamente no tendremos sexo. Tu virginidad permanecerá a salvo, pero sí que lo gozaremos.

"Mi pajarito solo quiere darle unos piquitos a tu nido de amor", y cosas de ese estilo. Promesas de superficialidad que se van hondo. 

Un lastimoso juego de barajas con el pene, muy útil en la época de la pubertad para abandonar a Manuela y, con algo de suerte, al acné. Hay que decirlo señores, porque no todo en Vergonymous son esas perversidades e indecencias que nadie está dispuesto a reconocer en público. Esta vez, vengo a denunciar una de las mayores estafas en labores de conquista, por si alguna mujer me quiere coger la caña. Porque la gente cambia.

La promesa de que solo te voy a dar “con la punta del palo” suena agreste, transgresora. Pero, en realidad, condensa más de 500 años de mojigatería, inculcada por una tradición religiosa que vino desde el viejo continente, a crear pequeñas prisiones de culpa y remordimiento en la mayor cantidad posible de habitantes del nuevo mundo. 

Así, el mejor camino para concretar a esa jovencita que se sonrojaba ante nuestra presencia y nos la paraba irremediablemente, a esa que llevamos 100 veces de la mano al cine a jugar “sintonizando radio” con sus pezones, era prometerle que la rozaríamos con la puntica, nada más. Claro, que 9 de cada 10 veces, le terminamos dando “con el palo entero”.

Ustedes saben, el popular brochazo. Echarse una cabeceadita. Ese al que muchas acceden, convenciéndose a sí mismas que su moralidad permanecerá inviolable. Poner en contacto las pieles más sensibles, y frotarlas por un rato. Una tarde de cuarto solo. Sentir las calenturas ponerse más y más húmedas, la sangre bombeando a lado y lado. Los palpitares chocando, al fondo de una miniteca, en el primer piso, en el sofá, mientras los suegros duermen, contra la pared de la cocina, envalentonado por incipientes tragos. En la piscina, bajo el agua, apartando las telas en la esquina más oscura. Seducir sus labios más extremos con la paleta rosada. Dibujar sus bordes con nuestro amigo tuerto. Escuchar sus primeros gemidos. Apretarle las nalgas. Una especie de baile de reggaetón, pero sin ropa. Lo que otros llaman el restregón. Rayarle el carro, juguetear con la llave y presionar, cuidándose de no pasar más allá de la puerta que se abre en sus piernas. Hasta que el calor se acumula tanto en la cara y el sudor en el cuello que se hace intolerable, y la erección arde.

Es probablemente el mejor potenciador de remojo del universo conocido.

La acariciada genital vence la voluntad de cualquiera. El sable se blande de arriba abajo, hasta que se hace inevitable dar la estocada. Y adentro se atornilla. Por eso el siguiente paso, cuando queda al desnudo que todo era una mentira, es el coitos interruptus. “Tranquila, que yo te la saco a tiempo”.

Nunca hay condones a la vista, porque por lo general, cuando uno es adolescente suele ser también idiota. El fruto de todo esto son enfermedades, embarazos no deseados, y lo peor de todo: matrimonios. Matrimonios prematuros. Lluvias de sobres. Fiestas con hora loca. Es imperdonable. Por culpa de estas prácticas non sanctas es que ahora las redes sociales parecen una maldita guardería, con carruseles y carruseles de fotos del primer pañal cagado de Crisanto, el primer rayón en la pared de Sebastiana (es artista), la primera patada en la varice que le dio Patricio a la abuela, el primer raspón en el codo de Eutanasio; intercaladas por gatos de todas las calañas y abundantes platos de comida de gente que practica running para mantenerse en forma. 

Estas prácticas mezquinas, brochazos que desembocan en clavadas, no siempre responden a un intento de engaño de los hombres. También hay otros casos de mujeres que quieren probar verga, pero rehúsan comérsela toda. Al menos en teoría. Ya sea porque la carga de responsabilidad las bloquea, o quieren que sea un abrebocas, dejar la expectativa latiendo para el próximo encuentro. O también, porque juegan al póker con la posibilidad de la enterrada, como ingenuo mecanismo de chantaje en la caducada búsqueda de esposo. Son por lo general jóvenes también, que pronto descubren que hoy hay que alzar el listón. Prometer el culo, por ejemplo. Y eso si le ven algún sentido al matrimonio, por ejemplo.

Por ejemplo, una vez me fui a pasar la noche con una chica. Por fin íbamos a concretar un polvo, luego de diversas maromas para escapársele a su novio. En el motel había hasta columpio. Duchas que apuntaban a todas las hendiduras. No pude usar nada. Resulta que quería casarse con el tipo, y llegar virgen al matrimonio. Se estaba “guardando” para él. No iba abrir el cofre. Pero quería sacarle el jugo a mi herramienta hasta la madrugada, y de hecho, le dio mil usos, así como a su lengua. Impuso la condición de “la punta nada más”. Yo hice mi mejor esfuerzo por cumplirla. 

Esos días quedaron atrás hace años, aunque hoy otros los deben estar reviviendo. Seguro usted, lector, viene enterrándola toda hace rato, incluso de la mitad para atrás. Nuestro deber es alertar a las nuevas generaciones. Desde los años noventa se viene advirtiendo los riesgos de la acariciada genital. Basta mirar los mensajes subliminales de este himno de nuestro folclor Caribe colombiano:


3:47 de los minutos más representativos la historia nacional.

Legionario de la sabrosura legítima, además de subvalorado ícono de estilo, Farid Ortiz encarna la sabiduría autóctona. El conocimiento fundamental, de los temas cruciales, plasmado y  transmitido por el vallenato tradicional; esa yuca rancia cultivada con historias reales. Quizá no sea tan conocido, pero tiene más trayectoria que una bola de béisbol en el octavo inning.
Este tratado seudochirrifilosófico con instrumentación amarillista sobre las acariciadas vaginales, está inspirado en este documento de este típico corroncho. Ejemplo de esas figuras  que algunos describen con desdén como indios, ordinarios. Esos que son fieles a su originalidad, independiente de dónde estén, y no tratan de emular refinamientos importados. A los que miran feo, por tener claras sus propias buenas costumbres. Al que tachan de vulgar, porque refleja el vulgo, es decir, su gente. El que está convencido de que su identidad es tan valiosa como la de cualquiera, y la defiende. En quienes se vierte una cultura basta, negada por otra cultura, la alta. Así, como veían a Diomedes, antes de que se muriera y lo endiosaran. Hay que reivindicar la corronchera, no joda. 
Fin del espacio proselitista 

En realidad, el videoclip es poco más que una recocha bacana con un gran set de curvas y unos primerísimos primeros planos redondos altamente respetables. Aunque advierte sobre la euforia por la clasificación al Mundial en los 90 y que El Cole es más salado que Bonnet y Pelé en una tarde frente al mar, su mayor lección histórica se resume a una frase: el coro.

Está advertido. Recuerde. Si ha acordado con su pareja que solo tanteará el terreno con la punta del palo, las estadísticas pronostican que terminará sembrando el palo entero. El portal en la entrepierna absorbe, aspira más que cualquier ovni. El proverbio ancestral reza que “la chucha hala más que guaya de buque”. 

Así que, por favor, mucho ojo con el tuerto. Nunca olvide el condón, por más vírgenes intenciones que tenga. Amigos y decenas de contactos en sus redes sociales se lo agradecerán.

Y mucho ojo todas, que este año termina en cuatro.

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