Alguna vez conocí una mujer cuya gran habilidad era acordarse de los cumpleaños. Cada vez que hacía un nuevo amigo, se empeñaba en averiguar qué día era su cumpleaños y, en seguida, lo apuntaba en su decorado calendario, el cual actualizaba todos los años en enero. A mí siempre me pareció una estupidez, pero ese es problema mío; y debo reconocer que ese tipo de cosas es lo que hace a la gente feliz: desearle el cumpleaños a gente que no se lo espera de uno. Una vez mi conocida estudió la rutina diaria de una de sus víctimas y pegó carteles por las calles que ella transitaba todos los días. Durante todo el día su víctima nunca supo quién era. A medida que todos sus amigos la felicitaban, ella descartaba posibilidades, hasta quedarse sin sospechosos. La última persona que pensó era su perseguidora. Y terminaron de mejores amigas.

 

Una vez más: a mí siempre me pareció una pendejada. Pero a ella la hacía feliz y no me cabe duda de que a punta de estupideces como estas el mundo puede ser menos peor.

 

Facebook se tiró los cumpleaños. Y dejó a mi amiga sin hobbie: convirtió sus elaboradas tarjetas para extraños que no se lo esperaban en un simple, inhumano y rutinario “Feliz cumpleaños, que pases rico” que todo el mundo se espera. Hasta los criminales exiliados reciben innumerables mensajes de felicitación hoy en día.

 

Ya no tiene gracia acordarse del cumpleaños de la gente. Ya es, incluso, penoso, porque revela que uno vive pegado a Facebook.

 

“Facebook permite miles de congratulaciones de cumpleaños todos los días en el mundo,” dice la gente de Facebook. ¿En realidad uno quiere que le llenen de spam el Wall con la misma frase escrita por distintas personas? Lo dudo. O, al menos, da la misma. Y ese es el gran problema: desearle el cumpleaños a alguien ahora da la mismo que no hacerlo. Uno ya ni se acuerda de quién escribió y quién no. Ya ni agradece. A duras penas, le pone Like a cada mensaje. Y, si está en buen estado de ego, escribe un mensaje general diciendo “Gracias a todos por los mensajes.” Qué impersonal.

 

Porque, además, esto dio con una nuevo sistema de diplomacia: cómo actuar cuando uno está de cumpleaños. Mi cumpleaños se viene en octubre y no sé qué hacer esta vez. Si no le agradezco a nadie, como suelo hacer, quedo como un maleducado, como suelo ser. Si pongo Like a cada comentario, contribuyo a la espamización de la web. Si hago un mensaje colectivo, no me resistiría escribir lo mismo que todo el mundo escribe, pero, en el acto de no sonar clichesudo, sonaré más estúpido aun. Entonces no sé qué hacer. Tal vez cambie la fecha de mi cumpleaños en Facebook para el primero de enero, el día de menos tráfico en internet.

 

Por otro lado, este artículo tendrá consecuencias. Y me late que, a diferencia de todos mis artículos, las consecuencias serán buenas: la cantidad de spams que voy a recibir será menor. Y solo los que realmente se preocupan por celebrarme el cumpleaños, que son pocos, se inventarán nuevas formas de felicitarme. Y todo será mejor.

 

En Facebook hay miles de aplicaciones para hacer tarjetas y regalos de congratulación en dos minutos. No veo la gracia. También tienen una aplicación que manda mails de las personas que cumplen años en la semana. En nada se inventan una aplicación que felicite automáticamente. Y me pregunto cómo hará gente que felicita a al menos una persona al día. ¿Será que, día tras día, copian la misma frase de Wall en Wall?

 

Cuando Facebook lanzó esta aplicación, se llevó a muchos negocios que se lucraban de los cumpleaños. Hay una página, Bebo, que con 100 millones de suscriptores casi se quiebra y le tocó cambiar su negocio por cuenta de las alertas de cumpleaños de Facebook. Al menos con Bebo la gente pagaba por acordarse de los cumpleaños. Ahora nada: el único esfuerzo que hace la gente para acordarse de un cumpleaños es mirar al lado derecho de la pantalla.

 

Vivimos en un país banal. Nadie como nosotros le da la tanta trascedencia a un cumpleaños, semejante evento tan rutinario, normal y producto de una sociedad de consumo. El colombiano, al día siguiente de su cumpleaños, hace un recuento de quiénes lo felicitaron y quiénes no. Y condena a los que no. Siempre estamos buscando culpables, ladrones, criminales. Incluso en nuestros amigos. Qué bobos somos.

 

El cumpleaños es, además, una celebración absurda e irrespetuosa. Absurda porque no hay nada que celebrar: nadie ganó nada, no hay nada nuevo, uno no hizo nada bien. E irrespetuosa: somos muchas las personas que odiamos cumplir años porque no soportamos ser centro de atención, la condescendencia de la gente y tener que ser amables con todo el mundo. Pero nada: la gente no respeta eso. Antes uno podía escaparse durante el cumpleaños para que nadie le jodiera la vida. Ahora no: con el internet, como no hay distancias, uno es cumpleañero, así no quiera, donde quiera que haya una conexión de internet. Es decir, en cualquier rincón del planeta. Qué mundo horrible el que hemos inventado. 

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