Desenfundar, apuntar y disparar: cada orinada es un duelo para matar la ansiedad. Quizá el primer descubrimiento de todo hombre respecto a su cuerpo, es que posee un cañón llamado pene.

 

Uno pasa la vida descargándolo contra diversos blancos. Desafiante, parado e imponente con las piernas abiertas, uno hace el mundo suyo a punta de los chorros de su pequeño amigo, cual Tony Montana.


Por eso es tan humillante cuando, en vez de disparar, el arma debe soltar las balas encorvada, escondida entre las piernas como una cañería torcida. Igual que una mujer.


No resulta cómodo mear ahí agachado, en posición fetal. Es una traición al cuerpo, acostumbrado desde siempre a ametrallar el orín desde las alturas, lanzando tiros al aire en un climax sencillo. Aún así, sentarse puede ser la mejor alternativa para la sana vida en pareja y en comunidad.

 

Porque no hay nada más traumático que encontrar la taza del inodoro salpicada de amarillo, cuando se tiene la apremiante necesidad de sentarse a lanzar otro tipo de torpedos. El trono de nuestras más sublimes reflexiones, manchado por la falta de puntería de otro desgraciado meón.


Por más papel higiénico que emplees para secar, aunque uses guantes plásticos, siempre sentirás que la humedad atraviesa las barreras. Aunque apenas tengas que levantar la taza, descubrirás que chorrea y sentirás que quedas mojado con orín ajeno. En el peor de los casos, tendrás que recurrir al bombardeo teledirigido: abrir bien las piernas y calcular el lanzamiento de los misiles a partir de la visión cenital del sanitario.


En plena micción de pie es común cerrar los ojos y alzar la cabeza al cielo, arrellanándose en el alivio. Es un problema ese desfogue ciego, que deja el ácido ambarino rociado por todos lados. Es un problema el chorro disperso, que estalla en forma de regadera. Es un problema ese último goteo, que cae afuera y cerca de los pies a medida que va menguando. Es un problema la falta de sincronización del pene, que por causa de los apretujes en el calzoncillo cualquier día expulsa el hilo de orín perpendicularmente, directo al lavamanos.


Sentarse resulta ventajoso para el borracho de madrugada. El riesgo es quedarse dormido. Pero se evita tumbar el champú, dejar caer el celular adentro del inodoro, o romper el espejo por el impulso irrefrenable de apoyar un brazo sobre lo que tengamos en frente y dejarnos caer mirando el chorro.

 

Sentarse también es una gran alternativa para las orinadas de madrugada, siempre problemáticas. Pasa que uno entra al baño con los ojos entrecerrados, y estando de pie deja salir el chorro en la oscuridad calculando el blanco con base en la costumbre. No oímos el eco ni el chapoteo, y debemos interrumpir el chorro rápido. Y nos salpicamos la pierna. Finalmente toca hacer lo que debíamos haber hecho desde el principio: encender la luz. Descubrimos que el desgraciado está disparando en diagonal hacia arriba, cual fuente de parque. Con algo de suerte no irrigamos los cepillos de dientes.


El problema es que otro "meón desgraciado" haya entrado antes, y su estela amarilla inunde el retrete y sus alrededores. Que entre las sombras te sientes sin darte cuenta de que la tapa estaba pringada. La humedad te infecta desde abajo y la sientes crecer en forma de piquiña. El amarillo permea tus poros, en un escozor que te acompañará toda la noche. Como el olor ácido impregnado en la nariz.

 

No es cómodo orinar sentado, pero si se vuelve política pública evitaría este tipo de situaciones engorrosas que deterioran relaciones. Ellas siempre tienen que sentarse, y sufrir que uno no lo haga. Están obligadas a posarse en ese mismo aro manchado por un pene irresponsable. Se nos olvida que ellas van a acomodar allí una de las partes de su cuerpo que más preciamos. Pondrán en la taza los mismos muslos que luego lameremos. Es tonto dejársela empapada de sustancias corrosivas. Es como escupir la comida.


Claro que es más rápido bajar la corredera que tener que bajarse los pantalones. Además, sentado existe el asqueroso riesgo de que el pene se roce con los bordes del inodoro. Además, si es momento de una de esas parolas que no cede, entonces no cabrá en la taza: buscará emerger y disparar al aire.


Orinando de pie (o a veces parado) el baño se vuelve secundario: cualquier palo o poste en las sombras sirve de orinal. Podrá practicar puntería apuntando al centro del inodoro; limpiar paredes; escribir el nombre en la arena; cambiarle agua a las plantas; aterrorizar hormigas; tumbar lagartijas; crear obras de arte abstracto con la espuma. En fin, orinando de pie podemos blandir nuestro propio cañón laser.

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Sentado se evitan suciedades. Es síntoma de una sociedad más civilizada; nadie le moja las piernas al otro. Cada orinada sería como un simulacro de cagada, otra oportunidad de sentarse solo a pensar un rato, o leer Vergonymous si tiene smartphone con plan de datos. Todo un acontecimiento.  

 

Esas bondades son excedidas por una desventaja insalvable: la impresión que produce ver a un hombre orinar sentado tiene efectos peligrosos. No porque las mujeres lo hagan, sino porque se puede interpretar como señal de un chorro débil. Y aunque científicamente no exista relación, poca potencia en la vejiga propicia conjeturas graves: como suponer que tenemos poca potencia para disparar nuestra carga embarazadora.


Un chorro potente seguro deslumbra. Las mujeres deben comprender que dejar un rastro en la tabla es una reminiscencia de nuestro pasado animal, una especie de marcaje de territorio. Este super tazón es mío.

 

Es claro que si todos orináramos sentados, no habría posibilidad de que nadie le ensuciara el sanitario a nadie. Quizá en otro universo sea posible.

 

En este, está fuera de consideración proponer que la “orinada sentada” reemplace completamente a la “de pie”. El que lo haga, está meando fuera del tiesto. La meada de piernas abiertas es una conducta arraigada en lo más íntimo de la masculinidad. Ya es intrínseca al acto de orinar, uno de los placeres supremos de la humanidad.

 

A pesar de ello, es innegable que sentarse es una práctica perfecta para mejorar la armonía nalgal en el hogar, así como el sano aprovechamiento de los baños. Por eso es importante promover iniciativas como esta:


 

 

Hágalo de vez en cuando. Cierto, nada iguala la satisfacción de orinar de pie, un gozo milenario. Asúmalo como un sacrificio. Tómese un minuto para descargar sentado. Si no desea arriesgarse a untarse levantando la taza, cierre la puerta, cúbrala con papel higiénico y siéntese tranquilo. Los culos de los demás se lo agradecerán.

 


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