Permítame hacer, en un exceso de egocentrismo, una reflexión sobre este blog.

 

Desde que, hace dos años, empecé a escribirlo, nunca he dicho algo relevante. Nunca ha sido la idea; tampoco ha sido informar ni entretener. El único objetivo, lamento decirle, ha sido satisfacer mi gusto por escribir. No es que no piense en los lectores. Ni que el blog haya sido un diario de mi vida. Pero sí ha sido un registro de las cosas que veo, cuya mayoría han sido textos insubstanciales que tal vez solo a mí me interesan.

 

Una de mis grandes pasiones es la irrelevancia. Me parece que es importante. Me harta la arrogancia de los periodistas cuyos temas, según ellos, son y deben ser relevantes. Me irrita que pontifiquen sobre las noticias trascendentales. Hay cosas más importantes que otras, sí. De hecho, cuando escribo por fuera de este blog, yo soy uno de esos periodistas que escriben sobre la coyuntura y lo que vale la pena que el público conozca y entienda. Pero cada texto tiene un lugar y un lector en el mundo, sobre todo en internet. Y por eso, en este mercado saturado de periodistas serios, yo en este blog de SoHo siempre he tratado de reivindicar la irrelevancia. Sin éxito, lo sé. En vano, lo sé. Pero con juicio.

 

A ver le cuento qué he hecho con este blog. (Con el último rediseño de SoHo, se borraron todas las entradas, para fortuna del lector; hoy se pueden encontrar en el blog que uso de archivo y linkearé en los siguientes párrafos).

 

Lo primero que hice con este blog fue escribir sobre Nueva York. La historia de un niño que se perdió en el metro, unartículo sobre la visita de Monty Python a Nueva York, una crónica sobre un freak show en Coney Island, una reseñasobre un auténtico restaurante indio, una reseña de un concierto de soul en Brooklyn, una columna sobre la lecturabilidad en la ciudad o una crítica del alcalde fueron el tipo de entradas irrelevantes que escribí por esos días de 2009 y hoy dan para cuatro irrelevantes páginas de mi archivo.

 

Era información innecesaria para cualquier lector colombiano, incluido el de SoHo. Como en ese tiempo mi movimiento en las redes sociales era nulo, fueron pocos los que leyeron todas esas irrelevantes letras. Los comentarios de los lectores fueron negativos, como siempre. Pero para mí el blog era una excusa para escribir, practicar y entrenarme con el internet. Por eso lo mantuve. Y por eso, porque me gusta escribir pendejadas, voy a seguir hasta que me sea imposible.

 

También fue una excusa para escribir irrelevancias cuando me fui de Nueva York, a viajar. Estuve en ÁfricaIndia y Nepal. Y de ahí salió, entre otras cosas insubstanciales, una crónica sobre un edificio en el centro de El Cairo, un seguimientode una pita, un recuento de cómo un tunecino encontró mi billetera en el desierto del Sahara, la historia de un hombre que no se baña hace 36 años, una visita a un McDonalds en India y una crónica sobre un matrimonio indio.

 

De ese viaje de seis meses salió una historia que publiqué en la impresa de SoHo, sobre un templo de ratas en India. Y tengo una pendiente que está por salir en esas páginas.

 

Cuando volví a Colombia y desde que estoy en Londres he luchado contra esa faceta de viajero que ya no quería tener y que dio con el genial personaje de la Bobada literaria Daniel Petardo. Publiqué, entonces, columnas que buscaban desmitificar esa idea de que viajar es color de rosa: escribí sobre lo difícil que es dormir viajando, los mosquitos y loscolombianos en el exterior, entre otras pendejadas.

 

Desde que empezó este año, he publicado las opiniones que no me publicarían otros medios, sea porque a nadie le importan o porque mi trabajo para esos medios es otro, como escribir sobre periodismo o ser corresponsal. En esas escribí una diatriba contra Mario Kempes, otra contra las botas Dr Marten (que dio con una excelente parodia que rodó por internet), una defensa de los hipsters, una lista de las razones para no bañarse todos los días y una guía para morirse, entre otras irrelevancias.

 

Este blog es una estupidez. Y así me gusta. Como dije hace poco en una columna, no le veo nada de malo al periodismo estúpido. Y no veo razón para traicionar mi amor por la irrelevancia.

 

Un amable lector me dijo que no entiende por qué tengo un blog de estupideces –“en el que soy un tronco que se cree chistoso”– y otro de relevancias. Yo, primero, pienso que ambos son malos. Pero le digo una cosa a los que creen que un escritor no puede tener dos o más personalidades: no le veo problema. Mi personalidad no es coherente: tengo un millón de versiones. Todos somos así y esconderlo, creerse homogéneo, me parece hipócrita. Muchos escritores –como Daniel Samper Pizano, Ricardo Silva, Mauricio Vargas o Juan Gossaín– tienen más de una faceta. Uno escribe según el medio y su público. Tal vez todas mis facetas, como ha pasado con estos escritores admirables, algún día cojan coherencia y se vuelvan parte de un discurso homogéneo. Aunque lo dudo. Por el momento, mi interés no es ese. No tengo por qué esconder mi bipolaridad.

 

También me han dicho que, en mi personalidad SoHo, quiero ser como Zableh, el escritor que empezó su blog en esta página. Tal vez sí, porque también soy un insolente que usa este blog para quejarse. No le veo problema a que homologuen mi estilo al de Adolfo. Entiendo las comparaciones. Y, al contrario: es un honor que me etiqueten como la versión mala de Zableh.

 

Ahora bien: nada de lo que publica SoHo o cualquier otro escritor que yo cite debe ser visto como irrelevante. El carácter irrelevante de este blog es exclusivo de este blog. Y no de su casa matriz ni sus influencias. Acá el único estúpido soy yo. Y no le veo sentido a que eso cambie. Por eso seguiré, acá, escribiendo estupideces. Así a usted, amigo lector, no le interesen.

 

Gracias por la lectura, si es que llegó hasta acá abajo. Aunque lo dudo.

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