¿Ha visto cómo baila la gente hoy en día? Nadie diferente a las personas que habitan este planeta tiene la vil culpa de la depresión irreversible en la que nos encontramos. Hemos sido víctimas de nuestro propio invento. Todo esto, esta falta de civilidad y humanidad, fue culpa nuestra. Y una de las más garrafales consecuencias es que la gente ya no sabe bailar.

El baile de hoy es a solas, con una música monótona y predecible y sin sentido de la estética o el arte. A falta de características extraordinarias, es difícil describirlo: tiene algo de convulsión, de éxtasis, de movimiento sobre un eje; algo de ritmo. Se parece al baile del mapalé, con respeto al mapalé. Pero ni siquiera hay sexualidad, ni euforia. Piense en un tipo, casi siempre en las drogas, por allá en la esquina de una discoteca en proceso de quemar sus neuronas con música hecha exclusivamente para eso. Usted lo ha visto: el baile de música electrónica no tiene nada de especial. Y de golpe sea por eso que no existe un reality show del que mejor baile música electrónica.

Me dirán que esa, precisamente, es la ventaja: que la música contemporánea –y acá no hablo de danza que vemos en la academia– le da libertad al bailarín para moverse como quiera; que no hay reglas; que no hay estereotipos; que no hay bien o mal. Y es cierto: un arte no tiene por qué tener reglas ni maneras correctas o incorrectas de llevarse a cabo. Tal vez en el baile contemporáneo –ese de las discotecas, no de las escuelas– perviva la esencia, que es hacer una representación corporal de la música y dejarse llevar por ésta. Pero yo no me refiero a esas discusiones artísticas o filosóficas. Lo mío es más mundano, más tangible, y se trata de que, como en todo, en el baile, por cuenta del mundo que nos hemos inventado, se perdió lo que en realidad se pretende: el contacto.

Nos hemos empeñado en librarnos de todas las cosas que nos hacen humanos. Y hemos decidido seguir el camino de la robotización de nuestras relaciones sociales. Ya no hay nada que celebrar, pero bailar era de las pocas cosas que nos quedaban. Hasta ahora, que bailar se volvió, una vez más, un evento que se hace en la soledad a la que estamos destinados. La ciencia, el sabor y la humanidad del baile se han perdido.

 

Bailar a solas puede ser una ventaja, porque en el baile contemporáneo –el de las fiestas, no de los teatros– cada uno lo hace le entra en gana. Pero el baile es, se supone, una celebración. Y celebrar en la soledad –usted lo experimentado– no solo es aburrido, sino desalmado e incoherente.

 

En Wall-E, la película sobre el futuro tétrico e inhumano al que nos dirigimos, la gente no sabe qué es bailar. Y por eso le tienen que pedir a un computador que lo defina: “una serie de movimientos que involucra a dos personas, donde la velocidad y el ritmo se equiparan armoniosamente con la música”, dice el robot/diccionario. A ese mundo donde la gente no sabe qué es bailar estamos muy cerca de llegar.

 

Otra de las almas del baile que se perdieron: la coquetería. Como los pavos que sacan sus plumas para conquistar a las pavas, los seres humanos tenemos el baile, que es –o era– una expresión artística con detalles, con ciencia, con dificultad. Y ahora, porque nos odiamos, queremos volver el baile un proceso mecánico de convulsión inspirado en una música hecha por electricistas.

En términos animales, cuando el hombre se desliga de sus posibilidades de entrepierneo está renunciando, también, a su único objetivo en la vida: reproducirse.

 

Cito a Héctor Abad: “El baile es un permiso que el alma le da al cuerpo de volver a ser animal, felizmente animal. Ser otra vez un pájaro que surca el aire, un pez que esquiva escollos, una gacela que salta, una abeja o una cebra que improvisan una danza de seducción.” Y mi generación –esa que baila música electrónica– se empeñó en quitarle al baile todo ese estilo y contacto que justifican su práctica.

En el tema del baile, mi generación fracasó con un éxito sin precedentes: no sabemos bailar salsa, mucho menos son cubano, bolero, vals, tango o flamenco. Están los que bailan en un gimnasio, y los que toman una clase. Pero, cuando se trata de celebrar, nuestra generación se dirige a una discoteca a bailar como si fueran pescados recién sacados del agua. Todos estos Rihannas, Lady Gagas y Justin Biebers han inundado las discotecas populares del mundo. Y las colombianas están infestadas de reguetón y tropipop, temas odiosos a los que no me quiero referir. Y las discotecas no populares –llámense underground– están infectadas de sonidos más acordes a un mundo de robots que se comunican por medio de aparatos.

Ya no nos hablamos a la cara, sino por Skype. Ya no le hablamos a una mujer, sino la buscamos por Facebook. Puede que en el baile electrónico haya pasión, pero no hay colectividad ni relación social. Y si no es así, ¿para qué bailar?

Bailar en círculo es como saludarse de mano con una mujer: es renunciar a los aspectos más humanos que tenemos. Y eso fue lo que nuestra generación ha escogido para celebrar. ¡Brindemos por el fracaso!, como diría el filósofo.

 

Ilustración: http://www.flickr.com/photos/mathiole/?

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