La mejor parte del Carnaval de Barranquilla es la que nadie cuenta. Fiestas que se gestan en los desfiles públicos y bailes multitudinarios, pero se consuman en moteles, habitaciones de conocidos, o sofás y baños desconocidos.


Garabatos, cumbiamberos y monocucos sonrientes inundarán las cámaras de televisión durante los 4 días de desmadre. Pero lejos está la verdadera juerga: las comparsas de verga que se llevarán miles de cumbiamberas, monocucas y negritas puloy.


Por eso el desfile del domingo se llama “la Gran Parada”. Luego de pasar el viernes y el sábado ejercitándose ininterrumpidamente en el ron y el sexo, cualquiera amanece así: con una gran parola y un gran guayabo. Aquel estado de conmoción interior que se extiende casi todo el día, conocido como guayarola, explica el nombre de uno de los principales eventos carnavaleros.


Y para la mayoría, la resaca post-carnaval dura 9 meses.


El tiempo de gracia sexual en el que entra la ciudad es un hecho fácilmente comprobable, por las fechas de nacimiento de muchos barranquilleros. La reina de este año, Andrea Jaramillo Char, ha reconocido ser “fruto del Carnaval”. Nació el 22 de noviembre, mes en el que nacieron mis dos hermanos, varios primos e incontables amigos. Otros, como yo, alcanzamos a caer en diciembre.


Dentro de 9 meses se les pondrán nombres a los resultados de lo que está sucediendo ahora allá, detrás de los disfraces, debajo de los pantalones y las faldas.

 

El reloj se detiene para establecimientos comerciales y oficinas. Los celulares caen víctimas de una disrupción electromagnética. Todos se disfrazan, nadie aparece. Durante cuatro días, por todos lados y a toda hora hay conciertos, desfiles, verbenas y fiestas en la mitad de la calle. La ciudad es absorbida por un vórtice de desenfreno rumbero y pasión carnal; cae en un hoyo negro de éxtasis y celebración de la vida, que lleva a muchas a soltar el hoyo negro.


En un fin de semana estalla un chorro de energía festiva que venía acumulándose por casi un año. Empezaba a derramar gotas desde octubre, con los “pre-carnavales”. El Carnaval es una catarsis colectiva para darle rienda suelta a los impulsos. Una gran eyaculación que salpica las caras de todos, en forma de maicena.

 

Este baño blanco puede interpretarse además como un símbolo de que las personas están en función de “echarse polvos”. La Arenosa se convierte transitoriamente en La Polvorienta.


Un carnavalero experimentado tiene listo un acto de desaparición. Discute con su pareja unas semanas antes. Poco a poco deja de contestarle llamadas. Se pierde un par de días. Y en la recta final, dice que es mejor dejar las cosas así porque no están funcionando. De manera que puede entregarse al Carnaval soltero, sin compromisos y con plena disposición a lo que la rumba traiga.


El sexo se respira en el ambiente, en forma de sonrisas complacientes entre desconocidos felices de serlo. Como una temporada de reproducción intensiva, bombardeada por señales lujuriosas.


Solo hay que asomarse a la ventana para toparse con escotes rebosantes y bronceados, todo tipo de cachetes rosados, cinturas y piernas torneadas, o espaldas desnudas por las que corren gotas de sudor hasta el filo. La vestimenta femenina predilecta suelen ser tops y shorts, tan cortos, que dejan el borde de la nalga a la vista como un nuevo escote.


Además están los disfraces y los bailes. El paisaje es poblado de contorsiones, en las que los rincones más íntimos se despliegan por el aire. Se ven culos de todas las redondeces y tamaños rebotando por las calles, apenas bajo una tanga, gracias a las danzas africanas o brasileras. Algunas solo se pasan una capa de pintura multicolor sobre la piel, y ponen su anatomía a disposición de los ojos de cualquiera. Son felices aprovechando para mostrarlo todo, libres de juicios debido a la ocasión.

 

Adolescentes, cuarentonas, despampanantes, atléticas, gorditas, actrices, bailarinas, turistas y locales; también travestis y tipos semi-enpelota. O con el manto de marimondas, que no son más que los carasdeverga genuinos: los ojos son las bolas y la nariz el pene.


Corren galones de alcohol. En este escenario las mujeres están especialmente inclinadas a recibir una parranda de mondá. Y los penes están como siempre, prestos a bailarse cuanta entrepierna se les abra. La música opera como catalizador. Vuelve a su función original, acompañando el ritual de apareamiento. De ahí viene la sublimación de la cumbia.


Después de la recocha colectiva de mañana y tarde, del trencito y el gusanito y todo eso, la noche es el reino de la técnica llamada bluyineo. Aquí, una bajada de corredera podría ser embarazosa. Las caderas se ensamblan como piezas de rompecabezas, unidas con el pegamento del calor húmedo. La muchedumbre brinda cobertura y disimulo para apretarse y rozarse violentamente, al punto de dejarse morados en la pelvis.


Resuenan canciones que apelan a los instintos más primitivos. Con títulos como "Arremángala, arrenpújala", “El Ñato Mama-ron”, "Chacarrón Macarrón", el “Burro Intelectual” y otras fórmulas parecidas. Himnos carnavaleros que conectan con la bestia interna, con las pasiones que intentamos esconder detrás del antifaz de la civilización. Y que hacen preguntarse a visitantes nacionales y extranjeros "What the f.uck is wipiti?".

Así, este año el tema insignia de las fiestas podría ser El Chigüiro Twittero, El Cachaco Coleto, Pajazos por Skype, El Mueco Marihuanero o algo así.



