Una vez, cuando estaba por los 15 años, le hice una carta de amor una compañera de colegio. Le dije que la amaba y que estaba dispuesta a renunciar a todo lo que puede tener una heterosexual, a cambio de estar con ella. Escribir esa carta fue una de las situaciones más difíciles de mi vida. Me senté a llorar y a pensar en cómo me vería a los 35 años, sin hijos, con las tetas envueltas en una banda, vestida como hombre y con el cabello corto. Pensaba en lo que diría mamá y bla,bla, bla, todo lo que vendría.

Esa idea de ser lesbiana nació luego de mi primera relación sexual con un hombre, que aunque era demasiado guapo  –y ahora que miro en retrospectiva, fue un buen polvo–  no me hizo sentir nada. Esa primera vez fue a los 14 años, sí, precoz, y la segunda fue más de un año después. En ese año de celibato me iba enamorando de a poco de los piquitos que nos dábamos a escondidas con esa compañera, pero al volver a estar con un hombre –por cierto guache, gordo y desagradable–  entendí que sí me gustaban los penes y que quizás podía alternar ambos gustos.

Por eso, comprendí que no debía ser heterosexual o lesbiana, que tenía una opción de indecisión que muchos adoptaban y se llamaba bisexualidad. Así que me matriculé en esa y me proclamé a los cuatro vientos como una bisexual. Tras ese paso, varias chicas empezaron a acercarse, pero siempre corrí con la mala suerte de que fueran promiscuas, intensas o borrachas, como una que llegó a casa luego de las 3 de la mañana a buscarme en medio de una borrachera que no la dejaba mantenerse en equilibrio tras los rodillazos que le puse en la cara (tú sabes quién eres chica, no te acerques). Ella aparece cada cierto tiempo y ante mis negativas optó por hacerse amiga de mis amigos y por enviarme “tweets” de vez en cuando. (Sí, tú, no te acerques).

Luego entré en un par de noviazgos que me permitieron un receso total con las de mi mismo sexo. No 'flirteé' por redes con ninguna y mucho menos salí o me besé con alguien. Así que era una bisexual inactiva, que no había ido más allá de besos en las tetas en baños de discotecas, que ya no tenía contacto con chicas, pero veía porno lésbico cada vez que quería un orgasmo en casa. Leía relatos de Anaïs Nin y aventuraba en su prosa y las aventuras con June. Las mujeres se habían convertido en mi fantasía, que no se hacía real por falta de una candidata decente, sin vagina pública y no tan borracha.

Hasta que por fin. Una chica con la que había estudiado en el colegio, reapareció luego de un viaje que no nos permitió crecer juntas en la misma ciudad. Regresó hermosa, con esos ojos que no recordaba que fueran tan bellos y ese cabello largo, muy largo y rubio. En una conversación por Facebook me dijo que le gustaba y que nos viéramos. Tendría sexo con una chica linda, nada masculina y dentro del margen de decencia que buscaba. Pero las citas que nos poníamos no se daban. Unos días, yo no podía; otros, ella me hacía el quite; otros, ninguna aparecía. Hasta que por fin un día coincidimos en mi cama, viendo porno.

Primero risas, burlas por las actrices, “jaja´s” por las tetas que se les caían, conversaciones de viejas. Luego todo dio un giro. Las dos estábamos concentradas en el video, yo un poco húmeda por la tensión de su cuerpo cerca. La vi de reojo y noté que mordía su pulgar suavemente y que su respiración se había acelerado. Volteé la cabeza y la besé. Después de ese primer beso, no pasó más de un minuto para que estuviéramos desnudas. Yo sobre ella. Hicimos esas cosas que se hacen en los videos, un poquito de todo eso. Era tanta la emoción que tenía por lo que estaba haciendo, por llegar por fin a mi esperada aventura, que quería terminar rápido para escribirle por Whatsapp a mi mejor amigo y contarle.

Esa noche descubrí que amo las vergas y que las vaginas no saben bien. Estaba emocionada, sí, pero porque por fin lo estaba haciendo, pero no sentí ganas de querer repetirlo algún día. Tenía una curiosidad que había saciado y que me había hecho quemar esa etapa. Adiós noches de Theatron, adiós ver culos por la calle. Adiós videos porno de chicas, lo que ha significado adiós por completo al porno, pues no encontraba placer en otras categorías de YouPorn.

Y debería terminar acá, pero no quería dejar de contar que lamento descubrir antes de tiempo, que no me gustan las chicas. Hace una semana me quedé en casa de Virginia Mayer y la vi pasear en calzones, con esa camisa roja de cuadros, con el culo más grande, redondo, parado y hermoso del mundo. Y me dije: “¡¡¿cómo diablos no me gustan las chicas ahora?!!”. Pero así fue. A cambio de piropos, le pedí un esmalte prestado y hablamos de cosas de las que hablan las chicas. Hubiera querido saber que me gustaban las vergas, habiéndola probado antes a ella.

@Aleomanaz

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