Un manto de duda pesa hoy sobre el trabajo de José Alejandro Castaño, reconocido con media docena de premios, entre ellos el Casa de Las Américas de literatura testimonial, el Rey de España y varios Simón Bolívar. La primera parte de dicho manto la tejió Mario Jursich con un artículo publicado en la edición de febrero de 2.011 de la  revista El Malpensante, de la que es uno de sus fundadores y el actual director, y en la que acusa a Castaño de ser deshonesto. La segunda parte la tejió el periodista antioqueño Joaquín Botero quien suscribió a lo dicho por El Malpensante y reveló un nuevo inventario de acusaciones en un artículo titulado "De Castaño a oscuro" que publicó el medio virtual La Silla Vacía, el 13 de noviembre de 2.012. Este artículo tuvo gran difusión y convirtió a muchos periodistas serios y respetables en jueces y adalides de la moral. Algunos de ellos, que por escribir o trabajar en medios importantes son ya de por sí generadores de opinión, tuitearon el artículo de Botero calificándolo como «grandioso retrato» y señalaron su trabajo como «prontuario» (ver adjunto).

Botero dice en su texto de La Silla Vacía: 

«En la Universidad de Antioquia, donde compartí clases con Castaño, nos enseñaron que el periodismo debe basarse en la realidad. Ahora pienso que si un texto contiene un 99 por ciento de hechos y el uno por ciento de ficción, se convierte en ficción». 

Pregunto: si demuestro que lo dicho por Joaquín Botero en su texto que se presume periodístico es falso, así sea tan sólo en uno por ciento: ¿su texto se transformará en ficción? 

I: LAS ACUSACIONES

1."EXPULSADO". Dijo El Malpensante en febrero de 2.011: «En todo caso, ese fantasma, el de la invención de datos y fuentes, ha perseguido a Castaño desde tiempo atrás y ya le costó una vez la expulsión de un periódico.»

Joaquín Botero se prende de esa afirmación ya publicada y le agrega: «El Malpensante dijo por fin lo que iba de boca en boca entre periodistas y que ningún otro medio había hecho público».

Para febrero de 2011, fecha de publicación del texto de El Malpensante, José Alejandro Castaño había trabajado en los siguientes periódicos: El Colombiano, de Medellín; El País, de Cali; El Heraldo, de Barranquilla, y El Tiempo, de Bogotá. 

Hay que aclarar dos cosas: la primera es de qué periódico fue expulsado Castaño, porque ni El Malpensante ni Joaquín Botero especifican el nombre de dicho medio. También que «expulsión» significa que un trabajador, con bulla o con disimulo, fue despedido por uno o más de sus jefes debido a que estos tienen pruebas (y no sospechas) de la falta en la que incurrió el trabajador despedido. Y en esta oportunidad cabe aclarar algo más: ninguno de los dos textos acusatorios enlazan una sola prueba que demuestre que lo dicho por ellos es cierto. 

Conversé en cada uno de esos periódicos con fuentes idóneas para que me confirmaran si Castaño fue expulsado por malas prácticas periodísticas. En El Colombiano contacté a Francisco Jaramillo, jefe de redacción de la época en cuestión; a León Jairo Saldarriaga López, editor del área política; al reconocido periodista Carlos Alberto Giraldo, y a la directora del diario en ese entonces, Ana Mercedes Gómez Martínez.  En El País contacté al periodista Jorge Enrique Rojas, quien trabajó de cerca con Castaño, y a Francisco José Lloreda, uno de los accionistas y entonces director de dicho diario, ahora Alto Comisionado para la Seguridad y Convivencia Ciudadana del Gobierno Nacional. En El Tiempo, Castaño entró a trabajar por invitación de Luz María Sierra, en ese entonces jefe de redacción de dicho periódico y actualmente editora general de la Revista Semana. La contacté a ella y también a otro de los jefes de Castaño, Andrés Mompotes, actualmente subdirector de información de ese mismo diario.

Todas las personas que mencioné afirmaron en sus respuestas que Castaño no fue expulsado y que su trabajo nunca tuvo cuestionamientos relacionados con la veracidad de sus fuentes y datos. En El Colombiano, el retiro además de ser voluntario fue muy cordial, con una despedida que incluyó torta y helado. En El Tiempo, la jefa de Castaño, Luz María Sierra, le «rogó» que se quedara. 

