Eran las 6 de la mañana y ya estaba sentado en el avión listo para despegar. Eso representa haber llegado al aeropuerto a las 5 am, lo que quiere decir haber salido de la casa a las 4.30 am, lo que significa despertarse a las 4 am, lo que supone haber dormido poco para entablar una carrera en medio de la madrugada contra el tiempo.

El vuelo estaba planificado para llegar a las 8.30 am a Nueva York y poder así estar en la oficina a las 9 am para comenzar con las labores de una nueva semana de trabajo.

Todo listo con la jornada, avión que aceleraba, nave que se levantaba de la pista y justo en ese momento algo no rutinario sucedió: un inmenso temblor se apoderó del avión haciendo que todas las puertas de los compartimientos se abrieran abruptamente. La vibración extrema duró varios segundos y desapareció cuando el Boeing 737 dejó de tener contacto con el suelo, aunque un sentimiento de extrañeza quedó rondando por los pasillos de la máquina .

Aproximadamente 10 minutos después, el piloto habló y comentó que habíamos sufrido un percance al decolar, y que las llantas se habían estallado, que tocaba devolverse a Miami para comenzar el protocolo de aterrizaje de emergencia.

En ese momento explotaron los sollozos, los llantos y las reflexiones vitalicias.

Definitivamente un aterrizaje de emergencia, era una manera exótica y poco usual de comenzar el día.

El capitán anunció que daríamos vueltas por 45 minutos para descargar y eliminar el combustible, pero esos minutos se convertirían rápidamente en toda una eternidad y la película de la vida comenzaría a rodar a toda velocidad por la mente y los corazones de muchas personas.

Invadido por un miedo silencioso, la jefe de tripulación se me acercó y me dijo que quería que fuera un voluntario para el aterrizaje de emergencia.

Nos llevó a 4 pasajeros al frente del avión y nos dijo que en caso que ella muriera o quedara inconsciente con el golpe, nosotros nos encargaríamos de la evacuación, de abrir las puertas y de activar los rodaderos inflables para la salida.

Terminada la rápida lección volvimos a sentarnos y el capitán anunció una prueba de aterrizaje para probar el protocolo y la maniobra sin llantas.

Así se hizo, y al intentarlo vimos a lado y lado de la pista que ya nos esperaban los bomberos, las ambulancias y las patrullas de policía Finalmente después del ensayo el piloto decidió lanzarse, lista la tripulación, preparados los pasajeros y atentos los voluntarios.

Nos pusimos todos en posición de emergencia como en las películas y pocos segundos antes del aterrizaje tuve un reflejo autómata al comenzar a tocarme con las manos todo el cuerpo, imaginando que posiblemente podría ser la última vez que me pudiera sentir. Se acercaba el momento, pensé en mi esposa, 5 segundos, en mis hijos, 4 segundos, en mis padres, 3 segundos, en mis hermanos, 2 segundos, en mi familia y en todos los que quiero, 1 segundo, cerré los ojos, me apreté y sentí un golpe durísimo que nos disparó hacia el techo. La presión bajó al sentir que ya el avión se deslizaba en tierra, levanté la cabeza, dejé de morderme los labios y vi a la jefa de tripulación viva, consciente y al comando de todo, quien con el dedo pulgar me hacía un guiño de "todo bien". Respiré profundo, el avión se  detuvo, abrieron las puertas y todo el mundo salió inmediatamente por los toboganes hacia los carros de bomberos.

Pasó el susto.

Fueron instantes de fragilidad e incertidumbre donde desaparecen completamente todos los problemas laborales, personales, económicos y profesionales. Fue como purgarse espiritualmente.

Días después de lo sucedido estoy más agradecido que nunca con la vida, con lo que se ha logrado y con lo que no, pero sobre todo con lo que se tiene al frente por hacer.


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