A medida que la vida va pasando, las experiencias se van acumulando y se comienzan a escuchar sistemáticamente preguntas clichés como: y de qué te arrepientes en tu vida?. 
Pero por mucho que me niego a contestarlas, o por más que no intente darles relevancia, empieza a resonar en mi mente con fuerza, Edith Piaf, inmortalizando el arrepentimiento con su canción, Non, rien de rien, non, je ne regrette rien...
Inmediatamente vuelan por mi cabeza frases como:
De lo vivido de nada te arrepientas o arrepiéntete más bien de lo que no has hecho.
Y así, dando vueltas y vueltas a esta reflexión, toma con fuerza en  mi corazón la historia de mi abuela. Una mujer increíble, centro de familia, fuerte, luchadora, clara en sus principios y siempre muy cercana y pendiente de sus nietos. Ella fue esencial para mí en mi crecimiento como persona y en mi educación como ejemplo de amor a seguir.
Cuando ya se acercaba a los 100 años de edad, sufrió un accidente casero que le causó una ruptura de cadera, que la obligaba a practicarse una cirugía. Paralelamente, mi vida laboral en el vibrante mundo corporativo me pedía asistir a París a la junta directiva global de la compañía, pero con la mala fortuna de que las fechas se cruzaban con la operación de mi abuela. Entendiendo que era muy importante y responsable estar con la empresa, emprendí el viaje a la capital francesa esperando que como era habitual y de costumbre con mi abuela, todo saldría muy bien.

Ya en París trabajando, recibí una llamada de mi madre quien me contó que mi abuela no había soportado la cirugía y había muerto. En ese momento mi madre estalló en llanto  y yo entré en un profundo silencio humano el cual aún llevo conmigo adentro.
Me arrepiento de lo vivido, me arrepiento de no haber estado en ese momento con ella, tomándole la mano y diciéndole lo mucho que la quería y lo importante que era para mí.
Mientras yo cumplía  con mis responsabilidades corporativas, mi abuela se había ido para siempre y yo no me había podido despedir de ella. Una balanza de prioridades existenciales que siempre golpea mi cabeza y con seguridad la de muchas personas también. Es la constante lucha para los que trabajamos en una empresa, una disputa eterna por encontrar el equilibrio adecuado entre la vida y el mundo corporativo. Pero entendí que ni el éxito ni el fracaso empresarial te van a agradecer por haber estado en Paris  o donde sea en ese preciso momento. Nadie ni nunca te lo agradecerán.
Hoy le dedico a mi abuela este arrepentimiento que sin duda conociéndola como la conocí, aceptará con inmenso amor y

comprenderá mejor que cualquier persona o empresa en este mundo.
jco

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