I. Líneas desalineadas
El metro de Santiago tiene 5 líneas en total, numeradas así: Línea 1, Línea 2, Línea 4, Línea 4A y Línea 5. Las líneas 3 y 6 están en construcción y se prevé su puesta en servicio para 2016 y 2018 respectivamente. Es inexplicable, si tenemos en cuenta que el metro fue inaugurado en 1975, por qué se tardarán cuarenta y un años en construir la Línea 3 y por qué saltaron olímpicamente dela 2 a la 5, puesto que la 4 es posterior a ambas. Intenté averiguar una posible explicación pero  no hay nada. Todo está en la nebulosa de aquel —¿o aquellos?— que jugó —¿o jugaron?— a alterar el orden de los números de las líneas del metro. Solo tengo algo para decir: en un mundo tan cuadrado, chapeau! por él —¿o por ellos?—.

El metro es un lugar excepcional. No me considero una voyeuse, pero en el metro sí lo soy. El metro tiene cierto poder sobre los que lo usamos, un poder que muy probablemente no tenga otro medio de transporte público y que me pone alerta —aunque disimule muy bien ese estado de alerta — sobre lo que pasa a mi alrededor. Cuando comenzaron a proliferar los teléfonos inteligentes, pensé que el metro dejaría de ser entretenido: los vagones se atestaron de personas que dejaron de conversar en voz alta, de mirar por la ventana, de vivir, para agachar la cabeza sobre la pantalla del celular y teclear sin cesar. Claro que esa también es una forma de comunicación, pero no me dice nada a mí, que me he obsesionado con recolectar historias mínimas de lo que veo mientras viajo. Aún así, mi colección de mirona no se vio tan afectada. Me preocupé de ponerles fecha a todas las historias y de escribirlas en un cuadernito. Acá van algunas.


II. El amor y la envidia. Línea 5. Dirección Vicente Valdés. 2005

Foto: Manuel Alejandro Bonilla V.
Foto: Manuel Alejandro Villalobos


Me subo en la estación Baquedano, que también tiene conexión con la Línea 1. En el mismo vagón en donde yo voy, van dos chicas muy jóvenes, muy bien trajeadas y maquilladas. Pelos muy lisos y pestañas larguísimas. Pienso que su trabajo es de esos que exigen «buena presencia», si es que trabajan. Una de ellas tiene en el rostro y en los ojos rastros de haber llorado mucho. Silenciosas las dos. El vagón no va muy lleno y las estaciones en donde vamos parando están despejadas. Esta línea del metro tiene la particularidad de que a partir de la estación Rodrigo de Araya deja de ser subterránea y se mueve “por encima” de la ciudad. En la estación siguiente a Rodrigo de Araya, se sube una pareja también muy joven, unos novios muy enamorados, porque no paran de besarse. Cuando el metro no va tan lleno, los novios suelen pegarse a la pared del vagón que mejor se acople con sus cuerpos y es increíble cómo siempre la encuentran. Así estuvieron por dos estaciones los novios besucones, sin duda abstraídos por el amor, sin darse cuenta de su entorno. La chica de los ojos llorosos empezó a llorar y a sollozar quedito. Era evidente que le molestaba ver todo ese amor en la otra esquina. Su amiga la consolaba como podía.

—Qué horror, amiga, me da es como envidia. Qué miedo de mí —confesó de repente la chica llorona.

A la amiga le dio risa. No lo pudo evitar.

—¿Nos bajamos mejor en la que sigue? —le dijo la chica llorona, sin reír. Su amiga asintió.


II. La muerte. Línea 1. Dirección Los Domínicos. 2011.

Miguel, mi mejor mitad, había muerto hacía unos días solamente. Yo iba hacia la estación Pedro de Valdivia por uno de esos trámites inevitables que se tienen que hacer aunque uno no quiera. Antes de entrar al andén, una señora apareció de la nada y por sorpresa, y me puso en las narices un folleto de la funeraria "Parque del Recuerdo". Porque cuando la vida te hace chistes, siempre son de humor negro.


III. La pena de amor. Líneas 1, 2 y 4. Direcciones Los Domínicos, Vespucio Norte y Tobalaba, respectivamente. 2012. 

Foto: Manuel Alejandro Villalobos


Si esto fuera un estudio estadístico serio, de mis diez años de coleccionista de historias de metro, el 2012 fue sin duda el año de la pena de amor vagabundeando por andenes y vagones. En las líneas 1 y 2, vi a dos chicas llorar desconsoladas, con el celular en las manos temblorosas, el cuerpo vibrando. Digo yo que lloraban por penas de amor, no lo sé. La intuición me lo dice así. Lo gracioso de estas situaciones es que normalmente los asistentes de andén del metro, cuando te ven llorando desconsolada en una esquina del andén, se te acercan a preguntar qué te pasa, qué necesitas, si estás bien. Es un momento muy incómodo, sobre todo si de lo único que uno tiene ganas es de mandarlo todo a la punta del cerro, y más allá incluso.

Sin embargo, la historia que más me llamó la atención fue en la línea 4. El andén estaba prácticamente vacío y tan solo había un hombre de unos cincuenta años, sentado esperando el metro. Era domingo y por lo tanto la frecuencia estaba lenta. Me senté a su lado, pero dejando una silla de por medio. El tipo estaba pálido, los brazos apoyados sobre los muslos, mirando lelo su celular con la pantalla en negro. De repente el celular sonó. El tipo lo contestó, suplicó, rogó, afirmó, renegó, pidió perdón y compasión. Cortó. Se metió el celular en el bolsillo de su camisa. Se agarró la cabeza con las dos manos y comenzó a llorar desconsolado, hipando, se tocaba el corazón y se agarraba otra vez la cabeza, mientras se preguntaba muy bajito ‘por qué’.


IV. El espejo. Todas las líneas. Todas las direcciones. Todos los años. 

Cuando las puertas del metro se cierran en frente de nosotros, lo que queda es el espejo, más nítido si el metro va por el túnel, menos si va en superficie, pero nos refleja igual. A las ocho de la mañana la expectativa. A las ocho de la tarde el cansancio infinito. Una mañana de sábado iba muy triste camino a ver a un amigo muy querido que viene más bien poco por Santiago. Cuando la puerta del metro se cerró y vi la cara de derrota con la que le iba a dar la bienvenida, me pareció injusto con él. Lo recogí en su hotel y lo llevé en metro hasta el Mercado Central. Las puertas se cerraron para formar, otra vez, el espejo que esta vez nos reflejó a los dos. La metáfora de la vida ideal, pura y sobre ruedas: si una puerta se cierra, que lo pille a uno bien acompañado, aunque la compañía tal vez dure solo unas pocas estaciones más.  

*********

Nota: Las fotos maravillosas que acompañan este texto son de Alejandro Bonilla Venegas, fotógrafo chileno, especialista en “fotografía callejera”. Un lujo contar con su colaboración que agradezco muchísimo. ¡Síganlo en Twitter! @manuelvb y también pueden disfrutar de su trabajo en flickr.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

Contenido relacionado