En El Heraldo la historia incluso es bien conocida y se resume así: Castaño llegó para crear el suplemento popular del diario, ‘Al Día’, y debido al éxito sin precedentes que tuvo, fue llamado a ser editor general del diario mayor, El Heraldo, por lo tanto él siempre tuvo cargo de jefe. Se fue por desacuerdos con el consejo directivo. Lucía Robles Luján, jefe de redacción de ‘Al Día’ durante el tiempo que Castaño trabajó allí, afirma que es falso que se haya puesto alguna vez en tela de juicio la veracidad de sus textos. Además de Lucía, contacté al director del diario en esa época: Gustavo Bell Lemus, quien también fue vicepresidente de Colombia. Bell Lemus afirma que nunca escuchó que se cuestionara la veracidad de su trabajo y me confirmó que su paso a El Heraldo se debió al éxito de ‘Al Día’.

Otra fuente que me pidió estricta reserva y no ser mencionada, me advirtió que pocas personas me hablarían en El Heraldo, puesto que Castaño salió de allí por querer corregir situaciones que, a su juicio, ameritaban un cambio. Al no llegar a acuerdo con el consejo directivo, este no le renovó su estatus de editor general.

Otro asunto que Joaquín Botero cuestionó fue la entrevista anónima que le hicieron a Castaño, poco tiempo después de su salida de El Heraldo y que fue publicada por El Malpensante en Julio de 2.009. Botero se pregunta: «¿Cómo puede ser posible una entrevista anónima?, ¿por qué el entrevistador no da la cara si el entrevistado es tan franco y lúcido?, ¿son la misma persona?». Habría que precisar que no hay razón por la cual sea imprescindible la firma del entrevistador en una entrevista, puesto que lo importante es la fuente, que finalmente brinda la información. En cualquier caso, Castaño no se entrevistó a sí mismo para luego ‘lucirse’ en El Malpensante. Esa entrevista la hicieron personas que estaban y aún están vinculadas a El Heraldo, porque querían dejar constancia de lo que tenía por ex editor general acerca del periodismo y de su trabajo tanto en Al Día como en El Heraldo. Sin embargo, las personas responsables de esta entrevista pidieron conservar el anonimato porque las respuestas de Castaño comprometían sus puestos de trabajo. José Alejandro se negó a revelarme sus nombres y hasta hoy los mantiene en resguardo.

En la entradilla de la entrevista publicada por El Malpensante se lee claramente que esta circuló primero en Internet, a través de Red Caribe. Pero hay más: Castaño estaba de viaje, se había olvidado de la entrevista que circulaba por ahí, cuando encontró, el 07 de Julio de 2009, un correo de Mario Jursich con el siguiente asunto: «Desesperadamente buscando a José Alejandro». En dicho correo, el director de El Malpensante es quien solicita la entrevista y coordina los detalles para su publicación.
  
2. AMAGÁ. Joaquín Botero dice: «En junio de 2010 (José Alejandro Castaño) escribió para Semana una crónica sobre la tragedia minera en Amagá. Pero Castaño nunca estuvo allí.»

Resulta que Botero investigó con personas que estuvieron de principio a fin en el cubrimiento de la tragedia y tres dijeron no haberlo visto. Eso, se supone, es suficiente indicio para afirmar que él no estuvo allí. Indagué sobre el asunto y me encontré con testimonios que confirman que José Alejandro Castaño sí estuvo en Amagá. ¿Quiénes lo vieron?

Juan Carlos Valencia, periodista recién vinculado a El Colombiano en dicha época, quien estaba en compañía del reportero gráfico Róbinson Sáenz. Él afirma haber visto a Castaño en Amagá. Cuenta que Róbinson, quien  conocía a Castaño desde su paso por El Colombiano, se lo presentó en medio de una conversación en ese municipio. Comieron juntos y posteriormente lo vieron también en la entrada de la mina.

Además de Valencia y Sáenz, Alexander Hoyos, reportero gráfico de El Mundo, también vio a Castaño. 

En medio de mi investigación también me enteré de que Botero sí supo del testimonio de Juan Carlos Valencia y que, a pesar de ello, decidió no rectificar su afirmación. Juan Carlos Valencia también me confirmó esto.
 
