Nunca comprendí por qué se usaba la expresión ‘el verga herida’ para describir el máximo grado de realización de un individuo, hasta que la viví. O más bien hasta que la encarné, descarnadamente. 

Fueron días dolorosos, sin sentido, con la picha incapacitada. Hoy entiendo que atravesaba una dura ceremonia, que me consagraría como un genuino morboso. 

Antes de vivirla, no me quedaba claro cómo un tipo con el pene lastimado, desvencijado, era considerado el exponente supremo de la virilidad masculina, contrario a lo que dicta la lógica básica. Porque el epíteto ‘verga herida’ era comúnmente usado en el colegio y la universidad para referirse a aquel que sobresalía por encima de sus pares en cualquier ámbito. Un genio, un crack, un fenómeno, básicamente alguien que no es la mondá sino la remondá. Aunque a veces se empleara irónicamente, era una especie de sinónimo del chivo que más mea, el papá de los pollitos, el twittero que más retuitean, el Diomedes del rancho, el Supersaijajin 4 fusionado con kaioken encima, el Nairo Quintana de las colinas de Sucul, el Real Madrid contra Millonarios, el mejor entre los mejores, el Chávez entre los Evos y Correas, el Santos entre los Roys y los Simón Gaviria, el Chuck Norris en el Desafío 2014. 

¿Por qué un miembro menoscabado funciona como símbolo de honor? Todo cobra sentido cuando te pasa. Porque no fue que nadie me dijera: eres la verga herida; sino que sufrí sendas lesiones, arañazos, cortes, en la cabeza de la mondá. Y no hay otra forma legítima de padecer tales daños, más que en el campo de batalla de una entrepierna palpitante. Luego de arduas y extensas conflagraciones que hacen desaparecer el tiempo en una nube de polvo y más polvo. El arma resiste, pero tarde o temprano se empieza a resquebrajar. No está muerto quien pelea, y la katana de carne sigue peleando hasta el final, dispuesta a atravesar todas las veces que sea necesario a su némesis. Pero es traicionera, inmortal, y sus labios apenas se florean en una especie de sonrisa receptiva, monalisesca. Así que el tubo cae lastimado, tras luchas espasmódicas de proporciones épicas, como ‘La entubada de los mil días’. Esas que se propinan durante fines de semana enteros sin contestar el Whatsapp.

El Verga Herida es quien ha hecho realidad esa supuesta exageración de darles verga hasta el cansancio.

Y las laceraciones genitales no son más que cicatrices de guerra para portar con orgullo. Recuerdo vivo de las disputas en que la dejamos jadeando, desvanecida en la cama, con el impulso de joder neutralizado casi por 12 horas. Las heridas son símbolos de valentía, de un pene guerrero y sin temores; las cicatrices son marcas de campeón en ese hoyo. Has estado en una pelea de gallos, y saliste victorioso aunque duela.

Las heridas también se pueden presentar por malos manejos y falta de pericia para el sexo anal. Bien sentencia la sabiduría popular que: “Chiquito no es el culo, chiquita la verga que cabe en el culo”

En todo caso, después de mucho culear, la naturaleza te obliga a un tiempo de abstinencia, serenidad y reflexión. A las malas. Necesario para recargar las bolas. Claro, con el roce continuo la piel se va desgastando. El sexo bueno duele, es intenso, deja huellas. El universo busca su equilibrio, y por otro prodigio de la naturaleza, este tipo de convalecencias mondacales llegan en el justo momento en que a ellas les vuelve la menstruación. Armonía total, ni tú puedes ni ellas, y probablemente tampoco quieran.

Después de las sanguinarias rasgaduras sexuales, hay que concentrarse en la recuperación. Son días en que la arrechera se acumula. Las erecciones vuelven a ser incontrolables y súbitas, como en los mejores días de la paja adolescente. Ya al quinto día, la vemos como la actriz porno que no es. Y solo un besito en el cachete nos la para. Todos felices.

