Es un hombre que habla y asume una actitud corporal ofensiva -pero educada- con las dos manos puestas sobre las rodillas y los hombros siempre hacia adelante para cerciorarse todo el tiempo, con voz firme, que nada sea malinterpretado en su historia.

 

De todas las personas que utilizan diariamente el metro de París, él es -tal vez- el único con menos posibilidades de reflejar o aparentar cualquiera de sus pasados; podría decirse, incluso, que también pasaría por un parisino de su generación camino a casa después de cada jornada laboral. 

Es también portador indiscutible de un apellido al cual las tradicionales familias paisas le abrían todas las puertas; un acuerdo verbal con tan inminente nombre de familia gozaba del mismo valor que la firma notarial y se le entregaba, sin titubeos, la mano de la hija pedida por alguno de los primogénitos del patriarca más representativo de tan noble título. Casi un aristócrata; además, hijo de un regio capitán de avión que siempre estaba en vuelos intercontinentales; pero cuando estaba, era para implantarle disciplina a su hijo: el "Cocinero”. Eso lo exasperó y por eso se fue de su casa. 

 

 Yo le entrego mi historia, pero no mi nombre, y sin muchas preguntas, ¡¿entendido?! -Me advirtió antes de comenzar con su relato-.

 

* * *


El percutor le traqueó detrás del oído con el giro del tambor. Lo tenían de rodillas en el techo de la cárcel Bellavista de Medellín a punto de ser ajusticiado con un tiro de gracia. Dios mío, Dios mío… ¡qué no me maten y yo cambio por completo mi vida!  -suplicó-. Él no es, ¡él no es! -entró gritando un “mensajero” de la cárcel como si fuera una escena cinematográfica premeditada-. ¡Te perdés de aquí, perro!, ¡no te quiero volver a ver! -sentenció el verdugo enfurecido-. Aturdido -pero sin querer saber por qué dijeron que no era él- bajó a su celda y se encerró reconociendo en silencio que él sí era…

 

¡Por ese milagro hoy estoy aquí! -afirma en su nueva vida el Cocinero sentado a espaldas de París para relatar parte de su vida-.

 

Después de salir de mi casa di muchas vueltas por todo el país: lo conozco casi completo. Luego, estando ya en el “negocio”, conocí toda Antioquia. En los comienzos de la década de los 80’s, salía con dos camperos cargados de billetes a explorar cuanto camino y trocha encontrara para llegar a las fincas más escondidas que después las convertíamos en cocinas. 

Sin mucho rodeo llegaba a las casas, preguntaba quién era el dueño y cuánto era la ganancia de la cosecha, les ofrecía hasta tres veces por encima del precio en efectivo y después de pagarles me aseguraba de que quedara gente armando la cocina con todo lo necesario. Seguía por el camino buscando las fincas que, a mi parecer, eran las ideales y repetía la misma escena. Cuando el dinero se acababa llamaba a mi jefe y le rendía cuentas.

 

¿Quién era su jefe? -le pregunté-.

Ubíquese en la época y en el contexto, imagine el que usted quiera, pero no aticemos muertos -me respondió-.

 

Después de rendir cuentas regresaba a Medellín y salía a comprar de todo. Yo tenía de todo en esa vida, si es que a eso se le puede denominar “vida”. Incluso compraba las cosas más inoficiosas que existían y que nadie necesitaba, las adquiría para apaciguar ansiedades, porque la vida y la tranquilidad en aquel entonces, ¡se me esfumaron! Yo sólo intentaba recuperarlas consiguiendo banalidades para mí y para mi familia, porque en ese negocio nadie sabe sumar o restar, únicamente se sabe multiplicar. Sin embargo, aunque se disponga de todo, ellos disponían de uno. Creo que aún funciona así. 

 

-Vamos un poco más atrás en su historia, ¿por qué llegó usted a la cárcel?

 

En 1990, las cosas ya estaban fuera de cualquier proporción o regla dentro de esas esferas delincuenciales; la mafia tocó otra mafia: los políticos. Muchos de ellos comen de todos los platos donde el dinero sobre; aunque hubo algunos que nunca fue posible comprar, esos pocos prefirieron salir del país. Eran personas -ante todo- de principios. 

 

Ese mismo año en un operativo que organizó la policía en Medellín, de los tantos que se organizaban diariamente, logré escabullirme en medio de mucha gente y después de caminar unas cuadras me escondí en un negocio de pollos, pero con tan mala suerte que después de casi dos horas de estar agachado detrás de un mostrador, levanté la cabeza para ver dónde estaban y en esas pasó el informante que ellos tenían. Cuando me vio comenzó a gritar como un enajenado llamando a los policías que ya habían pasado varias veces sin sospechar que yo estuviera ahí porque los meseros seguían atendiendo normalmente, el local estaba lleno y el administrador no se atrevía ni a mirarme…

Yo estoy seguro que un milagro se va construyendo poco a poco por etapas, porque si el informante no me hubiera visto, ¿quién sabe cómo hubiera continuado mi vida?

Cuando llegué a Bellavista ya sabían que yo iba y que me tenían que cuidar; además, llegué a ocupar celda propia y con gente que trabajaba para mí. Después, por muchas circunstancias en las que yo comencé a desligarme de esas personas y del “negocio”, se desencadenó lo que ya le conté conmigo en la terraza de la cárcel.

