En la última entrada decía que los colombianos —por consentidos, conservadores o pendejos— no salen del país. Que los que tanto se quejan porque no pueden salir deberían callarse, porque lo difícil no es salir. Salir es fácil, si eso es lo que uno de verdad quiere. Y que los que no lo hacen —y se quejan— es porque no tienen pelotas.

 

Pero hay colombianos que sí las tienen. Y muchos. Colombianos en el exterior hay muchos. Y ese viene siendo el otro lado de la moneda.

 

Si uno quiere saber cómo es Colombia, culturalmente hablando, lo mejor es que vaya a la fila de Avianca en el aeropuerto de Miami. Verá a las caleñas, con sus jeans sin bolsillo en el trasero, gafas estrafalarias y un escote innecesario. Operadas, voluptuosas, emancipadas. Verá a los niños corriendo, con las manos enmelocotadas, estrenando tenis Nike y jugando con un aparato recién comprado. Verá las cajas y las maletotas plastificadas, a las abuelas y a los niños abriendo paquetes de papas de pollo, comiendo chicle, sorbiendo la malteada y tomándose la lata de CocaCola sin abrirla del todo. Esto, en la fila del counter de Avianca en Miami.

 

Porque así es Colombia. Y, como ya lo dijo Samper Ospina, “Colombiano que se respete viaja de regreso con las manos ocupadas, casi siempre por algo que se rompe: una artesanía delicada, una talla quiteña”.

 

En todas las ciudades grandes del mundo hay un barrio de colombianos. Nosotros no nos vamos en patota a algún lado, como los mexicanos a California. Sino que nos vamos en familia a todos lados. Con abuela, con “primo mamador de gallo”. Y allá nos imponemos: con fortaleza, hacemos cultura.

 

Uno de los almacenes colombianos —donde, como en todos, venden piña Postobon, arepas de choclo o aguardiente— en Paris se llama Mi Ranchito. Queda en Pigalle, el barrio donde están los burdeles. Entrar es como viajar de Paris a Tunja en un segundo. Cuando fui, en un espacio diminuto una familia lograba darle arroz con pollo a un mundo de gente y sentar a unos tipos con bigote y piel reseca, muy al estilo boyacense, a tomar cerveza sin parar. La mesa no estaba cubierta con cervezas Águila, sino Heineken. Pero la escena era la misma: la torre de latas, el sentado de pierna abierta, la camisa desabotonada, el silencio. Era un martes, cuatro de la tarde, y estaban, en medio de esa ciudad abrumadora, a punto de quedarse dormidos sobre sus papadas.

 

En Camden, un barrio en Londres, entré sin invitación a una fiesta de folclor anglosajón: de pensionados comiendo papa con garbanzos y tomando cerveza negra en vasos extragrandes. En la tarima había un grupo bailando folclor irlandés, con gaitas y acordeones. Me senté a verlo, cuando, de la nada, un niño corriendo hizo caer a un viejito. La gente saltó a ver qué le había pasado y el niño corrió hacia a sus padres, sus tías, sus primos y sus abuelas. Más colombianos todos que una fila de Avianca. Chupaban colombina, les colgaban cámaras de video, comían arroz de una caja de cartón, y nadie, ninguno, le decía nada el chino descarado. Era, en efecto, noche latina. Que en términos reales era noche Colombiana, por no decir noche de la familia Torres, los protagonistas del evento. Los niños bailaron joropo, cantaron vallenato y se fueron. La noche latina de salsa, collares de flores y margaritas que se esperaban los ingleses, terminó en unos niños, todos rellenitos y mal vestidos, entonando ‘La reina’, de Diomedes. Apagaron y se fueron.

 

En el centro comercial más viejo y feo de Londres, Elephant & Castle, hay un restaurante llamado La bodeguita, donde venden aborrajado (£3.50), queso pera (£1) y tinto en agua de panela (£1.50). Es un institución, donde hacen lonches, primeras comuniones y novenas. Hay un restaurante y una delicatessen, que atiende una colombiana leyendo TV y novelas. Al lado, en pleno centro comercial, está Medellín y su moda, un almacén de ropa colombiana. ¿Cómo es la ropa tradicional colombiana? ¿Qué prenda de ropa nos identifica como colombianos? ¿Acaso venden carrieles? A los maniquís de ropa de mujer les ponen relleno en el trasero: les meten pedazos de icopor para que se vean más voluptuosos. Lo mismo en las tetas. Así esté haciendo 5 grados centígrados afuera, todas las prendas son de verano, o caleñas: ombligueras, minifaldas, shorts apretados y ropa interior marca Leonisa. En frente del almacén hay un negocio para mandar plata a Colombia. Vale el tres por ciento de la cantidad mandada.

 

En Latin Outlook hay un artículo sobre todo esto. Dice que “experiencias como la de la demora en el aeropuerto por la examinada del talco Mexana y la desempacada del manjar blanco no dejan de ser más que otra de nuestras simpáticas anécdotas que con sátira siempre tenemos para contar y al mismo tiempo para dar gracias al Divino Niño porque hemos llegado bien, a pesar de los amargos momentos.” También dice que “muchos se las arreglan para sentirse como si la propia abuela les estuviera preparando en casa los alimentos tradicionales”, como en la Bodeguita. Además de la Bodeguita, en Londres están La Mazorca, El Torito, Los Arrieros, Los Guaduales y la Tienda Tropical, entre otros. Están en sectores como Seven Sisters, Holloway y Brixton, todos barrios de inmigrantes. O, mejor, de colombianos. En todos le venden Pony Malta por 10 mil pesos, agua de panela por 20 mil y plato ejecutivo por 15 mil. Y lo mismo hay, mal que bien, en todas la ciudades grandes del mundo.

 

Cuando entrevisté al rapero que decía ser hijo de Pablo Escobar en Nueva Jersey, en Nueva York, fuimos a uno de esos restaurantes colombianos. Él se comió su bandeja paisa con pasión, empujando el arroz con el chicharrón. Era la bandeja paisa más cara y mediocre del mundo. Sonaba Juanes, las televisiones mostraban Caracol Noticias, sin volumen, y sobre el counter había unas empanadas, a 6 mil pesos (3 dólares). Cuando pedí la sal, me dijeron que la ensalada no necesitaba sal, y nunca me la dieron.

 

Como los chinos, los colombianos migramos a medio mundo imponiendo nuestras costumbres por encima de lo que sea. Y hacemos barrios, imponemos cultura. La estancia de Luisa es un restaurante en Melbourne, Australia. Y Mi rancho, en Boston. Martín Albino, un argentino que sirve cafés a una cuadra de mi casa, en Londres, ha vivido en unas quince ciudades de Europa, siempre sustentándose con trabajos informales en restaurantes. “Yo no sé qué tienen los colombianos para multiplicarse —me dijo—, pero están en todas partes.” En Bucarest, Rumania, Martín trabajaba en un bar de judíos, y uno de sus compañeros era colombiano. En la cafetería de Praga, otro colombiano. En el almacén de celulares en Sofía, colombianos. Y lo que es increíble, me decía, es que en todos esos sitios siempre lo invitaron a alguna comida familiar, y siempre, siempre, le dieron lo mismo: bandeja paisa.

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