A una hora de Cúcuta, después de la entrada de los pueblos de occidente, queda lo que aún en el mapa de Norte de Santander figura como el municipio de Gramalote. Un pueblo que no conocí cuando estaba vivo pues en diciembre del año 2010 comenzó a destruirse por las fuertes lluvias de la temporada.

De camino, por la carretera que está pavimentada solo por partes, habita una gran valla publicitaria que recibe a los que visitan su municipio: “Bienvenidos a Gramalote”. Luego, hay que transitar por lo menos unos quince minutos en auto por un pequeño camino para llegar a las ruinas. 

Hay Guayacanes de flores rosadas, montañas inmensas, árboles altísimos y albergues que reciben a los damnificados que dejó el desastre natural. El camino es agradable, solo lo complican los desniveles marcados en el asfalto que quedaron cuando empezó a moverse la tierra.

Unos quinientos metros antes de llegar al parque principal, empieza el paisaje de escombros. No hay casas que no estén destruidas, no se ve a nadie cerca, de vez en cuando pasan carros que van hacia otro municipio cercano. Ya no quedan personas que cuiden sus terrenos, solo un perro que agita la cola con alegría cuando ve a alguien pasar y entre lloriqueos y saltos les lleva a lo que quizás fue su casa.

A mano derecha había una edificación grande. Tal vez una cancha de la que se destruyó toda la parte superior y solo quedo la base donde se asoma un corazón en llamas que dice: “En vos confío” como si la naturaleza quisiera echarle en cara a los gramaloteros que su pueblo se les vino encima y no hubo dios que los alentara. 

El clima es cálido, hay cactus, girasoles y arbustos que solo se producen en tierra caliente. Da una sensación de que el pueblo arde, como si fuera un pequeño infierno de muros y techos caídos. El sol del medio día parece que amenazara con incendiar los maderos que sujetaban las láminas de los techos.

Ya casi llegamos al parque. Ochenta metros antes está lo que un día fue la estación de policía, con tres niveles. Las paredes tienen inmensas grietas por las que pasa la luz. Las habitaciones están solas, no hay ni un indigente que las habite. Por todas partes hay trozos de vidrio rotos, pequeñas rocas de concreto, hojas de archivos y la tapa de una carpeta de “Department of Justice” norteamericana. 

Lo que un día fue una gran fortaleza con hoyuelos laterales para vigilar los alrededores, hoy es una pobre imitación de La Torre de Pisa hecha por la naturaleza. Caminar dentro de ella produce nauseas, parece que el cuerpo automáticamente estuviera diseñado para transitar solo por zonas planas. Es como si se caminara en el Titanic mientras se hunde de un lado.

El parque, tiene un pequeño kiosco pintado de azul, blanco y rojo. Grandes palmeras que por alguna razón  siguen ahí sin moverse y que tienen mensajes escritos como “Gracias Gramalote por los momentos felices”. La grietas en el suelo son grandes, de al menos unos treinta centímetros.  Desde allí se ve la desgracia en todo su esplendor, es un lugar Dantesco.

Al frente, como en casi todos los pueblos de Colombia, queda la iglesia que ya no tiene feligreses ni bultos de santos. Solo con levantar la cabeza se ve un campanario que se balancea al ritmo del viento y tiene una grieta inmensa que lo divide en dos al igual que a la única entrada que sigue en pie.  

Aún quedan grandes y gruesos muros que amenazan con caer encima de los curiosos que entran a ver. A los lados resteros abiertos, aunque la mayoría yacen vacíos, desde uno se asoma una calavera llena de historia, porque ella y los huesos que están a su lado son los únicos que sin temor están dentro del templo y lo ven terminan de caerse de a pocos. 

Hay cajones pequeños, como de bebes; ángeles rotos y flores tiradas en el suelo, aplastadas por los tablones y tejas que les cayeron encima. Hay polvo, soledad, miedo y zozobra porque desde adentro se ve mucho mejor como sigue tambaleándose el campanario, al ritmo del viento, de atrás hacia adelante. 

Al fondo la cúpula que quedaba sobre el altar espera intacta, en ella hay una imagen pintoresca de Jesús con sus ángeles afeminados y sus brazos abiertos, como intentando generar confianza al que pisa su terreno.

Los gramaloteros desde la tragedia comenzaron a buscar refugio en otros lugares y Gramalote quedo solo. Hoy solo es un pueblo fantasma


 

 

 

 

 

 



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