Uno empieza la vida, a eso de los 18 años, y pretende creerse el cuento de que nunca va a trabajar en una oficina, porque uno, supuestamente, es diferente a los demás. No han pasado dos años, y uno ya está ahí, anclado, como un esclavo más. 

Tanto que uno, al final, también escoge lavarse los dientes en el baño de la oficina. Uno empieza la vida laboral, a los 20 años, pensando que nunca va a tener que cagar en la oficina. Dos días más tarde, ahí está sentado, leyendo una revista del año pasado. Uno empieza la vida, esa que se acaba a los 23 años, pensando que nunca, por más obsesivo que sea con limpieza, va a llevar un estuche a la oficina con cosméticos adentro. No han pasado dos días, y usted ya tiene su estuche, reciclado del cajón de estuches de su mamá. Enjuague bucal incluido.

Y ahí está usted, lavándose los dientes en el baño de la oficina y viéndose tan viejo como cualquiera de sus colegas. ¿Cómo se siente? ¿Quiere suicidarse?

El baño de su oficina es la metáfora más fidedigna de lo que uno ha alcanzado en la vida. No solo el baño, sino la manera como usted, que ha llegado a este profundo nivel de depresión, lo usa. Por ejemplo, piense en las personas que tienen baño privado en la oficina. Tienen su propio jabón, su cepillo de dientes en un vaso de cerámica, su papel higiénico justo en el mismo lugar que lo dejaron la última vez. Así son ellos, exitosos como su baño. 

Pero la razón por la que usted, por allá en la juventud, se creyó el cuento de que nunca iba a terminar levándose los dientes en la oficina es que en su primer día vio a un ingeniero limpiándose los dientes con seda dental. Ahí estaba el hombre, con su estuche rosado, su esfero vomitado, su gel intacto y su camisa salida por detrás, lavándose los dientes después de almuerzo. Usted no quería ser así, pero ha decidido volverse igual. Y ya no hay vuelta atrás.

Baños de oficina los hay de todas las formas. La prueba de fuego está en la solución que el baño le proporcione para secarse las manos. Están los que tienen una toalla diminuta y a punto de deshacerse, los que tienen servilletas grandes de papel, los que tienen un secador que no sirve y los que, lejos de sus alcances, tienen uno que sirve. Tener un secador que sirve en la oficina es tan burgués como tener una máquina de espresso. Eso solo se ve en las agencias de publicidad.

La otra prueba está en el inodoro. Uno empieza la vida pensando que nunca va a cagar en la oficina, sobre todo porque en el primer día de trabajo ve alguien en el acto. Le oye sus sonidos, le huele sus olores, le ve sus mocasines, y, dos minutos después, lo tiene al frente en una reunión. Qué vida miserable la suya, ¿no? Ese es el momento en que usted decide nunca cagar en la oficina. Tarde o temprano, sin embargo, será uno de ellos. Los inodoros se separan en dos: los que tienen puerta hasta el piso y los que no. El problema de la segunda, un problema crucial que determinará su estadía en esta empresa, es que, en efecto, le vean los zapatos y se den cuenta de que es usted, el de los mocasines, quien estaba haciendo del cuerpo. Todos lo hacen, sí, pero de todas formas usted quedó como un cochino, que caga en la oficina. 

Tengo un amigo que se quita los zapatos cuando va al baño en la oficina, para que nadie lo reconozca. Ese mismo amigo, uno de esos que solo habla de este tema, el monotemático, puede hacer un análisis detallado de los baños que ha escogido durante su vida para excretar. En el colegio, el del teatro. En al universidad, el del departamento de historia. Ese mismo tipo trabaja hoy en una agencia de publicidad que tienen inodoros Toto, las legendarias máquinas que hicieron del Japón la potencia que es hoy. El aro se calienta, el aparato lo saluda y ofrece dos formas diferentes para limpiarse: con agua y viento que salen por un tubo, a menera de inodoro árabe, o con papel, de ese acolchonado y costoso del que uno solo goza en la casa de la mamá. El día que usted llegue a una oficina que tenga inodoros Toto, celebre y considere que está viviendo los frutos del éxito profesional. Felicitaciones. 

Ahora bien: su comportamiento en el baño de la oficina también va a determinar la manera como sus colegas lo vean el resto de su carrera. Por eso cuídese, así no lo vea necesario, de no salir del baño sin lavarse las manos; no deje rastros, no chismosée en el baño, no escriba pendejadas, y no vaya al baño en compañía.

Tengo la mala fortuna de ser periodista. Es decir, comparto baño con periodistas. Baños periodísticos los hay de muchas variedades, casi todos sucios. En los medios viejos siempre está la última edición del periódico al pie del inodoro. Que alguien sea capaz de cogerla es otra historia. Pero está. En los medios nuevos que no leen impresos, lo más probable es encontrarse con revistas que no se leen en pantalla, tipo The New Yorker Vanity Fair.

Uno empieza la vida pensando que va a trabajar desde la casa porque hace parte de una nueva generación que no necesita el contacto. Pasan dos días, y lo único uno quiere es conseguir un trabajo en una oficina. Lo consigue, se emborracha, tiene su primer día, empieza a lavarse los dientes en la oficina y, acto seguido, se da cuenta que la única manera de seguir adelante en la vida es resignándose a ser lo que nunca quiso ser: una persona que caga en la oficina.

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