Hace un par de semanas desactivé mis redes sociales durante 10 días, tras recibir numerosos ataques por una columna que escribí. Noté que estaba distraída del trabajo y  en general sentía como si tuviera una carga pesada encima. Los insultos me habían afectado. Desactivé todo, pero cuando sentí fastidio de la tranquilidad, regresé a Facebook y a Twitter. Al regresar, durante una pausa activa, vi un video viral que re-acumuló la tensión de la que me había liberado.

Una mujer sentada en una cama golpeaba a un bebé de unos dos años. Le pegaba con una almohada, lo pellizcaba, le tiraba el cabello y le pegaba patadas para que no llorara más, pero por obvias razones el bebé seguía llorando, aunque cada vez con más pausas, que se entendían como que ya no tenía de dónde le saliera el llanto. Cuando cerré el computador y fui a dormir, tardé al menos 40 minutos imaginando que coincidía con esa mujer en la calle.

Imaginé que la encontraba en Transmilenio golpeando al bebé y que yo llegaba y la tiraba al suelo, proporcionándole la golpiza más fuerte que puedo dar. Imaginé que cuando se levantaba de las láminas del suelo, le daba un cabezazo en medio de la frente y las dos sangrábamos, pero yo hacía cierta catarsis y me sentía tranquila. Cuando terminé de imaginar, comprendí que el odio es más viral que ese video y los videos de gatitos.

Más que viralizar el video, viralizamos el odio, porque nos dejamos llevar fácilmente por cualquier emoción, pero conservamos por más tiempo la reacción ante una emoción hostil. Es por eso que lo que sentimos con alguna frase de “Pablo Culeho” dura unos segundos mientras la compartimos, pero las ofensas, como aquellas de las que fui víctima recientemente, duraron días, hasta que decidí cerrar mis redes cuando un creativo tuitero pidió que me empalaran.

Y así vemos ejemplos en cualquier red social o barrio, como es el caso del expresidente Uribe, que divide por medio de tuits y retuits a un país que necesita más unión que política. Otro caso es el de la perra que fue mutilada por el hombre que cortaba el césped, que más que llevar a los activistas digitales a recoger perros de la calle, maduró el odio entre quienes pedían mutilar al hombre y su familia, “para que aprendiera”.  Así querían sentirse vengados los que se conmueven más con un perro con sarna que con cualquier otro colombiano doliente que no ha tenido tiempo de pensar en un perro.

Y el último ejemplo, promovido ayer desde el Fan Page de Caracol Radio, fue por el asesinato de “Calidoso” el habitante de la calle que fue quemado vivo. El medio iniciaba su hora de debate con “¿Cómo castigaría a los que quemaron vivo a un habitante de la calle?”. Los comentarios mostraron a colombianos bastante creativos para hacer el mal. Pero así empezamos, comentando una publicación, cultivando el odio y luego prendiéndole candela a alguien que veamos dormir en la calle. 

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