Yo no sé quién fue el colombiano al que le dio por usar las bolsas de plástico del mercado como si fueran una maleta para cargar cosas, a manera de talego. O, bueno, de talega. No sé, digo, pero me la imagino: chiquita, gordita, conservadora, católica, manos cogidas sobre la panza, chaqueta puesta sobre la espalda sin usar las mangas. Esa mujer está por todas partes en Colombia: es la que no deja abrir la ventana del bus, porque prefiere no sentir frío (ellas siempre tienen frío) a asfixiarse. Es la representación en más fiel de nuestra nación: que critica sin saber, que para a ver el accidente y lo comenta, que se cuela, que se coge todo el compartimiento de las maletas en los aviones con cajas llenas de bocadillos, que se mete en la vida de sus nietos, que vota por el candidato más churro, que lee a Poncho Rentería, que le habla a todo el que se le pasa por el frente, que se queja con gemidos. Y que lleva, siempre, una bolsa de plástico como si fuera una talega normal.

 

Supongo que esto tiene que ver con nuestra histórica pobreza, lichiguez y falta de gusto. Cualquiera la razón, no le veo justificación a esa bolsa que siempre llevan las viejitas en adición a su cartera, por las siguientes razones.

 

La primera es, obviamente, estética. Yo, como la mayoría, pienso que primero está la función a la forma. Sin embargo, una bolsa de Carulla no se puede volver un objeto aceptado por la sociedad como si fuera una cartera adicional. No podemos llegar hasta ese punto. Tan feas son, que, así estén limpias, uno piensa que todo lo que sale de ahí está sucio. Y de ahí que ver a alguien comer directamente de una bolsa de esas sea desagradable. Imagínese a una modelo, a Gisele Bundchen: imagínesela cargando, además de una maleta Luis Vuitton, una bolsa de plástico donde lleva un tupper con papa chorreada. ¿Verdad que pierde todo su encanto? Esas bolsas se deben usar exclusivamente para llevar y traer el mercado. Punto. Ni siquiera para ponerse en los zapatos cuando llueve, mucho menos en el pelo. Yo entiendo que es práctico, y que con dificultad podremos encontrar un remplazo. Igual, creo que no podemos renunciar a vernos civilizados.

 

Y es que esas bolsas, que acá tienen un arraigo cultural tan fuerte como la arepa, demuestran que no hay forma de que salgamos de este atraso irremediable. En países desarrollados, los mercados ya no usan esas bolsas. Si uno las quiere, le toca comprarlas. Aun así, la mayoría de gente no las usa, sino que hace mercado con maletas o bolsas de tela, o de papel. Y, no: no llevan el almuerzo en esas bolsas.

 

Porque, claro: el gran argumento de los países desarrollados para pelear en contra de la bolsa de plástico ha sido el medio ambiente. Pero en Colombia a nadie le importa eso, y el medio ambiente nos da la misma. Entonces ese argumento prefiero no tocarlo.

 

Más que el medio ambiente, una razón contundente para acabar con las bolsas de mercado es el sonido que generan. Uno de los clásicos obstáculos para no poder dormir en una flota es una bolsa de esas. Que el man que está comiendo atrás, que la bolsa al pie de la ventana que hace un concierto con el viento. Siempre hay una bolsa de esas por ahí haciendo bulla. En las flotas, sí, y en los taxis, tiendas, casas, estaciones de policía. Están por todas partes. Han invadido nuestro país.

 

Y no me diga, por favor, que este uso intensivo de las bolsas de plástico es una demostración del colombiano recursivo que puede sacar al país adelante. Por favor no me diga eso. Salgámos adelante con educación, con trabajo, con creatividad. Pero no usando bolsas de mercado para todo. A mí, esas bolsas solo me hacen pensar en recoger el depósito del perro en el parque. Y, en ese sentido, esa es la única connotación que les veo, y el único uso justo que les veo, además de cargar el mercado.

 

Otro rasgo de nuestro conservatismo inútil: guardar las bolsas de plástico. Las doblamos en triangulitos en un cajón especial que no hace más sino crecer, que después de un tiempo ya ni cierra. Nadie, nunca, en una casa normal, se va a quedar sin bolsas de plástico si las guarda todas. Los colombianos creemos que sí. Por eso las guardamos hasta que no quepan, por si acaso.

 

Y es que deberíamos ser, al menos, más coherentes: si vamos a usar estas bolsas para caneca, usémoslas para eso, que es donde se merecen estar. Pero no pensemos que los mismos objetos que usamos para guardar los sobrados del pollo pueden utilizarse para llevar un regalo, el almuerzo y, peor aun, los cosméticos. Por favor, no renunciemos a la civilidad.

 

Hace poco mi mamá me dijo que estaba deprimida, porque se dio cuenta que estaba entrando a la tercera edad al ver que estaba usando bolsas de plástico para solucionar todo. Las bolsas de plástico tienen a esta sociedad deprimida. Yo siento –tal vez en la ignorancia y el desespero, pero lo siento de verdad– que un mundo mejor no puede ser uno donde las bolsas de plástico de los mercados sean nuestro objeto por excelencia. Si seguimos así, las bolsas de plástico van a terminar siendo nuestro símbolo nacional. Hay que pelear contra ellas.

 

Caricatura: http://masclaroagua.blogspot.com/2009/07/las-bolsas-de-plastico-deberan.html?

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