3. EL MUNDO. Según lo afirmado por Joaquín Botero: 

«En una nota de abril de 2011 (José Alejandro Castaño) argumentó que los grupos criminales patrocinaban las barras de hinchas del fútbol. Javier Restrepo, jefe de redacción del diario, dijo que, conocedor de los malos hábitos de Castaño, antes de la publicación asignaron secretamente al reportero Guillermo Benavides para que rastreara el mismo caso. 

Tras una semana, Benavides estaba con las manos vacías. Pero Castaño ya tenía el testimonio de Mauro, un vigía del barrio Popular Dos, de un oficial de la Sijín, de un investigador de la Unidad de Fiscalías, de un funcionario de la Secretaría de Gobierno y hasta de la Policía Metropolitana. Todas sus fuentes preferían el anonimato, pero ratificaban la tesis de Castaño.[…]En adelante colgó varios de sus trabajos. Recuerda particularmente uno sobre el barrio San Benito que ella conocía muy bien. “La historia era ridícula, él no hizo la reportería adecuada. ‘¿Quién te dijo esto?’ le pregunté. ‘El cura párroco’, respondió. Lo que me confirmó la debilidad de la historia».
 
Esta es, sin duda, una de las acusaciones más graves puesto que tiene imprecisiones —por llamarlas de algún modo— muy delicadas. 

Carolina Pérez, periodista de El Mundo de Medellín en la época en que Castaño estuvo trabajando allí, contradice la versión de Botero. Carolina manifestó su malestar públicamente al dejar un mensaje a Joaquín Botero en la sección de comentarios de la revista De La Urbe, que edita la Universidad de Antioquia. Dicha revista reprodujo ambos textos, tanto el del acusador, Joaquín Botero, como el del acusado, José Alejandro Castaño. 

El comentario de Carolina me llamó poderosamente la atención por una sola razón: ella se dirige a Botero y le dice: «Yo misma hablé con usted».  Carolina no es citada por Botero en su texto, aunque sí fue contactada por él. Si bien la elección de las fuentes citadas en un texto es de libre escogencia por parte del autor, el testimonio de Carolina contenía información importante para el trabajo de Botero. Ella accedió a conversar conmigo vía chat en una extensa entrevista que le hice. Por cuestión de espacio no reproduzco toda la conversación pero sí extraigo lo fundamental:

Carolina despejó dudas sobre varios aspectos: Que José Alejandro Castaño no escribía artículos para El Mundo pues era editor de Metro y por ende no hacía trabajo de reportería sino de edición. Que Joaquín Botero habló con ella durante 15 minutos tras decirle que haría una investigación seria, académica. Que en dicha oportunidad le aclaró a Botero que Castaño era editor: «se lo repetí mucho: que él era el editor, que nos corregía los textos, proponía temas y nos enseñaba, y mucho». Que Joaquín Botero miente al describir una escena en la que Luz María Tobón le cuestiona a Castaño unas fuentes pues fue ella, Carolina, junto a otro periodista, Juan Fernando Arenas, los autores del trabajo cuestionado, el de San Benito. Castaño no escribió nada de ese artículo y tampoco hizo la reportería correspondiente. Que Luz María Tobón efectivamente sí cuestionó la fuente, pero a ellos, quienes hicieron la investigación, no a José Alejandro. Que nunca el cuestionamiento se debió a que pesara sobre la investigación un halo de falsedad. Que lo que sí ocurrió fue que la señora Tobón puso en tela de juicio la idoneidad de la fuente por considerar que un cura párroco no era el indicado para dar cátedra sobre historia. Que el pecado cometido por Castaño consistió en apoyar la decisión de sus muchachos frente a las recriminaciones de la señora Tobón. Por último, que Castaño no cometió ningún error que desencadenara la exclusión de los textos por parte de la editora.  

Juan José Valencia, otro periodista que trabajó en El Mundo bajo la supervisión de Castaño, me confirma que para la época cuestionada por Joaquín Botero: «José Alejandro Castaño no investigaba ni hacía reportería, solamente editaba». 

