Esta historia comenzó en agosto de 2006, cuando el destino quiso que Daniel Samper Ospina, en un encuentro casual, me preguntara si sabía de alguien que quisiera arreglarse la mordida. Yo, víctima endémica de las caries, la mordida chueca, dientes y muelas con calzas de cien colores distintos, le había dicho que estaba dispuesto a someterme a lo que fuera. Mis dientes y mis muelas estaban destrozados como Guernika el día después del bombardeo de la Legión Condor y más desordenados que las figuras que componen el Guernika de Picasso.

Lo que para SoHo fue un experimento, cuya primera y más dramática parte intenté contar en el especial de salud publicado en noviembre de 2006, para mí significó un nuevo renacer que justificaba tratamientos de conductos, aparatos para corregir la mordida, alambres.

Y valió la pena. Mi Guernika se transformó, gracias a Ciro Garnica y su equipo de colaboradores en Osisdent, en una boca que, por fin, me permite sonreír sin taparme los dientes con los labios.

En octubre de 2006, el doctor Ciro Garnica y sus colaboradores me habían dejado listo para la foto. Pero, como el mismo doctor Garnica lo dijo, faltaba un largo trecho para que el tratamiento llegara a su final.

El primer paso, ampliar el arco de la mandíbula superior para que la mordida, bastante corregida en ese momento, se acoplara de manera definitiva en su nueva posición.

La doctora Érica Pedraza me instaló un aparato que constaba de dos alambres, que rodearon la parte interior de mis dientes y muelas.

Eso significó que en esa Navidad, época de buñuelos, natilla, galletas de Papá Noel y ponqués varios, no disfruté del todo aquellos manjares por los alambres, que complicaban bastante la masticada, y también porque, mientras me acostumbraba a las texturas que cubrían las muelas, sentía que a la comida le habían echado arena o vidrio molido.

A lo largo de 2007 me acostumbré a hablar por radio con alambres, a masticar con alambre, pero el sacrificio valió la pena, porque el arco superior de mi mandíbula se iba expandiendo.

Mientras tanto, el doctor Jaime Ariza comenzó, con la paciencia de un tallador, a perfeccionar diente a diente y muela a muela.

Todavía quedaban dos huecos por llenar, en la parte posterior a ambos lados del maxilar inferior. Dos muelas que habían desaparecido, una a finales de los 80, la otra hacia 1995. Allí, el doctor Ariza instaló dos puentes Maryland, una manera muy ferroviaria de denominar estas prótesis colgantes que se sujetan de las muelas adyacentes.

Acto seguido comenzó la dispendiosa tarea de cambiar los dientes provisionales por coronas permanentes. Además, en algunas muelas fue necesario poner cuellos, unos revestimientos de resina que ayudan a darles forma y cuadrar la mordida. Eso significó tomar moldes de ambas mandíbulas, restaurar algunos de los espigos que las sujetan a la mandíbula, agregarles resinas a los dientes pequeños, hacer retoques mínimos para emparejar formas, adaptar una y otra vez la mordida para que la boca cerrara bien. Y como los dientes sobrevivientes de la parte superior no eran del tamaño adecuado, el doctor Jaime los talló hasta convertirlos en la base de las nuevas coronas.

En octubre cedió el alambre y el doctor Jaime acabó de removerlo y, en las últimas sesiones, me dejó en manos del doctor Ciro Garnica, quien se encargó de los detalles finales, el blanqueamiento de algunas piezas y, lo más importante, de cumplir el cometido de terminar tan compleja tarea un año y dos meses después de publicado el artículo.

Así que... gracias, doctor Garnica.

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