Entre los libros de tantos y una serie de historias de cuando era niña, empecé a escribir eso que tanto deseé, eso de lo que solo estaba segura que se llamaría “Pude haber sido una puta”. Un libro, o una serie de relatos, como merezca llamarse. Comparto con ustedes un poco de esto.

Aquí va el primer relato:

Mamá conocía muy bien este entorno cucuteño cuando nací. Creía mucho en mis capacidades, por eso me nombró Alejandra. Pero por si se equivocaba en lo que yo podría llegar a ser, me dejó un muy comercial Deyci. Ese fue por si elegía ser puta.

I


Habían pasado solo unos meses desde la muerte de papá y por esos días ya mamá salía con uno de los amigos de ambos.  Yo estaba acostumbrada a verla siempre con papá, así no se besaran o no se tocaran. No sé a qué hora tenían sexo, nunca los escuché, ni los vi. Yo dormía en la cama de al lado, siempre hacia el extremo donde estaba mamá.

Ella llegaba con regalos, los veía en la calle caminar juntos, pero mis tías y mi hermano decían que no era cierto ese romance, que yo todo lo suponía. Yo seguía insistiendo. Él llegaba a tomar las onces a nuestra casa casi todos los días, con la excusa de ver cómo estábamos todos, a veces me llevaba regalos, otras veces a mi hermano.

Me inquietaba que nadie se diera cuenta de que ellos tenían algo, y peor que eso, que me trataran de loca por suponerlo. Luego empezó la gente a comentar en la calle, y la esposa de ese señor vino un día a visitar a mamá.

Salí temprano del colegio, fui a la habitación y de una gaveta saqué una de las navajas que había conservado de papá, era azul y tenía un grabado dorado en alemán. La metí en el bolsillo de la falda del colegio.

Salí llena de furia de mi casa y fui al parque donde siempre lo veía. Todo se dio. Todo salió como esperaba. Yo no sabía cuál era su casa, pero guardé la distancia y vi como del parque bajaba un par de cuadras.  Fui despacio sin perderlo de vista, dejando un espacio prudente de distancia.  Entró a su casa, luego empujé la puerta con fuerza y entré también. Abrí la navaja dentro de mi bolsillo y vi cómo se doblegaba ante mí. Él sabía a lo que yo iba.

Me brotaban muchas lágrimas, grandes gotas. Empuñé la mano y le hice un par de preguntas.  Quería saber si había tenido sexo con mamá. Guardó silencio. Cuando saqué la navaja y le pregunté de nuevo me dijo:

- El que calla otorga, por eso guardo silencio.

Desde ese entonces odio esa frase. Además porque es cliché y odio todo lo cliché.

Cuando levanté el brazo para apuntarle al cuello, me tomó de la muñeca y me dobló la mano. No sé cómo me solté y le pude enterrar la navaja en el brazo izquierdo, desde el hombro hasta el codo. El piso se empapó de sangre, me salpicó un poco a la camisa blanca del colegio. A los minutos entraron sus sobrinas, me quitaron la navaja y la tiraron a la calle. Yo salí corriendo, nadie me persiguió. Al día siguiente me esperaban en la dirección del colegio por haber hecho eso con el uniforme. Si me lo hubiera quitado, no me hubieran llamado.

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