Cuando Castaño le preguntó a Luz María Tobón vía Twitter por lo que ella había dicho en el texto de Botero, ella le respondió, entre otras cosas, que sí había retirado textos de periodistas que estaban a su cargo y afirmó que lo hizo porque contenían falsedades que él, como editor, admitió. Tobón traslada de esa forma la culpa del autor al editor y por ello señala a Castaño de haber pretendido publicar un texto falso abriendo con ello un debate que no es objeto de este texto. Hay que resaltar, también, que Tobón dijo en Twitter sentir «respeto profesional y personal» por Castaño. Contacté a Luz María Tobón, le pregunté por lo que dijo en Twitter y por lo que dijo en el texto de Botero puesto que fue citada entre comillas. Ella me respondió que estaría escribiendo un artículo al respecto y que también me estaría escribiendo a mi correo. Hasta el día de cierre de esta nota ninguna de esas dos cosas ha ocurrido. Queda la siguiente duda: si Tobón dijo exactamente lo que Botero cita entre comillas ¿por qué no puede confirmarlo sin titubeos?

Lo más cuestionable acá fue lo que hizo Botero con la información que entrega sobre Guillermo Benavidez. Botero aseguró que Benavidez fue «asignado secretamente» a una investigación dirigida por José Alejandro, en la que no fue capaz de conseguir mayor información.

Guillermo Benavidez sostiene: 

«Laura, buenas tardes. Discúlpame, pero estoy indeciso sobre seguir refiriéndome al tema. Me han preguntado muchas veces sobre lo mismo. La verdad es que no sé de dónde sacó Joaquín que yo estuve asignado secretamente para el trabajo de grupos criminales patrocinando barras de hinchas de fútbol. Eso no es verdad. Tampoco sé quién le dijo que Javier Restrepo era el Jefe de Redacción; para entonces lo era Jairo León García. Javier tiene más malos hábitos que José. Tampoco sé de dónde sacó que yo estaba con las manos vacías. Tenía de todo: testimonios, datos, cifras, lugares, etc. De pronto no era lo que quería José Castaño, pero hice juicioso la investigación. Estoy indeciso, digo, porque aunque considero que José es un excelente escritor, no estoy de acuerdo con su forma de hacer periodismo. Periodismo entendido como lo que es verdadero. La literatura es mentirosa, lo dicen García Márquez y Vargas Llosa. El periodismo es diferente. De pronto te encuentras con una noticia que permite mostrarla hermosa, porque lo es, no porque la obligas a verse hermosa. En 'El ancianato de caballos', texto de Castaño, publicado en Soho en 2010, se hace referencia a los caballos de la policía que van a un ancianato cuando están viejos. Esto se puede leer allí: "...huyen por la planicie entre la niebla que se les enreda silenciosa en los hocicos, en las ramas de los árboles, en los tallos de hierba. Creerán que es gas lacrimógeno". Es una figura bonita. Pero, ¿acaso cuál caballo dirá que la niebla es como el gas lacrimógeno? Y remata el escrito: "En el ancianato, no se sabe si felices o resignados, vagan los caballos viejos y sin que nadie se lo pida repiten las rutinas que les enseñaron. Deben estar enfermos de algo, de humanidad será, para que confundan el viento entre las ramas de los árboles con las notas del himno nacional". ¿Ves? Es bastante exótico. ¿Cómo puedo yo afirmar que los caballos confunden el viento entre las ramas con el himno nacional y decir que es periodismo? Reitero, estoy indeciso porque estos dos muchachos con los que estudié en la Universidad de Antioquia se enfrascaron en una discusión en la que no tengo nada que ver. Espero que te vaya bien con tu trabajo. Te ruego me excuses, pero no quiero referirme más al tema.» 

La transcripción anterior es copia fidedigna del testimonio de Benavidez. Le prometí citar su testimonio completo. Como verán, no omito la parte en la que Benavidez se muestra claramente en contra de la forma de hacer periodismo de Castaño, la pregunta es: ¿eso desvirtúa el trabajo de Castaño?; ¿eso es prueba de sus falsedades? Es, ni más ni menos, un cuestionamiento de un periodista hacia otro periodista, y es absolutamente respetable. Lo que acá quedó claro es que Benavidez nunca fue asignado a ninguna investigación, pues se trataba de un periodista más dentro de un grupo de profesionales investigando sobre un tema en particular.   

