Hace diez años que vivo en Santiago de Chile. Como es lógico, desde que llegué han (y me han) pasado muchas cosas. Me he tenido que acostumbrar a tantas otras más y he visto, oído y leído mucho,  y he recorrido muchos lugares, y he conocido muchos objetos y personas. No todo cabe acá, ni todo es relevante, pero de entrada he seleccionado doce estampas y postales que hacen más representativa esta ciudad y este país. No vienen solas, claro, las acompaña alguna que otra anécdota. Espero que disfruten leyéndolas tanto como yo escribiéndolas.


I

Cada vez que me preguntan por la dictadura chilena, me encojo de hombros y me quedo callada. Con el tiempo he aprendido que el tema es delicado y que uno, sea lo que sea lo que piense, ofende por igual a comunistas y a fachos. La verdad es que cuando pienso en una dictadura, en cualquier dictadura, me miro las manos y digo que es esto: la pelea de una por usurpar el poder de la otra.


El domingo 10 de diciembre de 2006, no recuerdo cómo, seguramente por la televisión, anunciaron que Augusto Pinochet había muerto. Ese día se sucedieron informes desde Plaza Italia (el límite entre el barrio Providencia y el Centro de Santiago), desde el Hospital y la Escuela Militar y otros sectores de Santiago. Mientras en los recintos militares los pinochetistas lloraban la partida del dictador y celebraban, ante las cámaras, sus múltiples virtudes, en la Plaza Italia cientos de personas celebraban su muerte. Lo estoy contando tal como lo recuerdo. No he querido revisar mucho en internet lo que pasó ese día, lo estoy sacando de mi memoria porque no me cuesta rescatarlo de ahí. Los festejantes descorchaban botellas de champaña y gritaban felices porque el dictador se había ido. Muchas personas, en tono lúgubre, se declaraban impotentes ante la muerte de Pinochet: se fue sin pagar por ninguno de sus delitos. Excepto el intento de condena que hizo el juez Baltazar Garzón, ningún tribunal nacional o internacional lo condenó por los crímenes que se cometieron en su dictadura. Ver todas esas personas celebrando su muerte me convenció, en una extraña epifanía, de que asuntos tan opuestos en política como las ideologías de izquierda y de derecha - las más recalcitrantes sobre todo- , se parecen en lo más esencial: para nadie es un secreto acá que los militares más sádicos también festejaban a cuenta de los muertos y desaparecidos en la época de la dictadura. 

Y cuando digo que se parecen en lo esencial también me refiero a esto: siempre he creído que quienes toman el poder a la fuerza con la proclama de salvar a una sociedad de la decadencia -Pinochet- , comparten la misma vanidad de quienes lo tomaron por la vía democrática con la misma intención. Todos querían ser héroes y cada lado vivió, a su manera, las consecuencias de la heroicidad. 

II


El lunes 11 de diciembre de 2006, yo estaba cumpliendo un encargo de mi trabajo de esa época, en pleno centro de Santiago. Me paré en un quiosco, a curiosear los diarios, y me llamó particularmente la atención La Tercera: el diario entero dedicado a Pinochet, «especial de 68 páginas». Me pareció un documento histórico, aún sin saber si ese especial era bueno, regular o malo. Todavía lo conservo. Tiene un lugar especial en mi biblioteca, junto a los libros que he comprado durante todos estos años y que de una u otra forma hablan de los 17 de dictadura militar. Esa noche, en mi casa, extendí el diario en la mesa del comedor y busqué a tientas qué me podía llamar la atención. Había de todo, claro, análisis políticos, económicos, sociales. La muerte de Pinochet marcaba el final de algo, tal vez de una época muy oscura para Chile. Me detuve en algunas fotos y luego en un dossier de varias páginas «Pinochet de la A a la Z»; se trataba de sus frases más importantes, pronunciadas en distintas épocas. En 1988, por ejemplo, demostrando que su cinismo no tenía límites, dijo: «Aquí hay democracia: la gente va donde quiere, lee lo que quiere y dice lo que quiere». En 1991, cuando le informaron que se habían exhumado tumbas con hasta dos cadáveres: «Qué economía más grande». En 1994: «Tengo 60 años en la Institución y no he conocido la alegría de vivir.» (con razón…) Y en 1995: «Yo no conozco eso de los derechos humanos. ¿Qué es eso?». Supongo que había espacio para el humor en su discurso, o eso creía él: «Esto no ha sido nunca una dictadura. Es una dictablanda».

