Sobre el concepto del rostro del hijo de Dios  es la obra del dramaturgo Romeo Castelluci y ha sido catalogada como la gira más polémica de una pieza teatral en el país galo. Los católicos franceses la han tildado de sacrilegio contra la imagen de Jesucristo considerando que la simbología escatológica que se utiliza en la obra contra el rostro de Jesús es una blasfemia sin ningún argumento artístico o teatral. Algo así sólo lo hace quien tiene un espíritu totalmente retorcido,afirmó el padre Xavier Beauvais, uno de líderes de las marchas y manifestaciones que se desarrollaron en París contra la obra.

 

Romeo Castelluci, por su parte, considera que su creación desmantela la indiscutible condición humana de la cual nadie se salva; una circunstancia capaz de erradicar cualquier sentimiento parental cuando el hombre –como hijo- se enfrenta ante las incontinencias corporales desu padre enfermo. Sus primeras atenciones están dotadas, por el personaje, de palabras de apoyo y confianza hacia su padre, sin embargo, pierde su paciencia a medida que su progenitor sucumbe, día a día, ante una incontrolable enfermedad senil que lo convierte nuevamente en una especie de recién nacido. El director también afirma que su obra puede ser interpretada como la gran mayoría de textos religiosos cuya lectura exige siempre una exégesis: mi obra está totalmente ligada al miedo humano de morir; la angustia de sentirse abandonado u olvidado por todos, afirmó Castelluci.

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Una estrecha calle de París dividió los espacios como una escena de la Divina Comedia: “el cielo” con los católicos ubicados en la Place de Chatelet controlados y cercados por la policía para evitar los barullos y desmanes que protagonizaron en la primera velada de la obra; y como las almas perturbadas del “infierno”, estaban las personas que salían de Théâtre de la Ville  bajo la rechifla y mirada justiciera de los “fieles”.

 

Presenciando aquella escena, casi como el propio Dante, me sentí como un traidor silencioso ante el Dios que me enseñaron a venerar -porque yo-, en ningún momento, asumí un rol categórico contra los “infieles” que se jactaron y pagaron para ver una obra donde se lanzan excrementos contrael rostro de Dios hecho hombre. No obstante, cuando la espiritualidad personal -o misticismo- logra superar cualquier acervo o venda doctrinal e institucional de la Iglesia Católica, la escena la vislumbré como un indiscutible experimento de objetividad.

 

Con los católicos había caminado hasta Chatelet desde Opera y paso a paso, bajo una leve llovizna, compartí también con ellos, la indignación y la humillación de un Cristo que yo no cesaba de imaginar bajo la precipitación de heces sin argumento escénico; pero… ¿todo eso si tenía ese tinte tan sacrílego con el cual me estaba sintiendo hipnotizado y “manipulado” para odiar todo lo que involucrara  la obra? Pues bien -casi como el propio Jesús cuando le pidió a Mateo que lo invitara a cenar-, crucé la calle para obtener opiniones de las personas que habían presenciado la pieza.

 

¡En lo absoluto! La caca está por todo el escenario, pero jamás es lanzada contra el rostro de Jesucristo, fue la primera respuesta de un francés católico que presenció la obra por curiosidad. Esa obra nos pone contra los escrúpulos y miedos que tenemos del declive humano con  el paso de los años, y el rostro de Jesús es un testigo silencioso ante nuestra condición humana, pero Él siempre está ahí, me planteó un segundo espectador mientras las rechiflas continuaban desde el centro de la plaza.

 

Totalmente desubicado por la diferencia de opiniones decidí ir –tres días después-al Centro Cultural 104 de París para ver personalmente la obra; allí,mi intrascendente suerte humana se estrelló nuevamente contra las mismas preguntas existenciales que inquietan al hombre aunque se proclame ateo o escéptico. La obra me mostró la vulnerabilidad del hombre ante sus vicisitudes más intimas; el indudable lugar de Cristo en las porciones de vida que se materializan en el arte y el arte que poco a poco se marginó de la religión –pero conservó a Dios- para inducirnos en los cuestionamientos más profundos de nuestra propia vida, porque jamás–ningún personaje histórico- ha despertado en nosotros tanta duda existencial, independientemente del valor de la credibilidad, mucha o casi nada, en el mayor de los casos.

 

Los sacerdotes y pastores nos rememoran la vida de Cristo ligada al sufrimiento como un misterio porque sólo sufre quien tiene pecado y en Él no lo hubo. Pero es indudable que al final de cada sufrimiento humano: físico, psicológico e incluso lo sentimental,  siempre hay un dato; una información; una nueva experiencia con mayor aprehensión que la obra se encargó de resaltar en el rol del hijo impotente ante su adversidad para plasmarlo delante el público.


Al final de la obra, recordé –por ósmosis- la escena presenciada en la Place Chatelet Théâtre de la Ville  y recreé la imagen de Jesús en aquel concurrido lugar de París… ¿qué hubiera hecho Jesucristo en esta situación?, me pregunté. ¿Hubiera dedicado sus minutos terrenales en salir al ristre contra la obra incitando a todos sus seguidores? O por el contrario, ¿civilizadamente hubiera comprado una entrada para demostrarnos que a pesar del paso de los siglos aún no hemos entendido la esencia de su mensaje?, ¡concluí!

 

Andrés Candela

 

* En un comunicado de prensa del Théâtre de la Ville, Romeo Castellucci informó: “Es completamente falso que nosotros, en la obra, estemos ensuciando el rostro de Jesucristo con excrementos”, y agregó:“Yo deseo perdonar a aquellas personas que han utilizado la violencia contra el público del Théâtre de la Ville, yo los perdono porque ellos no saben lo que hacen”.  

 

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