Pero hay un problema. Los tajos en nuestra piel más sensible pueden tardar en sanar, más cuando te revientan el delgado y frágil pellejo que une al glande con el tronco en la parte posterior, y que lleva el muy hijueputa nombre de frenillo (ya antes les he solicitado amablemente que perdonen la vulgarimondá fortuita en esta verga). Además, es casi imposible que el Verga Herida y su pareja dejen el pene intacto por unos días, en absoluto reposo como se debería hasta que esté completamente curado. Tarde o temprano, en una amanecer o una noche de bebida empiezan los juegos, los toqueteos que interrumpen la sanación.

El órgano viril anda quebradizo como un cristal. Una pelada repentina arde como jabón en el ojo. Ni hablar de que en un arrebato lo abran cual Bon-Ice, y dejen el prepucio igual que la bolsita plástica, agrietada, partida.

En esos días de lenta recuperación y abstinencia forzada, es cuando el pene le canta:


En estos momentos ponerla a lamer con suavidad y a chupar es esencial, gracias a las propiedades curativas que me gusta atribuirle a la saliva femenina. Claro, con la mayor delicadeza posible, para que el remedio no resulte peor.

Porque entrar en estado ‘Verga herida’ le pasa a gente muy morbosa. Gente para la cual es una tortura reprimir su lujuria. Lo cual lleva a pensar que ser morboso, y consumarlo con todo placer, es un ideal, el deber ser para muchos que identifican esta expresión con ‘lo mejor de lo mejor’. Ser un consagrado ocho polvos paga y confiere reputación, aunque el precio sea pasar días dolorosos aguantando ganas.

Evite provocaciones. Anda con los testículos rebosantes, y es fácil ceder ante interrogantes que se volverán obsesivos, como “¿Qué pensará de nosotros ese jopón, pon?”. Así, enrojecido, un poco inflamado pero rígido. Hinchado y como blindado, anestesiado, seguro terminará envalentonándose. “¿Y si le meto solo la puntica?” “¿Será que voy pa esa, la popular dolorosa?”.

Entonces tenga, a recordar esa vez que estuviste con una virgen. Tas. Porque algo se reventó, solo que esta vez, fuiste tú. La herida se reabre como penitencia por el exceso, cada vez que creas que ya estás recuperado aunque hayan pasado solo un par de días. Una y otra y otra vez, en la medida de la impaciencia libidinosa. 
Al cuerpo no entiende de orgullo ni de las cicatrices que lo despiertan, sigue su instinto: quiere volver a penetrar sin restricciones, descargar sus ráfagas de nuevo, y se para sin piedad ante la cercanía del calor subichal, aunque parezca malherido. El ciclo morboso de reventadas puede prolongarse por más de un mes.

Eso también explica la admiración que busca expresar ese adjetivo calificativo. El Verga Herida es, a nivel íntimo, el más valiente de todos los hombres. Aquel que ha culeado tanto que se la revienta, pero que está dispuesto a sacrificarse, a sufrir un poco, con tal de seguirla metiendo. Un guerrero del placer, comprometido con la raza. Un héroe, que clava aún con la picha adolorida, y en silencio. Un ejemplo inspiracional. La resistencia.

Es importante mencionar algo sobre el Verga Herida antes de concluir. La expresión alude a una figura casi mítica, porque nadie confiesa nunca que anda por ahí con el tubo pelado, buscando echarse crema dental o un ungüento chino para sanarse. Es una especie culeador legendario, cuya existencia nunca se comprueba. Solo un espantajopo andaría contando eso de tener el pene maltratado, o un bloguero, que es como lo mismo. Así que nadie sabe si un familiar o amigo tiene, o ha tenido, la trola de verdad lesionada por exceso de uso. 

Eso añade otro matiz: un Verga Herida es un man tan la mondá, que no necesita decirlo. Simplemente es la mondá, aunque permanezca en reposo.

Por algo, la expresión tradicional completa es: Ando con la verga herida, y en llamas.



Vergonymous no estaba muerto, estaba fornicando.
Espere la próxima semana una nueva entrada:
Con regla haciendo el amor

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