“Se lo ruego Chiquitina, hágalo por mi”, dijo mi tía. “Es un buen muchacho, conozco su familia de toda la vida,  son gente divinamente. Él la vio en fotos, la oye en la W y está matado. ¡Ya es hora de que se dé una nueva oportunidad! TIENE QUE VIVIRRRRR”. Y fue así, como a pesar de detestar las citas a ciegas, acepté salir con él.  Me arreglé lo mejor que pude buscando el equilibrio “linda pero casual”, y esperé a mi nuevo  pretendiente.

 

Por algún motivo, cuando  uno está soltero, todo el mundo tiene alguien para presentarle. De pronto recibe llamadas de gente que le quiere sacar al primo, al mejor amigo, a un compañero del trabajo, algún pariente lejano… Todos regios, simpáticos, con buenos puestos o en su defecto, excelentes bailarines. Es como si la gente percibiera que uno está en un oscuro  agujero a 700 metros bajo tierra, y la única capsula que puede devolverlo a la luz, es una nueva pareja.

 

Llegó veinte minutos después de lo estipulado. Salí, y de pronto se  abrió  la puerta de su camioneta. Él estaba adentro hablando por teléfono, me hizo un guiño con su mano y continuó su conversación.  Me subí desconcertada, era la primera vez que lo veía, y me pareció  poco cortés su comportamiento. No es que esperara yo que estuviera abajo del carro con rosas, -es cierto que hoy en día, en pro de la liberación femenina, muchas han dicho que los gestos de la galantería, como abrirle la puerta a una mujer, son actos machistas e innecesarios-  pero me pareció, que siendo esta una primera cita entre dos desconocidos, no sobraba por lo menos una presentación formal.  De pronto se volteó y me dijo: “¿Puedes anotar este número en tu celular?: 3 11 345…”  Arrancó y continuó su llamada unas diez cuadras más. Entonces lo supe, comenzaba la crónica de un desastre anunciado.

 

Llegamos y el celular volvió a sonar. Contestó mientras caminaba muy rápido y yo atrás, con mis taconazos, trataba de seguirle el paso. Lo primero que noté fue que él se veía mucho menor que yo, flaquito, desgarbado y nadando en su camisa de cuello blanca con rayitas azules. -Parezco su mamá- pensé  -es muy distinto a la foto de su profile- (clasico: Nadie es tan feo como en su foto del pase, ni tan bonito cómo en su foto del facebook) Eran las 9:10 pm cuando entramos al lugar, una pizzería-bar, con buena música y ambiente. Colgó. Silencio incómodo.

 

Yo: ¿Y tú, qué haces?

Él: Tengo una empresa

Yo: ¿De qué?

Él: Nos dedicamos a la fabricación de alambres de acero, según los requerimientos de nuestros clientes.

Yo: OH interesante…. Y, ¿Cómo qué requerimientos?

Él: Hay de distintas clases

Yo: ¿Pero cuales?

Él: Eso depende…

Silencio Incomodo

Yo: Y los alambres.. ¿De qué tipo son?

Él: Pues alambres, ¡de tipo alambre! Alambres de acero.

DIOS, ayuda!!!!

 

Yo: Y ¿Vivís contento en Bogotá?

Él: Si

Yo: ¿Hace cuanto?

Él: Cinco años

Yo: ¿Y además de tu trabajo que te gusta hacer?

Él: Nada, trabajo todo el día.

Silencio Incomodo.

Pensar, pensar, de qué más hablo… haber: trabajo ya, hobbies ya, Bogotá ya…

 

Yo: Y... ¿te hace falta Cali?

El: No

 

¡Maldita sea! ¡Maldita la hora en que le dije que si a mi tía! ¡Odio las citas a ciegas! Cómo será que estoy extrañando Protagonistas de Nuestra Tele, seguro mientras este señor me responde con monosílabos, Cristian está agarrado de las mechas con Katherine! ¡Que viva el circo humano donde la gente habla, se ríe, pelea, hace complots, se comunica!

 

Después de una hora de difícil conversación –si se le puede llamar así- observé que a la pizza Hawaiana le quedaba solo un pedazo: el de la pena. Por algún motivo que aún no he logrado descifrar, nadie se atreve a comerse la última papa, el último trozo de chorizo o la última unidad de cualquier comida que sea para compartir. Estaba a un pedazo de pizza de irme, y la verdad, no quería comérmelo.

 

Yo: ¿Te vas a comer ese pedazo?

Él: No

Yo: Yo tampoco, si quieres nos podemos ir

Él: ¿No te quieres quedar otro rato?

Yo: No, es que mañana madrugo mucho.

Él: ¿Seguro?

Yo: Seguriiisiiiimo.

 

Pedimos la cuenta. Hice la labor, muy juiciosa, de hacer el amague de querer pagar mi parte, cosa que no aceptó, -primer acierto de la noche-. Agradecí, agarré mi cartera, y cuando estaba tomando impulso para pararme, mis oídos oyeron algo inaudito.

 

Él (al mesero): ¿Nos puede empacar el pedazo que quedó?

 

Miré la mesa. Era un pedazo triste de pizza, el más pobre en queso de todos y el más chiquito, literalmente era un PEDACITO. El mesero sonrió, como pensando que era una broma, y él, serio lo miró con cara de: rapidito por favor. A los cinco minutos (cinco laaaargos minutos) llegó con el pedacito envuelto en papel de aluminio.

 

Debe ser de aquellas personas que no está de acuerdo con botar la comida. Seguro ahora se la da al señor que está cuidando el carro. Me sentí mal… tanta gente muriéndose de hambre, ¡y uno desperdiciando!

 

Salimos del restaurante, yo con mi cartera y él con su pedacito en la mano.

 

Él: Acompáñame un ratico a un bar aquí al lado,  prometo que no nos demoramos.

Yo: Acuérdate que mañana trabajo, no puedo.

Él: Por favor, te lo pido.

 

Ashhhhhhhhhhhhhhhhhhh!

 

Pasamos al lado de tres habitantes de la calle, dos basureros públicos, y un anciano que nos pidió plata para una sopa, pues no había almorzado. Entramos al bar que estaba muy lleno, sonaba Danza Kuduro de Don Omar, al ritmo de la mano arriba y la cintura sola, él dio la media vuelta, movió la cabeza, y todo esto, sin soltar su pedacito de pizza.

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