La religiosidad de mi mamá y hermano acabó con la unión familiar.

Cada domingo me ponía un vestido de esos a los que se les hace una corbata atrás y me iba con mamá a la iglesia, mientras papá se quedaba en casa viendo tele, fumando, haciendo nada y esperando las rutinarias discusiones post-aleluya que mamá hacía con constancia y vehemencia.

Las cantaletas de mamá a papá eran como la continuación de la misa: uno sabía en qué momento pararse, en cuál sentarse, en cuál cerrar los ojos y, en algunos casos, en cuál mejor correr llorando, porque como cada familia católica, por más que mamá tuviera la costumbre de hablar demasiado, papá tenía el poder de hacerla callar.

Mamá acusaba a papá de ser un desagradecido con Dios por no ir a misa, porque así solo le pasaran cosas malas al desazonado obrero, a Dios se le debía agradecer por lo bueno y lo malo que ocurría en la semana. Pero papá solo sabía responder con hermosas y elaboradas blasfemias que indignaban mucho más a mamá. Nunca se divorciaron porque ella decía que el matrimonio era para toda la vida, pero seguramente recordaríamos (mi hermano y yo) infancias más felices si no los hubiéramos tenido en la misma casa por tantos años.

Luego, por la cercanía a la iglesia y nuestra 'participación' y 'liderazgo', terminé coordinando con tan solo 14 años a un grupo juvenil, mientras que mi hermano se convirtió en el músico y cantante de las misas dominicales.

Él educaba su voz y se volvía popular entre las señoras de la Legión de María, mientras yo me daba cuenta de que era la líder de un pequeño grupo de jóvenes desorientados que no estaban acudiendo a un buen lugar. Cantando letras gais a Dios y haciendo ejercicios de reflexión que eran más penosos que las catarsis provocadas por Jorge Enrique Abello en el reality colombiano, pasaba mis tardes de sábado. A veces pienso que les hice daño a esos muchachos, otras veces pienso que no debí besarme tanto con el sacristán.

Con el tiempo, mi hermano se dedicó a la música góspel y descubrió una voz maravillosa en él, que hoy en día, a mi parecer, es una de las mejores que he escuchado. Y yo descubrí el sexo, el alcohol, la vida, los tatuajes, los libros, las blasfemias, las historias, la bisexualidad, otras religiones, otras empresas, por lo que la poca unión quedó solo para recordar.

Papá murió y dejó de importarnos en poco tiempo, pero mamá, mi hermano y yo, seguíamos en la misma casa, en la que ahora había más imágenes de la Virgen de Belén, el Niño de Atocha y el Sagrado Corazón de Jesús, que fotos nuestras. Y aunque ya se había ido el principal blasfemador no digno hijo de Dios, quedaba la niña que se había convertido (para ellos) en una copia de su padre. Así fue hasta que a los 17 años me cansé y me fui de casa.

Y con la distancia murió lo que quedaba de esa familia que había sido bonita. Y las tardes esporádicas de tomar café con pan se fueron acabando porque yo hacía algún comentario que los ofendía. Y los abrazos se convirtieron en el gesto solo de recibir el año, que se ha vuelto borroso con el paso del tiempo. Y los favores o acercamientos iban muriendo con los compromisos de mamá de ir a la misa de sanación, o a ayudar a preparar la hora santa, o ir a una casa de una vecina a orar para que se sanara algún enfermo o para que Dios les devolviera la unidad familiar.

Y me perdí en borracheras y libros y luego en proyectos y trabajos, y ellos se quedaron: mi hermano con una voz maravillosa que rompería fronteras, alabando a Dios en iglesias donde le pagan miserables sueldos, mientras que mamá olvidó su trabajo y construir su vida, por hacer asambleas y grupos de oración. Dos peones obedientes.

Por eso, lo que Dios separa no lo une ni un terapeuta de familia.

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