Para ponerlos en contexto, haberle pedido a un docente de Narrativa Universal que mejorara la calidad de sus clases, desencadenó todo un caso de lo que los sicólogos y especialistas llamarían: matoneo. Los demás compañeros de esa clase me hicieron un desplante y luego apareció un audio que involucraba a 3 docentes como los ‘autores intelectuales’ del desaire. El hecho salió en la prensa regional y dividió las opiniones en dos. Unos respaldan a los docentes y dudan que ellos hubiesen planeado algo tan absurdo como lo que denuncié y la otra mitad me pide sugerencias de cómo hacer pública la mala calidad de otros programas y las irregularidades de la administración en general.

La universidad no se preocupó por mis acusaciones sobre la mala calidad del programa de Comunicación social, al contrario, indicó mediante un comunicado, que se habían hecho “señalamientos a priori por opiniones irresponsables”. O sea, que el diario, según ellos, no había consultado las fuentes necesarias y se habían basado solo en las denuncias insensatas de la chica inconforme. No importó mi acusación, sino mantener limpia la imagen de la universidad.

El grupo de estudiantes en mi contra, inició una serie de ataques digitales, que terminaban en sugerencias de visitas al psicólogo, pues les alarmaba que escribiera cuentos sobre asesinatos y que publicara ‘comentarios inmorales’ en mi cuenta de twitter (@Aleomanaz). Lo irónico de la situación, es que defendían a la universidad con sus comentarios con mala ortografía, confirmando que para todos, lo más importante es la imagen que pueden proyectar y no la calidad de los programas.

La forma de mejorar las situaciones no es buscar el lado positivo, dentro de mi corazón de autoayuda, concluyo que se debe identificar el problema para poder combatirlo, no esconderlo para que no perjudique la prestigiosa imagen que se ha fortalecido con el tiempo.

Recuerdo que al iniciar con este espacio (en el que ya cumplo 2 años), publicaba columnas sobre el estado de la ciudad. La respuesta de la gran mayoría de lectores, era decir que afectaba la imagen de Cúcuta con mis “mentirosas historias desacertadas”. Mientras ellos decían eso, yo acudía a entierros cada 10 o 15 días, de víctimas y victimarios del conflicto en el departamento. Decían que exponía una columna roja, ignorando las cifras que botaba cada mes la página judicial del diario local. Al parecer, nunca vieron a un par de jóvenes correr en una moto, porque acaban de matar a alguien en una esquina y muy seguramente ese alguien sería uno de los vecinos con los que crecí o que me vio crecer. Tampoco vieron cómo mataron a mi vecina de dos años de edad, cuando jugaba en el andén. Ni vieron cómo otros vecinos iban a linchar a un policía, porque en medio de una persecución, el motorizado perseguido se accidentó y murió; tampoco supieron que tomé esas fotos para la prensa y que tuve que esconderme por varios días, hasta que se les pasara la rabia conmigo por haber hecho público el caso. Y no tomaron esa foto que tomé, del cadáver de una mujer a la que le practicaron una cesárea para extraer a su hija también muerta, porque un sicario les disparó por ‘equivocación’. Tampoco leyeron sobre la masacre de la semana pasada.

Hay mucha gente que va por la ciudad sin percibir esta realidad. Esa es una opción de vida que no puede ser válida para los futuros comunicadores sociales y periodistas de la región. Catatumbo, los cultivos de coca y los raspachines son Norte de Santander. La Parada, el puente internacional, Atalaya, los paramilitares,  Juan Frío y los hornos donde descuartizaron y cremaron a decenas de personas, son el área metropolitana de Cúcuta.

A esos futuros comunicadores y periodistas les resulta más fácil decir que su ciudad es bonita, sin preocuparse por lo que pasa en ella. También es más fácil catalogar zonas como inseguras y no acercase por ahí nunca. Desconocen que la ciudad es más que la zona de confort de la que no salen y que ser comunicadores y periodistas no es tomar fotos a todo lo que se encuentra hasta quemar el obturador. Ser comunicadores tampoco es ir a un conversatorio con Andrea Guerrero, para que nos motive diciendo que si luchamos por nuestros sueños podemos algún día trabajar en RCN (Ella vino a un conversatorio a decir eso, no miento).

Defienden la universidad porque les caen bien los profesores o porque si no los apoyan, seguramente estos serán más duros a la hora de evaluar, se les olvida que van a salir a la vida real a enfrentarse con un ambiente MUY diferente al universitario. Y a la universidad le es más fácil ponerme como una mentirosa inconforme, así no se entorpece el curso normal de las cosas y es no necesario reformular el sistema educativo.

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