Un día antes del cierre de esta nota (y días después de la respuesta de La Silla Vacía a la solicitud de rectificación que hizo Castaño, asunto del que hablaré al final de este texto), pude contactarme con la Editora General del diario El Mundo, de Medellín, Irene Gaviria, quien accedió a responder a mis requerimientos sobre esta investigación de dos formas. Primero que todo, sentó la posición oficial de El Mundo sobre la verdadera salida de José Alejandro Castaño de dicho medio: 

«[…] Me limito entonces a dar respuesta, como Editora General de El Mundo, a la primera pregunta que me hace, y señalarle que esta es la posición oficial de El Mundo.

Las siguientes dos preguntas, ya que son personales, las respondo a título personal, como Irene Gaviria Correa.  En ese mismo sentido, y dado que El Mundo es un periódico que cree y promueve el pluralismo y la libertad de expresión, las demás declaraciones que en este caso se hayan dado, por personas relacionadas de alguna manera con este medio de comunicación, son independientes y también deben entenderse hechas a título personal.

La no renovación del contrato laboral de José Alejandro Castaño obedeció a la evaluación que en conjunto se hizo de su trabajo.  Dicha evaluación arrojó como conclusión que el perfil de José Alejandro no era el que necesitábamos, teniendo en cuenta la transformación que en esos momentos llevábamos a cabo en El Mundo, hacia el ejercicio de un periodismo más educativo que informativo.  Esto no implica una evaluación positiva o negativa del desempeño profesional de José Alejandro.  Por este mismo motivo, no hemos renovado los contratos de otros profesionales.»

Y, además de hablar como la voz oficial de El Mundo, Irene Gaviria me entregó su opinión personal sobre Castaño y que reproduzco textual a continuación:

«Me aventuro a dar una opinión personal y profesional de José Alejandro, pero reitero, que ella no es más que una visión parcial en la inmensa complejidad que es cada ser humano.  Veo a José Alejandro como un autor todavía enamorado de su profesión de periodista; creo que mucho de lo que de él se dice no es cierto y que muchas de las cosas que pueden ser ciertas sobre él, pocos se atreven a reconocer que son ciertas respecto a sí mismos. Todos perseguimos la verdad, a pesar de saber (aunque algunas veces lo olvidemos) que ninguno de nosotros es inmune a su capacidad de engaño.

Es cierto que mantuve y guardo un profundo aprecio por José Alejandro.  Tengo además la plena confianza de que una vez él; más que nadie él, logre cortar y levar las anclas que hoy le detienen el rumbo, habremos de conocer continentes maravillosos por él descubiertos.  Y digo cortar y levar, porque esas anclas no son todas de barcos ajenos; él, como cada uno de nosotros, lleva una o más anclas a bordo.»

4. SEMANA.

Según Joaquín Botero, a Castaño lo despidieron de Semana luego de verificar que su texto sobre la marcha cocalera en Anorí era falso. Botero también afirma que Semana llevó a cabo este proceso de verificación por primera vez con un texto de Castaño, debido a las sospechas que les produjo conocer de antemano el texto acusatorio de El Malpensante.

La única jefa directa de José Alejandro Castaño en la revista Semana fue Luz María Sierra, quien actualmente es la editora general de dicha revista. Uno de los motivos por los cuales sospeché de la veracidad de las afirmaciones de Botero llegó vía Twitter: el día 06 de febrero de 2013. Luz María sostuvo una breve conversación con el periodista Francisco Escobar en donde se refiere de esta forma a Castaño: «de acuerdo. Castaño es un periodista con un talento excepcional y sobre todo una gran persona». Contacté a Luz María Sierra y le pregunté por la salida de Castaño de Semana. Ella me respondió esto:

«No me gusta mucho esa discusión que se ha creado. Y tal vez no es este el lugar para extenderme en explicaciones. Por eso tampoco he querido participar, en lo posible en ella. De hecho, el señor Botero o alguien a nombre de él no recuerdo, se puso en contacto conmigo y yo no le respondí nada. Escribí el tuit porque es lo que genuinamente creo. Y lo puedo repetir sin temores en cualquier circunstancia.

Por esa razón solo te respondo frente a tus preguntas: En su paso por El Tiempo yo era su jefe y se fue por su voluntad y contra nuestra voluntad. Le rogué que se quedara pero no lo hizo. En Semana, su retiro tuvo que ver en un 95 por ciento, por no decir 100 por ciento, con el episodio El Malpensante».