Leí todas las frases, incluyendo una de las más famosas, cuando lo interrogaron por la Operación Colombo: «No me acuerdo, pero no es cierto. No es cierto y si fue cierto, no me acuerdo.» Solo dos frases subrayé porque me parece que, aún a pesar de haberlas dicho un tipo tan nefasto, son verdaderas:

En noviembre de 1995, dijo: «El marxismo cambió de cara, pero nunca de idea», y en septiembre de 1998: «Siempre van a recordar el 11 como una fecha que es parte de la historia del país (…) aquí nace un nuevo Chile y es el que hoy tenemos». 

Para bien o para mal, esto último fue así. Es así. 


III


Nunca he podido admirar a Salvador Allende. Muchas veces, andando cerca de La Moneda, me he detenido frente a su estatua que siempre está llena de flores -hoy en día no, porque todo ese sector aledaño a La Moneda está cercado por las obras de mejoramiento del Proyecto Bicentenario-. Supongo que sus seguidores ven una catástrofe en el recuerdo del 11, porque además de conmemorarse la entrada bárbara de los militares al poder, también se recuerda la muerte de Allende, el hombre que soñaba con que se abrirían nuevamente las grandes alamedas para ver pasar al hombre libre. A pesar, incluso, de ese sentido discurso, nunca he podido admirarlo. Lo que iba de su gobierno, para cuando decidió rendirse ante los militares sublevados y suicidarse sentado en el sillón de terciopelo roho del Salón Independencia de La Moneda, no tenía a Chile precisamente en su mejor forma. Decirlo, tal como lo acabo de hacer, hiere todas las sensibilidades políticas.


 

He estado con comunistas y socialistas que sobrevivieron a esa época. He oído, con respeto y solidaridad por su dolor, las historias atroces que cuentan. He visto una y otra vez las imágenes del bombardeo a La Moneda, los Hawker Hunter sobrevolándola y lanzando misiles; he escuchado, 11 tras 11, la voz chillona de Pinochet en las comunicaciones por radio que mantuvo ese día con sus aliados. En una de tantas, le preguntaron si mantenía en pie para Allende la propuesta de dejar el país, y Pinochet responde que sí, pero que el avión se caiga apenas vaya volando. Ya perdí la cuenta de los testimonios, fotografías, archivos, investigaciones que he leído, llamada por la curiosidad acerca de una época que marcó por completo el futuro de un país. 

He vivido cerca del Estadio Nacional, uno de los lugares preferidos por la dictadura para torturar; vivo a unos pasos de Londres 38, otra casa de torturas, y muy cerca de La Moneda. Varias veces me he parado frente a esos lugares, imaginándome cómo habrían sido por ese tiempo. Muchas veces, cuando voy por Londres 38 y piso los adoquines inscritos con nombres de personas que fueron torturadas en esa casa, soy consciente de algo perturbador: estoy en el futuro de Chile. De intrusa, sin duda, de metiche. Pero estoy viendo una casa que ahora es un museo para recordar un tiempo pasado, y no un lugar de vejación. No deja de ser angustiante pensarlo en términos de poderes: estoy en el futuro sueño roto de Allende y a la vez en el futuro sueño cumplido de Pinochet -y de los militares que junto a él forjaron el Golpe-. La discusión interna, en todo caso, la zanjé hace mucho tiempo: me niego a admitir que más de tres mil personas fueron torturadas y asesinadas, y otras tantas desparecieron, en 17 años de dictadura, solo con el propósito de mantener vivo un rencor venenoso; no encuentro forma más denigrante para recordarlos. Y también me niego a admitir que estoy disfrutando de las consecuencias de un proyecto de país pensado por un megalómano de voz chillona; de lo que Milton Friedman llamó -e indirectamente ayudó a gestar- el «milagro chileno». 

En todo caso, «algo» me dice siempre que estoy equivocada

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