Aunque Cúcuta es una ciudad ejemplo de las culturas híbridas, donde en un mismo barrio los estratos pasan de 2 a 5 con solo caminar un par de cuadras, los cucuteños tienen comportamientos que los caracterizan.

El cucuteño promedio no come pastel de garbanzo y mute muy seguido, pero cuando sale de la ciudad, menciona su gastronomía local cada vez que tiene chance. Y va de vez en cuando al Corral y a McDonald’s porque cree que eso le da clase.

También es ese emprendedor que por lo menos una vez ha soñado con su propio negocio. Y es así como algún día compró mercancía de contrabando en el Alejandría para revenderla, y si le fue bien, hoy tiene varios locales allí y viste con imitaciones de Polo y rosarios de oro blanco; y si le fue mal, volvió al rebusque por otro lado. Aunque unos optaron por la academia, los más característicos son  los que no pisaron la universidad, viven en casas estrato 5 y se hacen llamar “comerciantes”. Cabe resaltar que esa especie se extingue de a pocos, por los incesantes homicidios y capturas.

El cucuteño va al río Zulia con la familia en un Chevette, al que le instala los bafles del equipo de sonido de la casa, o va en una Runner con un sonido más costoso que un Chevette. Por aquello de lo híbrido, las formas cambian, pero el cucuteño es el que va al río en familia, en un vehículo que suene duro, con el baúl lleno de Polar negra en una cava.

Además, el cucuteño promedio no conoce los nombres de los parques de la ciudad y por eso le dice “el de la bola” al Nacional, “el de las palomas” al Santander y “el de la sexta” al Lineal. Asimismo, recuerda a las personas por el apodo y no por el nombre, por eso abundan los Burro, Gordo, Negro, Flaco, Chicho, Goyo y otras genialidades que involucran características físicas y de comportamiento.

El cucuteño promedio es el que inventa chismes o por lo menos los reproduce. El que interpreta literal lo que lee y defiende causas que no conoce. El que apaga el carro para frentear al que lo cerró en la carretera o  el que apaga el carro para frentear al cerrado que no le gustó que lo cerraran. El cucuteño promedio es ese que por lo menos una vez en su vida ha cometido un delito o pensó en cometerlo. Y es también el berraco que ayuda a empujar el carro del que se vara al lado, o el que ve un accidente y no deja a la víctima sola hasta que  llegue una ambulancia. Es el que detiene cualquier actividad que esté haciendo, por explicar muy bien una dirección a un desorientado y es el que brinda cuando tiene plata, así se quede limpio.

Es ese mismo que va a Venezuela cuando necesita que algo le salga más barato y el que pasa el puente sin sentir que cambia de país, porque Cúcuta y San Antonio son la misma vaina. Son la casa.  El cucuteño promedio es el que cambia $5000 a BsF y cuando los toma, dice “soy millonario acá” y con eso compra 2 hamburguesas, 2 perros calientes y una Frescolita, hablando veneco mientras hace el pedido y haciendo énfasis en que lo que va a comprar es un refresco y no una gaseosa.

El cucuteño promedio es este, para que lo referencien de otras maneras cuando vean uno y así no se les ocurra solo decir “ole mano, no sea toche”, con voz de retraso mental.

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