¿Engañó a SoHo? El Malpensante hizo muchas acusaciones en su texto de febrero de 2011 y en una de ellas dice que Castaño engañó a SoHo y a Casa de América de Cataluña entregándoles textos que no eran inéditos, pero haciéndolos pasar como tal.  Joaquín Botero cita esta acusación en su texto también. 
 
No quiero extenderme más en este texto, pero debo dejar constancia de que estuve investigando exhaustivamente el asunto que involucró a José Alejandro Castaño, Casa de América de Cataluña y El Malpensante y la situación real no fue fielmente reflejada por Jursich en su texto. Hay detalles de rigurosa importancia que él obvió y esta omisión contribuyó al clima enrarecido alrededor de Castaño. 
 
Sin embargo, cabe aclarar acá que hay dos aspectos fundamentales alrededor del supuesto engaño a la revista SoHo.

Primero: el contrato suscrito el 5 de Enero de 2010 entre Casa América Cataluña y José Alejandro Castaño (contrato que, por cierto, El Malpensante afirma de manera errónea que fue firmado el 13 de diciembre de 2009, lo que puede ser una minucia, pero sí demuestra que no fue leído con atención) contiene la siguiente cláusula: 

«Sin perjuicio de la exclusividad pactada, LA FUNDACIÓN, autoriza al AUTOR a publicar una versión del texto objeto de este contrato en la revista colombiana ‘SoHo’, en el número del mes de julio de 2010, en dicha publicación deberá hacerse constar a LA FUNDACIÓN como productora».  (Ver contrato completo).

Segundo y más importante: la crónica publicada por SoHo con el título "Colombia vs Venezuela: un partido en la frontera" fue una idea y encargo de Daniel Samper Ospina a Castaño, y no hacía parte en ningún caso del proyecto de Casa de América de Cataluña. Fue Castaño quien decidió, según su criterio, tomar esa crónica escrita para SoHo y hacerla parte integrante del proyecto de crónicas sobre la Independencia, y siempre dentro de un marco de propuesta, es decir: que tanto El Malpensante como Casa de América debían aprobar su publicación en el proceso de corrección.
 
Lo que sí queda claro es que ni SoHo fue engañada, como aseveró Jursich, porque Castaño estaba autorizado por contrato a publicar una versión del texto en dicha revista, ni tampoco Casa América fue engañada con un material hecho pasar por inédito. Tanto el autor como la revista estaban en libertad de hacerlo y ello no tiene nada reprobable ni desde el punto de vista legal ni de la ética periodística.

REGLA DE ORO

En un ejercicio básico y justo de verificación, le escribí a Joaquín Botero y a Mario Jursich y les envié el archivo con mis pesquisas, segura de que no es correcto que los pase por alto a ellos y que sus voces también deberían tener cabida en este texto. Pienso que si pueden afirmar con tanta vehemencia sus acusaciones, especialmente Botero, tendrán cómo contradecirme. Mario Jursich, hasta el día de cierre de esta nota, no ha respondido a mi correo. Botero sí. Me respondió primero esto: 

«Pronto le meto el diente a lo que quiera meterle el diente. Y te recuerdo que en algunos casos no tengo la obligación de revelar mis fuentes: periodismo de primer semestre. Por eso ha habido periodistas del NY Times que  han preferido ir a la cárcel antes que revelar sus fuentes. Te vas a quedar con la boca abierta con lo que te voy a contar.

Saludos desde Brooklyn, NY, donde como película de Spike Lee, los periodistas hacen lo correcto.

Dame unos días, princesa. No cierres los ojos al e-mail

Al día siguiente, Botero devolvió el archivo que yo le había adjuntado, modificado con sus anotaciones en azul y en rojo. Confieso que nada me dejó con la boca abierta. No recibí ninguna prueba que desvirtuara mis hallazgos, o que los hiciera palidecer, cuando menos. Respondió a mis pruebas con frases que comienzan en «creo que…» y me recalcó que hubo gente que habló off the record. Aceptó darle el beneficio de la duda a Castaño solamente en lo que corresponde a la acusación de Amagá y me recalcó que Luz María Tobón y Javier Restrepo, editores de El Mundo, fueron los únicos valientes que accedieron a contarle las historias de los malas prácticas de Castaño y fueron ellos los que le contaron los hechos tras los reportajes cuestionados por el periódico. 

