La mayoría cree que la crisis femenina llega a los 40, con la menopausia y los calores, y que es descarado que alguien que cumple sus primeros 20 se queje porque se siente viejo. Pero tenemos derecho, nos pasa.

Noté que sonreía poco, que la piel de mi cara no estaba tan tensa como antes  y que mi nariz no era tan respingada. Que mis facciones ya no eran de joven despreocupada. Que hacía pocas cosas diferentes a trabajar, leer y escribir. Pensé que había dejado de vivir, me sentía vacía y con desazón como el de Vallejo. Irónicamente notaba que entre más leía, peor escribía, así que comprendí que necesitaba vivir experiencias nuevas que le dieran sabor real a la ficción que pretendo escribir.  
Como siempre he pensado que el sexo puede solucionar casi cualquier tristeza, concluí que necesitaba un poco de eso, pero en la ciudad en la que vivo no tenía con quién. Por esos días mi vida sexual se activaba solo con visitas esporádicas a la capital.  Y como necesitaba más sexo, no podía esperar a un viaje, tenía que solucionar el problema pronto con los recursos que estaban a la mano, o a la vagina. Y aunque yo era quien había iniciado la búsqueda, mis dos víctimas llegaron a Facebook por sorpresa, sin ser invitados.

Y el destino, que resulta más sabio que Dios, creó el ambiente perfecto. Las victimas de mi búsqueda por sentirme viva, tenían una característica particular que le imprimía cierto toquecito extra de sal, (porque gusta la comida salada): Los dos eran menores que yo.  Uno de ellos, con una cara que bien podría quitarle el trabajo a Justin Bieber, se acercó con timidez. Me dijo que tenía 17 años. Hablábamos de sus días de colegio y la música que le gustaba. Creo que lo que más me gustó fue que nunca tuviera mal humor. Por varios días me despertó con un “buenos días bb emochiita” en el chat.  El otro, con 18 años y un culo enormemente atractivo, era más atrevido. Ambos me habían devuelto la sonrisa.

A los dos, en días separados, los invité a ver películas en casa. El de 17 tardó más de una película en acercarse. Yo me insinuaba de a pocos, pero necesitaba una señal, un roce que me indicara que podía subirme en su verga sin ser rechazada. Cuando obtuve el primer beso, subí de una vez. No hizo nada, solo me miraba a los ojos en silencio. Al finalizar me abrazó muy fuerte y me confesó que no tenía 17 sino 16. Oficialmente me había convertido en una MILF.

El de 18, del culo enorme, sabía lo que hacía, era como uno de 30 pero con más energía, con movimientos más rápidos y mayor vitalidad. El colágeno del que hablan las veteranas creo que es la energía que se siente desde la verga, que solo la tienen los chichos de esa edad. Fue uno de los mejores polvos en mucho tiempo.

Esos dos chicos resultaron ser una buena experiencia. Me reía sola por la calle, empecé a escribir con más ganas, retomé la lectura con gusto.  Pero pasaron un par de semanas y las conversaciones flojas dejaron de gustarme. Los “buenos días bb emochiita” con sus variaciones, me molestaban. Las risas se volvieron obligadas y comprendí que realmente no me interesaban sus anécdotas del colegio. El de 16 se alejó de a pocos al notar mi desinterés, el de 18 volvió con su noviecita menor que él. Y así, volví a la crisis de los 20, bueno, de los 21.

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