Contando la tarde del viernes, son cinco días de rumba y confusión. Uno lo pasas en una comparsa. El intercambio de sonrisas con tu compañera de baile la tiene sentenciada. Pasarás todo el día con una gran parada. Llegar a metérsela en la noche será el combustible para aguantar el recorrido del desfile y la interminable bailada. Y a medida que se toman otro y otro trago, las recostadas naturales de la coreografía se harán más frecuentes y cercanas de lo estipulado. Por la Vía 40, a la vista del mundo que te aplaude.

 

Cualquier día puedes ir a ver un desfile, y notar que tu vecina no se te aparta cuando los apretujones de la multitud hacen que quedes encajado en medio de sus glúteos. Cuando menos lo piensas, ella te agarra las tuyas y se te burla. Aprovechas la echada de maicena para devolverle el favor, en un fugaz masaje pectoral.


Otro día puedes estar en una fiesta de la empresa, o con viejos amigos. La embriaguez de felicidad abre posibilidades. Esa amiga que es 'amiga' de tu recién abandonada pareja, cada vez baila más apretada contra ti, en un renovado sentido de la irresponsabilidad. O la vecina exnovia de tu amigo empezará a abrazarte cada vez que toman fotos, y de repente la tendrás sentada sobre tus piernas. Otro día vas a un concierto, al festival de orquestas, y casi te fundes en un prolongado abrazo con esa pereirana que te acaban de presentar. Te baila de espaldas, te estremece con golpes nalgales

 

Pero quizá no consigues vivir nada de eso. Entonces un amigo te convida a pescar en río revuelto: te lleva a una fiesta de un reinado popular, en el barrio de su abuela.


En cualquier momento te descubres desnudando a una negrita puloy en la cama de un vecino, con la rumba de fondo. O penetrando a una elfa empapada en sudor, en la parte trasera de un carro. O haciendo fila con una garabato en mini falda, acariciándole el pubis en la recepción de un motel lleno. Te verás atrapado en experiencias surreales; como ver al Depredador y un montón de X-Men regordetes salir de las habitaciones, y terminar arrancándole las mallas con los dientes a una piernona vestida como una habitante de la Atlántida.


Un carnavalero experimentado carga siempre una dotación de condones. Pero en el desorden terminan inflados, volando por los aires. Es un éxito tan solo conservar la cédula, por lo que son escasas las posibilidades de no extraviar una pastilla del día después. Y claro, todas las droguerías estarán cerradas. Así, un carnavalero experimentado puede terminar rezando, con el pecado y el guayabo a flor de piel.


Vendrá marzo, las pruebas de embarazo. Diciembre, las pruebas de paternidad. Si es que alguna mujer está leyendo este blog de hombres (sígueme en Twitter ) y planea gozarse el Carnaval, le sugiero respetuosamente grabarse la cara de su compañero de comparsa, y uno que otro dato de sus vecinos. Entre tanto jolgorio, caos y recocha, le pueden terminar dedicando uno de los himnos 'carnestoléndicos': Te olvidé.


 

No digan, ahora, que creían que el Carnaval gusta tanto por la conservación de las tradiciones orales; o que es tan atractivo por tratarse de una tribuna del folclor Caribe. Hay razones de peso -y de sexo- para salir a asolearse y dejar que le echen agua fría: el espectáCulo.


La gente se disfraza para poder mostrar su verdadera cara. Se quita la máscara de la cotidianidad y la seriedad, y se pone una carnavalera más fiel a sus deseos. Se cubren de maicena, para que los tomen por borrachos que no responden por los actos de sus genitales.

 

Los deshibidores de caracter obran tanto en hombres como mujeres. Ya estuvo bueno del recato al que pasan condenadas el resto del año. Es hora de una pausa activa. Hora de pasarla bien, de desenfreno sin apariencias. Para eso está la máscara.

 

Muchas carnavaleras experimentadas abrazan el espíritu de aventura y travesura, se mimetizan y se entregan a vivir una noche sin ataduras. Las rige el principio de que "¡estamos en Carnavales!". Así, puede suceder que mujeres de revista les regalen noches de amor ovildable a carroñeros como usted o como yo, con los que nunca se meterían en su sano juicio. "Fueron los tragos, no sé qué pasó", bastará como excusa mañanera. 

 

Todos felices en la fiesta paralela, el Carnaval del tubo. 

El epítome de la sabrosura carnavalera está en la cama.

 

Siempre hay probabilidad de que un carnavalero experimentado no consiga una pareja ocasional para celebrar el acto sumo de la fiesta. Siempre es posible que el martes esté buscando arrepentido a esa novia o esposa de la que se apartó; ebrio y llorando, arrastrándose. Otra probabilidad es que se emborrache a tal grado, que lo único que pueda abrazar sea la taza del inodoro, para vomitar y dormir allí donde siempre defeca, solo.


Quizá exagero. Sí, lo mejor del Carnaval se vive en los moteles. Pero el papel del erotismo en las comparsas tiende a ser secundario. Tal vez es cierto que mucha gente rumbea por el simple gusto de celebrar. No todo es sexo. No es que el Carnaval de Barranquilla esté aportando una carga pecaminosa como para justificar un tsunami que alcance hasta Pasto.

 

Muchos solo quieren bailar, reír, burlarse de todo, y olvidar que el miércoles tendrán que fiar el almuerzo. En cualquier caso, también eso es mejor que estar en Bogotá escribiendo blogs. O leyéndolos. Sabiamente lo señala el legendario adagio chino del barrio La Chinita: “Quien lo vive es quien lo goza. Y quien lo goza es quien la mete”.

 


Sígueme en Twitter @iBernalMarin

 

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

Contenido relacionado