Me retó a que «fabricara pruebas» que contrarrestaran su acusación sobre la falsedad de un trabajo que Castaño publicó hace diez años en El Colombiano, sobre la victoria del Deportivo Independiente Medellín. ¿Pero no es suficiente prueba que el jefe de redacción de Castaño, lo mismo que su editor y la directora de la época afirmen que no hubo cuestionamientos a su trabajo durante todo el tiempo de su estadía en El Colombiano? Las "pruebas" de Botero no tienen suficiente contundencia, porque que: «Dos reporteros que iban en el mismo vehículo que Castaño me dijeron diez años después que quedaron con la boca abierta al leer la crónica que describía un cuadro que no existió.», no quiere decir que Castaño haya inventado lo que escribió. 

Separaré, tal como me lo pidió Botero, «las respuestas puntuales, de mi(su) simpatía y estilo personal.» Pero debo señalar que su trato hacia mí y hacia mi trabajo no fue el más respetuoso que digamos. De hecho, cuando yo ya daba por zanjada nuestra comunicación con su respuesta a mi requerimiento, Botero me escribió una segunda vez para llamarme «colegiala precoz» y para hacerme saber las conclusiones precipitadas que sacó sobre mí, a partir de lo que yo publico en mi página personal. No sé qué tipo de profesional hace eso. Si su investigación es seria y rigurosa, tal como él la presenta, no entiendo porqué le escribió a Castaño dos correos, uno el 22 de enero de 2.013 y otro el 7 de febrero de 2.013. No voy a reproducir completos esos correos aquí, pero Botero lo llama «trovador», le enrostra que mucha gente importante tuiteó y posteó en Facebook lo escrito por él en La Silla Vacía, se mofa de que ningún periodista reconocido lo respalde, se alegra de que la página de Periodismo Narrativo de Latinoamérica haya borrado su nombre.  Se vanagloria de que al poner el nombre de José Alejandro Castaño en Google, uno de los primeros resultados sea el texto de La Silla Vacía. Lo llama profesional del autoelogio. 

Yo veo ensañamiento innecesario en su actitud y también prepotencia. Botero me dice: «El periodismo colombiano es mejor sin mentirosos como Castaño» y, por lo que veo, él se siente llamado a ser el héroe para salvar al periodismo colombiano de un tipo peligrosísimo como Castaño. No diré nada nuevo con esto, pero parece necesario traerlo a colación: para llevar una investigación sobre un tema tan delicado como la reputación profesional de una persona, cualquiera que sea el rubro en el que esta trabaje, lo mínimo que se debe tener es una actitud de respeto y, sobre todo, de responsabilidad. 

Me siento en la obligación de precisar algo: no soy una abogada defensora de nadie. No defiendo lo indefendible como señala Joaquín Botero a quienes, por no pensar como él, estamos en la otra orilla. No pretendo excusarlo de los que sí son sus verdaderos errores profesionales: él fue negligente en lo que correspondía a sus compromisos que adquirió en 2.010 con Casa de América de Cataluña, con su director adjunto, Marc Caellas —quien me respondió muy enojado, y con toda la razón del mundo, cuando le escribí para incluir su voz en mi investigación— y con Mario Jursich y El Malpensante, quienes tenían toda la intención de cofinanciar un proyecto atractivo y novedoso. Pero tampoco es admisible que en nombre de esos errores, desde 2.011, se hayan dado por verdades irrefutables lo que eran rumores de pasillos de redacción de periódico.

El periodismo de Castaño es literario, sin lugar a dudas. Para muchos de sus detractores el periodismo debe ser llano, ajustarse a cifras escuetas y hechos concisos, pues consideran poco ético utilizar figuras literarias. Para otros, como Castaño, el periodismo literario es posible sin sacrificar veracidad y precisión. Pero no entraré en ese debate. Lo que me llevó a esta investigación fue constatar que periodistas y escritores se fallaran a sí mismos. No por juzgar y señalar a un colega, sino por hacerlo sin miramiento, sin investigar ni tomarse el trabajo simple de alzar un teléfono y verificar. No espero del periodismo objetividad, puedo entender perfectamente que esta sea una utopía y que tan solo unos pocos pueden rozarla sin alcanzarla completamente; lo que sí espero del periodismo es responsabilidad absoluta y es verdad de Perogrullo que el periodismo responsable tiene una regla de oro que los medios encargados de publicar las acusaciones en contra de Castaño rompieron completamente: la verificación.  

