Orson Wells decía que “El ciudadano Kane” era una categorización, tierna y malvada a la vez, de todas las clases sociales. De seres humanos a los que les encanta rasgarse las vestiduras cuando los miran pero que frente al espejo sonríen diabólicamente.

La semana pasada publiqué una entrada llamada “El cucuteño promedio”, que se convirtió en escándalo para algunos de los habitantes de la ciudad de Cúcuta.  Algunas celebridades locales se pronunciaron en contra, los medios de comunicación de la región publicaron notas sobre el caso, algunas emisoras me entrevistaron y recibí cientos de tuits con mensajes al respecto. Unos eran de apoyo, de personas identificadas con la columna, otros fueron de ofensa, de cucuteños que exigían el supuesto respeto al que les había faltado, por medio de groserías, humillaciones y hasta amenazas contra mi vida. Figuró un panfleto que sugería mi “anulación social”, que sirvió por unas horas como avatar para mi cuenta de Twitter.

Algunos, como la periodista deportiva Andrea Guerrero, aseveraban que mi artículo carecía de información e investigación, aun sabiendo que se trataba de una columna de opinión, que se mece entre la realidad y dosis de ironía, que en últimas, es lo que me gusta escribir. No fue una “ligereza de pensamiento” ni “una petición a gritos de aceptación”, en esta revista que admiro y respeto profundamente. Si fuera así, quizás tomaría la decisión de salir como Modelo no Modelo, con algunos balones de fútbol. Eso llamaría mucho la atención, sin duda.

Otros hicieron referencia a que yo tal vez vivía en otro lugar, que no conocía a Cúcuta en su esplendor y que por eso solo hacía los comentarios que ellos consideraban irrespetuosos e irresponsables. Lo que hice en ese espacio de opinión, fue simplemente un ejercicio de observación, escribir solo un poco de lo que veo en la cotidianidad. Lo que cubre la ruta de mi buseta, lo que veo en las calles de mi barrio, en las de mi trabajo.

Ciertamente no creo, y voy a ser cliché, que tapar los problemas encuentre las soluciones. Tal vez lo más importante que faltó en “El cucuteño promedio”, es que siempre tiene la fachada de la casa bonita, sin que importe que no haya barrido el patio trasero. Es como pensar que seguimos siendo el país más feliz del mundo, olvidando que tenemos 50 años de conflicto en la espalda y que nos rajamos en las pruebas PISA. Mi artículo fue un llamado de atención a una sociedad conformista. Fue un pellizco a lo que somos y no somos. Fue un mal rótulo, quizás, pero derivado de un ejercicio de observación de una persona que habita la ciudad y que no viene solamente a vacaciones a sus casas en los barrios más exclusivos o al club de la vuelta.

Según la ONG mexicana Seguridad, Justicia y Paz, Cúcuta ocupa el puesto #23 en el escalafón de las ciudades más peligrosas del mundo y el tercero en Colombia, con asesinatos en las esquinas, hornos crematorios y hasta masacres en las que las mismas víctimas tuvieron que cavar su tumba, como sucedió recientemente a orillas del río Táchira. Por otra parte, hay al menos 2.000 pimpineros en la ciudad, que vieron una solución al desempleo en la informalidad y son extorsionados a diario. Además, comerciantes cerrando locales porque las ventas disminuyeron de forma alarmante y un sinnúmero de ciudadanos que dependen de la economía del país vecino que se desborona de a pocos. Pero eso no los alarma. No hay justicia, pero hay sentido de pertenencia. ¿No?

Nací en Cúcuta hace 21 años y desde entonces vivo aquí. Trabajo con causas que muchos creen perdidas y promuevo la cultura. Mi apartamento queda ubicado en una de las zonas con más índices de homicidios. He tenido que meterme debajo de un puente por buscar alguna entrevista de un maletero y he tenido que tomarle fotos a bebés muertos, por culpa del conflicto de las Bacrim. He recibido amenazas de muerte por cubrir fotográficamente accidentes de tránsito con tintes de corrupción. Tuve que retirarme de la universidad por expresar mi opinión, a mi manera, por lo que considero una seria afrenta a la libertad de prensa en estado prematuro, en la academia, nada más paradójico. Jamás quisieron un debate para tratar o conversar ciertos temas.

Nací en Cúcuta y amo a la ciudad, me siento orgullosa de muchos aspectos de esta tierra. Soy también una cucuteña promedio, aunque no creo que Andrea Guerrero, Papuchis o el doctor Quintana sean cucuteños promedio, respeto su sentimiento herido por no pintar “el mejor vividero del mundo” que ellos creen que es Cúcuta y ofrezco disculpas a quienes se sintieron categorizados en este mismo mote.

Yo como pastel de garbanzo, como mute, camino por el malecón con una felicidad inmensa de recibir en la cara las brisas del río Pamplonita, voy al templo histórico de Villa del Rosario, tengo afiches de Fabiola Zuluaga, conozco los museos, camino por el centro, sé la historia de los sitios turísticos y hablo de todos los atributos del departamento. Aprecio a Cúcuta porque aquí he vivido la mayoría de mis historias y de todo corazón espero que la ciudad tenga la visión de no rasgarse las vestiduras por opiniones de una columnista amateur y más bien aquellos que auto-representan a la ciudad, llenen de cartas a los medios de comunicación denunciando las muertes de niños, el maltrato femenino, el conflicto armado, los fenómenos de corrupción que acosan a la ciudad y las manifestaciones de desinterés ante una cultura ciudadana nula. Quizás mejor valga la pena entrevistar a algunos de estos tristes protagonistas que a una muchacha prejuiciosa con una verborrea que no es ni noble, ni leal ni valerosa.

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