Nada más práctico que esperar a que el bus de la victoria arranque para correr a subirse. Y dejar que los mismos de siempre se ensucien de grasa durante el año: cambiando llantas, revisando el motor y bajándose a empujar cada vez que se vara nuestro equipo del alma.


Un alma que hay que mantener bien conservada en la nevera, para poder sacarla y revelar todo su esplendor en el momento oportuno. Llega la final y nuestro equipo está allí, en lo más alto. Alcanzó las instancias definitivas, demostró ser digno del apoyo que le teníamos reservado. Es hora de que nuestra alma reluzca en la fiesta, gritando a todo pulmón arengas como: ¡Junior tu Papá!

 

Me confieso como juniorista de ocasión.


Reconozco que parece cinismo esta muestra descarnada del pragmatismo que compartimos miles. No estoy dispuesto a sufrir gratis. Menos en nombre de 11 desconocidos, o unos colores que arbitrariamente me impuso la vida. Tengo cuentas por pagar, compromisos laborales, trabajos universitarios, un hígado por saciar, y novia para acabar de enredar. Con eso basta.


Ser hincha de cualquier equipo del fútbol colombiano es matricularse en un curso, perpetuo e intensivo, sobre cómo acumular frustraciones. El que un día es un diablo poderoso armado hasta los dientes, otro día es poco menos que un pokemón de segunda clase. Moraleja del paso del América de Cali a la primera B.


Cada clasificación que se pierde al último minuto enseña a asimilar las decepciones de la vida. Por más que usted apriete, el final lo deciden maletines de billetes y 22 tipos ajenos completamente a su imaginaria transmisión de energía testicular. Lo único grande de nuestro fútbol es la bulla que arman los locutores. Y cada ilusión que siembran a gritos es una lección de resignación.

 

Aunque, quizá, mi vida sería absolutamente feliz si no le prestara la más mínima atención al torneo nacional ni a la selección. Quizá. Pero no.


Los que se auto-denominan “verdaderos hinchas” nos llaman a todos los demás: hinchas oportunistas o “pasteleros”.


Propongo una nueva clasificación, más amable y ajustada a la realidad: soy un “hincha prudente”. Como los miles que por estos días nos levantamos entre la masa indiferente, y prestamos nuestras gargantas y tweets para enarbolar la bandera del juniorismo.


En el fondo también soy hincha. Tan aficionado como los “de verdad”. Siempre le hago fuerza a mi equipo, subrepticiamente, mentalmente, en silencio discreto. Incluso estuve a punto de reportar como spam a los hinchas de Millonarios en las redes sociales, cuando le ganaron de local a Junior por 3 goles y experimentaban orgamos imaginándose una final con Santa Fe.

 

Las pasiones nublan la mente, empañan el espíritu, socavan el buen juicio, esclavizan la voluntad. Es algo que tenemos claro los “hinchas prudentes”, que mantenemos bajo dominio nuestra pasión futbolística. (Le damos prioridad a otras pasiones para desbocarnos)


Quien se entrega a la pasión futbolística es capaz de cualquier despropósito, por abrazarse a ese absurdo principio de apoyar al equipo “en las buenas y en las malas”.

 

Los efectos de la acumulación de frustraciones se pueden ver claramente en los hinchas de Millonarios y Santa Fe. En esos muchachos de 16 a 22 años que nunca han visto a sus equipos campeones, y salen a darse cuchillo cada vez que se encuentran en el campo de juego. 

 

El país debería agradecerle a Junior y Once Caldas. Al haber eliminado a los equipos capitalinos evitaron una batalla campal épica en Bogotá.


O vean al periodista Gabriel Meluk. No lo digo porque tenga cara de loco. Junior ha remontado marcadores adversos como 3 a 0 y 2 a 0 en partidos decisivos para alcanzar la final, pero según Meluk dice en este video, simplemente ha recogido lo que le han regalado Millonarios y Once Caldas. Como él diría, no nos digamos mentiras.