ADENDA
El pasado 3 de abril, Juanita León, directora de La Silla Vacía, respondió en nombre de su medio de comunicación a una solicitud formal de rectificación que le hizo José Alejandro Castaño. La Silla Vacía no concedió la rectificación a Castaño por los motivos que aduce en el documento que enlacé. Solamente accedieron a dos aclaraciones: sobre la acusación de Amagá y sobre la salida de Semana. 

José Alejandro Castaño también me pidió permiso para enviar a Juanita León el archivo con la investigación que sustenta este artículo. Juanita, a su vez, me envió una respuesta a dicha investigación. Su archivo de tres páginas contiene apartes de dos testimonios que no estoy autorizada a citar (y tampoco quise pedir la autorización para hacerlo porque, francamente, no era necesario). En cambio sí le pedí permiso a Juanita León para citarla a ella. ¿Por qué?, acá lo explicaré:

Cito textual:

«Sobre el tema de los milagros de los que habla Botero que registró Castaño, buscamos algún registro de ellos en otros medios de la época y no encontramos nada. Nos parece raro que si en realidad existieron ningún otro medio hubiera ido detrás de esta historia tan interesante periodísticamente. En todo caso, Castaño ni tú nos pide rectificar eso que dijo Botero.»
En la carta de solicitud que le envió José Alejandro Castaño a Juanita León el 17 de marzo le pide que realice 11 rectificaciones de falsedades expuestas en el texto de Botero. La número 6 dice:
«Que inventé la escena de unas prostitutas en una crónica de El Colombiano publicada en 2002.»

Pero eso es un detalle leguleyo, una mera formalidad legal. Lo éticamente correcto, eso, y no otra cosa, era lo que yo me esperaba de una periodista de la talla de Juanita León, directora de La Silla Vacía, medio que se precia de ser transparente, de soportar sus contenidos en hechos verificables, no en opiniones ni en pareceres. En la respuesta de Juanita a mi investigación no encontré, fuera de los dos testimonios que me envió y de los que por supuesto no dudo, ninguna prueba contundente. Por pruebas contundentes me refiero a documentos o algo que se la acerque medianamente a un documento. Lo suyo, lo mismo que la endeble sustentación de Botero, se basa en pareceres, en valoraciones. ¿En serio la credibilidad de un periodista puede medirse por su popularidad?, ¿por el número de voces a favor o en contra? 

Accedí a prestarle mi trabajo a Juanita León para que se verificara y refutara con algo más contundente que frases del tipo: «Nos parece…». El hecho de que ningún otro medio de la época haya registrado lo que Castaño sí narró, no prueba que él sea un mentiroso, ni que la crónica en cuestión sea mentira. Eso, en realidad, no prueba nada. Pero Juanita parece afirmar que, para que una historia funcione como cierta, verdadera, verídica, verificable, tiene que ser repetida por al menos otro medio de comunicación. 

Quiero resaltar esto que la directora de La Silla Vacía me dijo:

«Sobre los antecedentes de José Alejandro en otros medios, es un tema que Joaquín Botero no toca en su artículo. Solo cita lo que dijo El Malpensante.»

"Solo cita lo que dijo El Malpensante", la nada misma. Eso tiene un nombre, se llama Argumentum ad verecundiam, o argumento de autoridad. Es tan simple que me da vergüenza explicarlo: Botero defiende sus tesis sobre las supuestas mentiras de Castaño basándose en lo dicho por El Malpensante. ¿Es suficiente la credibilidad de esa revista para dar por ciertas sus afirmaciones sin pruebas, sin soporte documental, para replicarlas y convertirlas en sustento de posteriores acusaciones?

Una última pregunta me surge de todo este episodio, tras cuatro meses de investigación: ¿Los pareceres, los rumores, las opiniones personales constituyen acervo suficiente contra la dignidad y el buen nombre de un profesional? Claro que no. De ningún modo. 

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