El primer día después de haberme rasurado los testículos estuvo bien. Casi me sentía en un comercial de Halls, con pingüinos soplándome la entrepierna. El segundo día, los pingüinos ya eran del comercial de Bon Ice, y se burlaban de mi indefensión.

 

 

No recuerdo si había quedado de encontrarme con una amiga el viernes; si me había aburrido el look del afro testicular; o si solo acababa de comprar una máquina de afeitar y quería probarla. El caso es que me pasé la cuchilla en la mañana del miércoles. Varias veces para que no quedara ni un pelo de duda, y estar listo y tierno el fin de semana. Lo que tuve listo fue una lija, y la sospecha pública de que estuve siendo atacado por ladillas.

 

A los pocos días de la afeitada han emergido de la piel los llamados troncos, o cañones. Las gónadas se vuelven bolas de púas; armas que raspan cualquier mejilla o labio a su paso.

 

Pero los momentos críticos se viven cuando apenas están naciendo esos vellos púbicos, que tienden a generar problemas públicos. Ya me había rasurado antes un par de veces, y luego de rastrillar los testículos los había rociado con un astringente. Dizque para evitar la irritación. El dolor fue inolvidable, sentí que era devorado por llamaradas heladas del infierno.

 

Por eso esta vez no hubo cremas posteriores. Ni siquiera polvo Mexsana. Es como de viejito lo de echarse polvo. ¿Qué quién va a darse cuenta? Uno nunca sabe cuándo surgirá la oportunidad de echarse un verdadero polvo. Hay que estar listo, no blancuzco oliendo a pie.

 

Así, todo comienza como un hormigueo en la base del pene. Extraño, pero no del todo desagradable. Evocaciones de lengüetazos fugaces. Pero a medida que caminas durante el día, se van convirtiendo en cosquillas que se extienden sobre uno de los hemisferios testiculares.

 

Relampaguean hacia abajo. El fastidio depende de lo juicioso que hayas sido en la rasurada. Entre mejor, peor. Las punzadas de cosquillas recrean fielmente el paso de la cuchilla, hasta los bordes donde los huevos dejan de serlo. Aunque hayas comprobado que no hubo cortes ni peladuras.

 

Te invaden rayos de picazón que van creciendo, alargándose. Te sientas, te levantas, caminas, y los cañones en las bolas y el pene se rozan; con las piernas y entre sí. Puyitas diminutas contra la piel. Un torbellino de comezón. La bellota tersa palpita y pica.

 

Llega el momento de preguntarse ¿Por qué carajo me las rasuré?

 

Cuando no hay arbustos, el tronco se ve más grande. Convincente argumento. La lozanía, el aspecto de frescura y de higiene. Uno mismo los siente suaves al tacto. Como si se reencontrará con ellas tal y como las dejó en la adolescencia, antes de que se perdieran bajo la manigua. Además será posible descrestar. Hasta se me ven tipo escultura David de Miguel Ángel. Un pequeño monumento a la pulcritud.

 

 

Muy superiores a esas que permanecían hundidas en esa jungla, tipo barba de guerrero del ejército de William Wallace en Corazón Valiente. Innegable que están mejor presentadas, libres de esos resortes turbios.

 

La boca de ella lo agradecerá. Podrá lamer sin miedo a tragar pelos. Un instrumento de pinta decente, a la altura de sus indecencias.

 

Así, despejadas, las bolas están más sensibles. Más expuestas y dispuestas a la receptividad sensorial. Y ella tendrá la superficie plenamente a su disposición, sin la alfombra de vellos. La comezón pasará. Se olvidará detrás de chupadas.

 

Hay que tener fe en las funciones curativas y reparadoras de la saliva femenina.

 

Pero mientras llegue el momento de la sanación, pasarás días desconcentrado, hueviatado. Mientras los jefes hablan en la reunión de trabajo, las punzadas atacan. Tratas de acomodarte en la silla de forma que rasque, o al menos que no pique. Pones las manos cruzadas sobre la zona, buscando que el toque disimulado y ocasional alivie en algo.

 

Puedes hacer muy poco. Es enorme la tentación de perder el pudor y rastrillarte impunemente delante de quien sea. Meter la mano y darte cuerda.

 

Pero no, lo que te atreves a hacer delante de los demás es irrisorio: manos pasadas con disimulo cada 5 o 10 minutos. Los ojos de todos parecen atentos a cualquier movimiento dirigido a la entrepierna. No quieres quedar como un ordinario desaseado, cuando lo que buscabas era todo lo contrario.

 

Y no hay escape debajo de los escritorios. La infraestructura del jean dificulta una rascada óptima.

 

Entre más caminas, más se encienden las bolas. De poco sirve la técnica de la mano a través de la tela del bolsillo, del acceso tras la apariencia de acomodar el celular.

 

Al salir del baño compruebas que una breve rascada y mojada no remedia nada. ¿El agüita buena? Al contrario, inmediatamente el picor se intensifica hasta transformarse en ardor. Has liberado un cardumen de pirañas morbosas que juegan a mordisquearte el escroto.

 

Resiste, resiste, en nombre de la civilización. No te dejes vencer de la desesperación. Eres mejor que el montón de sucios medievales escoceses con faldas. Estás en una liga superior. De la cintura para abajo, y hasta las rodillas, eres casi un actor de una película porno barata ochentera. Aguanta, en honor a la higiene, y a unas relaciones sexuales con más contacto; a unas chácaras elegantes.

 

Ten en cuenta que ella va a compensarlo todo, que premiará el sacrificio con sus labios anestésicos. Esas huevas rapadas, militantes del radicalismo anti-pendejos, encontrarán la victoria en su boca. Cuando vea las canicas completamente, les dedicará más lengua. Piensa cómo lo hará.

 

“Well kiss me baby, mmm feels good. Hold me baby”… eso, imagínala disfrutando su par de golosinas, arrullando y besando una y otra vez hasta el cansancio. Así como Jerry Lee Lewis lo intuyó, cuando cantó Great Balls of Fire en 1957. “I’m real nervous, but sure is fun”.??

 

 

 ?

Aún faltan dos días para que sea viernes, y la lengua de ella te rescate de la pesadilla testicular. Te escarbas con ferocidad en el ascensor. Y arden más que nunca. Están a punto de estallar cuando abres la puerta de tu apartamento.

 

Mejor entrenarla comiendo chicharrón peludo; nos evitamos este trámite y todos contentos. No es descabellada la solución que se te ocurre cuando te sientas. Pero qué más hacer mientras tanto. Dejarlas al aire libre. Liberar estas grandes pelotas de fuego.

 

 

Mañana será un día peor.

 

Sobre todo si resulta que la que se iba a comer las golosinas, ni siquiera sabe cómo. Y te deja como una chácara????.

 

 

Siga a @iBernalMarin

Contenido relacionado

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.