Dicen que la única discapacidad es tener una actitud negativa hacia la vida.
Imagínese que está invitado a una cena sorpresa organizada por una Fundación y al llegar al restaurante todas las personas están afuera esperando que el lugar abra sus puertas mientras le piden a todos los invitados apagar los celulares. Empiezan a llamar uno por uno para ingresar y un mesero a la entrada lo guía en medio de la oscuridad total al interior del restaurante. No se ve  nada en absoluto, sólo se escuchan las palabras que lo llevan de la mano y al oído le indican por donde moverse, qué obstáculos eludir y cómo caminar lentamente y con cuidado hasta llegar a la mesa y finalmente acomodarse en la silla con la ayuda del tacto. A los lados se escuchan las voces de las personas que comparten la cena. Usted los saluda pero no los reconoce ni los puede ver y trata de entablar una conversación para sentirse más seguro mientras espera ansiosamente que prendan las luces del establecimiento o al menos alguna vela.

Pero esto no sucede. La oscuridad sigue dominando y por momentos el desespero y la angustia se apoderan de usted. Llegan nuevamente los meseros, se presentan, saludan y sirven los primeros platos. Le piden que empiece a comer. Usted con sus manos busca los cubiertos, se choca con las manos de sus vecinos y finalmente decide con el tacto sentir la comida y usar los dedos para llevársela a la boca.

Prueba la comida con timidez y entiende que en la cena en la oscuridad si no habla no existe.

De repente empieza a sentir algo de claustrofobia y los miedos afloran. Pasa el tiempo y llega el desespero. Traen otro plato y se sigue comiendo con las manos, dejando a un lado el protocolo y la etiqueta. Usted se aferra a su vecino, a su voz y a su historia.

No sabe bien lo que se come pero trata de adivinar y definirlo.

Cada vez que siente al mesero pasar por la mesa,  le habla buscando conectar y sentirse más  tranquilo.

Aunque hace frío, se suda mucho y se anhela desesperadamente ver la luz. Llega el postre y el comportamiento animal prevalece y las manos y los oídos se convierten en los ojos.

Una hora y media después se termina la cena y finalmente aparece la luz.

Aleluya.

Todos respiran profundo y se encuentra  la calma y la tranquilidad perdida. La gente aplaude poderosamente. Por fin vemos  la mesa, las personas con las que compartimos la oscuridad extrema, los platos, los cubiertos, la comida y los dedos sucios y untados.

Sorprendentemente la luz vuelve a traer la etiqueta y todo el mundo se comporta de nuevo.

Al fondo del restaurante aparecen  los héroes de la noche: los meseros.

Sin ellos la cena habría sido un total fracaso.

La gente los aplaude efusivamente por su gran labor en la oscuridad. 

Inesperadamente nos saludan y nos cuentan que todos ellos son ciegos y que les toca vivir constantemente de la misma manera como los invitados se sintieron durante toda la cena.

El impacto es total.

La cena fue organizada por la Fundación Mexicana "OJOS QUE SIENTEN" la cual lucha contra los paradigmas de la ceguera mental y busca  insertar laboralmente personas con discapacidad con otras capacidades y aportes diferentes. El mundo necesita ver las cosas de otra manera y ver a través de los sentidos sin tener la vista, es una manera diferente de mirar.

La Luz se lleva por dentro y la peor discapacidad es la pérdida de actitud y de voluntad.

 

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