Una cuchilla a la altura de los testículos podríaformar parte de la pesadilla de todo hombre. La fuente de la virilidadcolgando vulnerable y frágil ante una filosa amenaza. Sin embargo todos,con mayor o menor frecuencia, acariciamos nuestras bolas con esas hojasde metal virulento.

 

Bueno, algunos con espíritu medieval no lo hacen.

 

Sonpocos los nostálgicos que aún prefieren el look selvático. Pero latendencia “a lo natural” ha perdido mucha popularidad, asociada a faltade higiene. Hoy la mayoría caminamos al borde del peligro pararasurarnos los testículos cada vez que se hace necesario, para dejarlosradiantes, tersos, regordetes y limpios, como culito de niño Dios. O máscomo un par de golosinas, a las que ya les tenemos comensal definida.

 

Laafeitada de las gónadas es una de las actividades que nos exigen mayormeticulosidad. Bajo la ducha, es mi momento para poner a prueba mipulso. Hay que ser un Miguel Ángel de la prestobarba. Un descuido, unresbalón, pondría en riesgo esa obra dual con las que nos dotó lacreación.

 

Además, me costó mucho trabajo desarrollar las dichosas “33 rayas en las huevas”que mi papá tanto decía que debía tener un “güevon” para independizarsey vivir solo. Como para venir a borrarme una güevonamente.Literalmente, volver a las ignominiosas 32 rayas por tener pulso demaraquero (léase pajero). O pasar a 34 con una cicatriz.

 

Si uno cuenta con suerte los testículos tiendena endurecerse como canicas, con consistencia de pelotica anti estrés.Puede pasar según la temperatura del agua, gracias a sus característicaselástico-acordeonescas. Así solo es cuestión de extender la piel suave,con cuidado y con toda la calma del mundo, para evitar volar lasmúltiples rugosidades.

 

Cuandoestán largos y distendidos, la misión se complica. La cuchilla esnaturalmente recta, y a diferencia de la barbilla, el mentón o laspatillas, aquí la piel está en el aire. No hay que confiarse nunca, ircon mucho cuidado, sin afanes.

 

Comouna partida de Jenga, ese juego de ir sacando piezas sin que sederrumbe una torre. Se va volviendo extremo a medida que avanza. Nadiequiere tener los huevos parcheados, como una colcha de retazos. Tocacubrir toda la redondez para dejarlos bien rapados, nada detrasquilones. Solo se necesita paciencia y cuidado, y al final, unoqueda orgulloso de su destapada humanidad.

 

Tampoco hay que confiar en espumas o gel para afeitar.Como bien nos enseñaron los inevitables golpes de la adolescencia(columpios, balonazos), la superficie testicular es especialmentesensible. Quizá la parte más sensible del cuerpo masculino. Y esassustancias desatan inicialmente una sensación de frescura profunda, quetermina quemando de lo frío.

 

Afeitarse las bolas es una disciplina. Porque lo que hacemos es rasurarnos las huevas.Esto no es depilación testicular. La palabra depilación se la dejo amujeres, ciclistas, nadadores, fisicoculturistas y Cristiano Ronaldo.

 

Elmejor método sigue siendo la tradicional cuchilla, a pesar del riesgoinminente. Es un bisturí a merced de nuestras manos, bajo control;preferibles ante las intimidantes máquinas afeitadoras con electricidadde por medio, problemas de precisión y dientes y hojas girando.

 

Lacera es para los que poseen alma de mártir. Tiene todos losingredientes de una tortura: abrirte de piernas delante de unadesconocida que te estirará la dotación, que seguramente estará a sumínima expresión, para luego bañarlas con cera caliente, y darte derepente un jalón impune. Te podría arrancar medio huevo. Me dolieron desolo escribirlo. Eso no es para machos, sino para sadomasoquistasdesquiciados.

 

Noestoy dispuesto a sufrir voluntariamente en nombre de nadie. No soy tanchácara. Allá las mujeres que han aceptado someterse a talesprocedimientos bárbaros, con tal de demostrar que no son el “sexodébil”. Buen negocio, si me preguntan.

 

Oque tal llegar a comprar Veet, la crema de depilación. No es solo pasarpor el momento incómodo al pagar. Entiendo que quema los vellos. Yseguro hay miles de estudios que demuestran su seguridad. Llámenmeescéptico, pero sería suicida aplicarme una sustancia corrosiva sobre mifábrica de espermatozoides.

 

El laser tampoco es una opción. Una rasurada de huevasno amerita dedicarle una tarde entera. Las huevas no ameritan serexpuestas a rayos de ninguna clase. No es un asunto de temor al dolor:uno puede argumentar además que ese método de corte metrosexual es partede la agenda secreta internacional para aumentar la población gay,denunciada por Huevo Moráles cuando descubrió lo de las hormonasfemeninas inyectadas en los pollos.

 

Pormás agresiva que parezcan las navajas de afeitar, son las más amigablescon el medio testicular. Dejan a ras las chácaras, les devuelven añosde juventud. Pero el precio que cobran es alto. Esos pelos estaban ahípor algo, y removerlos estremece los cimientos del funcionamiento denuestro organismo. La afeitada trae consecuencias insospechadas. La travesía apenas comienza.

 

Un hombre puede olvidar la primera vez que se rasuró las pelotas, pero nunca olvidará las semanas siguientes. Una historia de sacrificio y pasión,para lograr que la próxima comensal de ese par de golosinas lasencuentre limpiecitas y bien servidas para su deleite. Puesto que losvellos púbicos, esos arbusticos ensortijados que llamamos ‘pendejos’,siguen y siguen creciendo. Y se abren paso entre llamas.


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