 

Un hincha prudente celebra cuando su equipo gana. Siempre se puede contar con su apoyo en los triunfos. Así se mantiene lejos de los efectos nocivos de la ira reprimida; se evita frustraciones que perjudican la salud mental (y que lo obligan a uno, si es periodista, a aparecer en videos con una cara de aburrido-ardido como la que debió tener el diablo cuando lo expulsaron del cielo: coge tu trinche y arranca = coge tu Millos y ves a dormir).

 

¿Por qué acompañar en las malas? ¿Qué sentido tiene hundirse con el barco? ¿Incendiarse con el castillo? ¿Volverla a llamar? El valor heroico es un invento de la literatura y el cine para justificar los sacrificios militares. Llaman valiente al que no alcanza a escapar.


¿Para qué sufrir? ¿Valen la pena tantos días de ansiedad y martirio a cambio de un instante de euforia desmedida y fugaz? El buen sabor del triunfo no depende del tiempo que se haya pasado añorándolo. A mí con los 90 minutos de agonía que me llevo por llegar a ver el partido final me basta para que la victoria ya tenga plena trascendencia.


Ya ejercité suficiente mi fortaleza de carácter ante las adversidades con campeonatos pasados. Fui al estadio, guardé boletas de finales disputadas. Salí cabizbajo, con la bandera entre las piernas, ronco de tanto gritar. Y me tocó correr cuando empezaron a llover piedras y bolillazos, y aguantar burlas al otro día.


¿Por qué exponerme voluntariamente a humillaciones y desgastes? Abnegación, sacrificio,  entrega, lamentación: valores exaltados por nuestra visión occidentalizada. En este valle de lágrimas que es el mundo hay que enaltecer a los pobrecitos. Lo que duele es lo que vale. Pasarla bueno es pecado. El que no sufre es ruin, y pastelero.


Prefiero ser hincha selectivo y quedarme con la tajada buena. El que de vez en cuando rompe su silencio para hacer una cortante defensa de su equipo, y que salta cuando marca un gol, luego de permanecer todos los minutos que fueran necesarios en estado de tensa cautela.

 

Somos tan verdaderos como los hinchas que se dicen “de verdad”. No los identifico tan bien. Creo que son aquellos cuyas vidas giran en torno al equipo. Cada vez que juega se ponen la camiseta. Y un día después también, gane o pierda. Los que enigmáticamente consiguen tomarse fotos en los instantes precisos en que estalla la euforia de un gol. No sé cómo, o quién, hace que la cámara funcione cuando todos están brincando.


Hinchas para quienes el planeta deja de girar durante 90 minutos. Para mí el universo sigue en curso pese a los partidos. Los "de verdad" son los que defienden “más que una pasión, un sentimiento”. Cuya sangre es rojiblanca, azul o verde según el caso. Viven sufriendo toda una temporada, soñando con la celebración de una nueva estrella que hará que valga la pena. Y, egoístas, fustigan a los que se unen por “moda” cuando ya la fiesta está armada.


Los que dicen que van al estadio cada partido del calendario, aunque el rival sea el Atlético Huila. Siempre allí presentes, acompañando a los jugadores, a los 15 voluntarios de la Cruz Roja y la Defensa Civil, y a la lechuza.


Hinchas que cuando llega el partido definitivo se quedan sin boletas. Cimentan su resentimiento hacia los que no somos “fieles” como yo, solo porque sí conseguimos entradas para la gran final. Atiborramos el estadio, refrescamos las graderías y a ellos les toca quedarse por fuera, condenados a apoyar al equipo "en las malas", es decir desde un televisor.

 

Por eso nos ofenden. Nos gritan "salados", emisarios de la mala suerte, en una irracional conducta supersticiosa. 

 

En cambio, los prudentes vivimos agradecidos con su loable gestión. Razonablemente entendemos su función. Alguien debe hacer el trabajo sucio de aceitar la máquina en los momentos difíciles, cuando parece que se apaga. Ellos mantienen la llama viva por meses. Los hinchas fieles son los encargados de echarle leña al horno durante todo el año, para que al final todos podamos disfrutar de los pasteles.

 

 


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