 

-Por favor regresemos nuevamente a su celda, ¿qué ocurrió después?

 

En los siguientes días gestioné ante el director, con mi propio dinero, mi traslado: el carro, los guardias, la celda… todo eso lo pagué yo, ¡absolutamente todo! Ya estaba solo y únicamente me fiaba de mi familia y de las gestiones que yo mismo adelantaba con los abogados para pagar mi condena y obtener rebajas haciendo todo tipo de trabajos dentro de la cárcel. Para costear los onerosos honorarios de los abogados tuve que vender todo lo que tenía. En ese momento también me percaté que el dinero de ese “negocio” y toda esa opulencia es un irrisorio espejismo, algo así como una maldición que engaña durante mucho tiempo pero cuando todo se descubre uno mira a su alrededor y no hay nada, únicamente miserias, remordimientos y pesados juicios de conciencia con los que tuve que acostumbrarme a vivir. Menos mal a mí todavía me quedaba mi familia y una esposa que nunca me abandonó.

 

Las palabras que utilizó el “Cocinero” para abordar el relato lograron sorprenderme. En los momentos previos a esta cita yo pensé encontrarme con las acostumbradas palabras o argot que se utilizan en las películas de mafia colombiana: “tombo”, “sapo”, “la cana”, “parcero”… entre otras. Muy lejos de ese prejuicio quedaron mis impresiones. Sus pausas eran cortas entre cada palabra, la kinesia de su cuerpo: estática, casi adoptada para el momento y no logré vislumbrar ningún gesto o palabra que reflejara un poco de nostalgia por ese estilo de vida ligado a tan desmesurado poder adquisitivo; por el contrario, aunque permanecía gélido encerrado en la misma postura defensiva, me di cuenta que siente vergüenza por ese pasado, lo asume, lo recuerda y lo relata, pero no le enorgullecen esas vivencias.

 

- ¿Qué pasó después de la cárcel?

 

Pagué mi condena, ¡completa! Mucha gente critica el Código Penal colombiano y tienen razón, pero también son muchos los que redireccionan sus vidas gracias a los programas que se tienen para los presos. Yo salí convencido del cambio que deseaba tener en mi vida, quería alejarme por completo de esos negocios. Salí sin nada, ya no tenía un peso en el bolsillo y eso me alegró, me impulsó a comenzar de cero.

Con la ayuda de mi familia logré montar un negocio en Medellín. Allá, en algunas plazas, se utiliza mucho los préstamos de dinero en la mañana que se pagan en la tarde o al otro día. Ese es un negocio y un lugar donde todavía tiene valor la palabra empeñada y hay gente que vive de eso.

Por la misma época comencé a aficionarme al ciclismo y lo practicaba en las tardes. También sentí la necesidad de acercarme a Dios, de agradecerle por mi segunda vida. Comencé, por curiosidad, a asistir a una iglesia cristiana, el pastor era una buena persona en el comienzo hasta que me pidió dinero prestado… ¡se lo presté! Cuando comencé a cobrarle entonces me dedicó sus sermones llenos de indirectas. Un día, después de haberme dicho de todo en sus dibujados sermones, me le acerqué y le dije: “Al Cesar lo que sea del Cesar y a Dios lo que es de Dios, usted sabe muy bien de que le estoy hablando”. Al siguiente día me pagó pero yo no volví a esa iglesia, a ese garaje.

Es triste ver como logran enajenar a las personas con martillados sermones y amenazas de pecado cuando ellos son los primeros en la fila hacia el infierno. Para mí, ahí, ni en ninguna de esas palabras está Dios. Después me convencí que él estuvo y está en esa suplica personal que me salvó la vida.

 

París es una ciudad capaz de burlarse de la realidad política colombiana y de los prejuicios ideológicos: el paramilitar, el guerrillero, el capo y los estudiantes, generalmente terminan trabajando en construcciones. Se convierten en pintores y albañiles de oficio y se llaman los unos a los otros cuando hay un chantier (obra) por comenzar. La amistad les llega por necesidad de integración social y con ella la confesión de sus errores en el pasado, porque quien fuera su enemigo en Colombia hoy es su “parcero” de trabajo y sobre todo: amigo de tragos de cualquier fiesta colombiana que se organice con tal de mitigar nostalgias y olvidar culpas.  

 

- ¿Por qué llegó a París?

 

En ese mundo de la mafia nada se perdona, nada se olvida y cuando uno lo abandona no es bueno

-para ellos- que uno sepa tanto. A mí alguien me dijo que me estaban buscando. Cerré el negocio y con mi esposa tomé la decisión de partir para España, porque yo no iba a quebrantar mi promesa de cambio de vida; por fin me estaba sintiendo tranquilo, sin dinero de sobra, pero muy tranquilo y en paz con Dios.

De España pasamos a Francia, fue muy duro, no teníamos papeles y me tocó trabajar en cualquier chantier que resultara para mantener a mi familia. Con el tiempo logré obtener los papeles para mejorar mi situación laboral. Vivo con lo necesario y ahorro durante todo el año para disfrutar un mes del verano montando en bicicleta. Ahí, cuando estoy subiendo una montaña, tan cerca al cielo le doy gracias a Dios por la segunda oportunidad que él me dio.

 

- ¿Regresaría a Colombia?

 

No lo sé, ¡no lo creo!

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